Eres todo aquello por lo que un niño sueña…

Lo ves recibir el balón y piensas que algo maravilloso puede suceder de un momento a otro.

¿Al fin y al cabo, no es por esto que nos enamoramos del fútbol?

Eres todo aquello por lo que un niño sueña cuando recibe su primer balón.

Con estas emotivas palabras se despedía Claudio Marchisio de Andrés Iniesta en el día que comunicaba que al acabar la temporada dejaría de ser jugador del FC Barcelona tras 22 años. En ellas, podemos intuir dos claros matices de lo que ha supuesto el manchego para el mundo del fútbol.

Vemos como un rival de profesión, al cual ha vencido en grandes citas ya vistiera de azzurro o bianconero, no tiene problemas en reconocer la grandeza del mismo. Iniesta entierra forofismos y polémicas, que últimamente putrefactan el deporte rey. Cuando está de dulce, a cualquier aficionado -incluso enemigos irreconciliables-, despierta esa mirada que solo tenías de niño. Esa mirada que te enamora sin aditivos, con una pasión irracional.

También desenmascara a cualquier “entendido”, que le da una importancia sideral a las estadísticas. En su adiós, se publicaban vídeos con sus mejores goles, Andrés no les culpes, no han entendido nada. Estás por encima de cifras goleadoras, asistencias o kilómetros recorridos. Posees el tarro que custodia la esencia del fútbol, donde otros ven caos, tú siempre eliges la mejor opción. Representas el fútbol en su concepto más global. Otro ejemplo de esta grandeza es ver cómo manteniendo un tuya, mía, con Lionel Messi no se vislumbra un salto de calidad, ni de intelectualidad referida al juego y en esta conexión la gran mayoría de futbolistas, salen mal trechos. Cómo bien apuntas, ha sido mágico veros disfrutar.


Su aparición, a finales de un octubre de 2002 en la preciosa ciudad de Brujas, en un partido intrascendente de Champions League, suscitó un oasis en el desierto. Louis van Gaal comandaba un Barça en plena ebullición, realmente a punto de explotar y ese oasis podría convertirse en un abrir y cerrar de ojos, en una ilusión óptica. En Liga, lo borda contra el decano del fútbol español, siendo protagonista del encuentro partiendo des del extremo derecho. Mentalmente entiende perfectamente el juego y puede rendir con su mera presencia allá dónde le ubiquen. Hay que contextualizar la situación crítica. Van Gaal a punto de ser cesado, no se ganará la Liga y el Novelda te ha eliminado de la Copa del Rey. Completamente a la deriva.

En medio de la voragine autodestructiva aparece Frank Rijkaard, que queda maravillado con aquel menudo chaval y aún viviendo en el alambre, le da plena confianza. Partiendo ya desde la medular, algo más retrasado a lo que ha sido en la actualidad, se hace un hueco y encandila a todos los culés. A tal punto que el primer motivo de desesperación en aquella final de Champions de 2006 en París, es no encontrarlo entre los once elegidos, si amigos, Mark van Bommel sería el titular. Jarro de agua fría. La segunda estocada vino en forma de un testarazo inapelable de Sol Campbell, a centro de una falta lateral botada por un Thierry Henry enchufadísimo, el cual aún tiene pesadillas con Víctor Valdés. Estos golpes florecieron en forma de un pesimismo desorbitado en una afición culé más acostumbrada a perder que a ganar, surcando lágrimas por muchos de ellos, acomplejados de que esos envites no eran para nosotros, que aún no estábamos preparados para la élite, que nuestra camiseta no pesaba, no infundía respeto. Cuando salta al verde, con el 24 en la espalda, consigue traspasar los nervios en templanza y es el timón para conseguir la remontada escenificada en la celebración del gol de Juliano Belletti, a modo de catarsis y liberación total. Se volvían a derramar lágrimas, pero está vez de felicidad, algo poco común en aquella época.

Estuvo presente en la caída de los pilares de aquel equipo. Vivió en sus carnes el declive de Ronaldinho y Deco, presenció que nada era eterno. Siendo con 22 años la principal esperanza de una nueva era junto a Messi y Xavi. Con la llegada de Pep Guardiola todo los integrantes de ese plantel llegan a su sumum personal, pero Iniesta lo rubrica con esa excepcional 2008/2009, que lo encumbra junto a los más grandes, desatando la locura en Stamford Bridge.

Tras esto, ha vivido muchas noches gloriosas. Roma, Londres, Berlín… Poniendo el Santiago Bernabéu patas arriba o vestido de rojo en el Prater de Viena, en Kiev o consiguiendo lo imposible en Johannesburgo en lo futbolístico y encumbrándose -más si cabe- a nivel personal llevando a Dani Jarque en su pecho. Por último paralizando el tiempo en el Metropolitano para conseguir una despedida acorde con tu grandeza, con una exhibición única, certificando que te vas por qué crees que es tu momento, no porque el brillo de tu fútbol se haya disipado.

Tus llantos despiertan admiración, derrochas bondad, honestidad y eres idolatrado por todos, sin excepción. Leyendas en el fútbol han aparecido desde que los ingleses decidieron que no estaban chalados por chutar una pelota y seguirán apareciendo mientras mantengamos está bendita locura. Pero los valores que transmites a nivel personal, serán muy difíciles de igualar, por no decir imposible.

Gracias por esta maravillosa historia, Andrés Iniesta.

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Foto vía: @BarcaUniversal.

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