La eternidad cómo prioridad

La Champions League es el título más importante en la actualidad a nivel de clubes. Es un hecho irrefutable. También lo es, la hegemonía sin paliativos del FC Barcelona en competiciones nacionales. En la última década, se han conquistado 7 ligas (con cuatro dobletes incluidos). El título por excelencia que encarna la regularidad.

Quizás ese sabor agrio, no es debido únicamente a las conquistas europeas del Real Madrid. Ni a la hecatombe padecida en Roma. Puede radicar en no tener la valentía de intentar volver a vivir la perfección de la belleza que encarnaba el juego con Pep Guardiola o la revolucionaria innovación de Johan Cruyff.

Arriesgar debe ser necesario, buscando el patrón de lo que tus aficionados consideran la excelencia. Es obvio que el resultadismo es patente, que los trofeos en las vitrinas son el fin. Pero no todos los medios lo justifican y no tener un plan para intentar abordarlo es lo que deja mal cuerpo habiendo ganado una copa y una liga con posibilidad de hacerlo de forma invicta.

Por ejemplo, este último hito lo consiguió un Arsene Wenger con sus “The Invincibles” y su recuerdo, no permanece en todo amante de la Premier League por el mero hecho de no perder un partido. Su huella perdura al haber conseguido construir el mejor equipo que se ha visto en Inglaterra. Aquel que consiguió conjurar la culminación de la victoria con una sublimidad única.

Hay soñadores que no consiguieron ese vínculo. Priorizaron el espectaculo y no fue suficiente para tocar el cielo, pero su recuerdo persistirá impoluto con el paso del tiempo. Vemos como nuestros padres nos han nombrado hasta la saciedad la magnitud de la Naranja Mecánica o el Brasil del 82. Hemos encumbrado a Diego Armando Maradona a los altares conquistando a nivel de clubes únicamente dos Scudettos y una Copa de la UEFA. Pudieron conseguir más, pero realmente se apoderaron de la perpetuidad.

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Soñar. Atreverse. Debe ser una obligación. Ganar no lo debe justificar todo. La temeridad de conseguir lo imposible debe imponerse a la racionalidad de una competitividad pragmática. No hay que tener miedo a perder, es una tangible que hay  más perdedores que ganadores. En el fútbol como en la vida, títulos, riquezas o propiedades quedan en un segundo lugar, por detrás del legado que se transmita de generación en generación para seguir siendo eternos.

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