MTV, Oscar Wilde y la implosión del Dream Team de Cruyff

Traducción del artículo publicado originalmente por Gary Thacker para The Football Pink.

He oído decir que los no aficionados al fútbol son – parafraseando a Bart Simpson – la Generación MTV, una generación que no conoce altibajos. Cualquiera que no esté enganchado a la femme fatale que es un equipo de fútbol – alguien a quien das todo tu afecto solo para que te desdeñe y te deje descorazonado tantas veces – es incapaz de entender los breves y dulces instantes de euforia en los momentos de éxito del objeto de tu adoración.

A veces, sin embargo, y aunque muy raramente, esos momentos se dilatan y se juntan unos con otros ofreciendo la atractiva sensación de un mundo lleno de disfrute y carente de desesperación y decepciones, una colina soleada que parece durar eternamente. Tu equipo domina – el modelo, la belleza hecha carne, el iconoclasta que destierra los desniveles de la montaña rusa de tus sentimientos. A mediados de los 90, el Barcelona de Johan Cruyff era exactamente eso.

Tras 20 años de éxitos como jugador en el Ajax y en el Barcelona hasta 1978, el maestro holandés volvía al Camp Nou como entrenador en 1998 tras – al igual que en su carrera como jugador – mostrar sus habilidades en el club de Ámsterdam. Al formar una plantilla y espíritu a su imagen y semejanza, Cruyff construyó lo que acabaría conociéndose como el ‘Dream Team’.

Ganó la Recopa de Europa de 1989 y la temporada siguiente la Copa del Rey, antes de embarcarse en un periodo de dominio doméstico que vio como cuatro títulos de Liga seguidos acababan en Catalunya entre 1991 y 1994. Lo culminó ganando la Champions League contra la Sampdoria en Wembley en 1992, llevando al club a lograr su primer título de la máxima competición europea.

Era un equipo destinado a ser inmortal, y cuando alcanzaron su segunda final de Champions en 1994, contra el AC Milan, se postularon como uno de los mejores equipos de la historia. Parecía que entraban en una era de dominación, no solo en España sino en Europa.

Sin embargo, el 18 de mayo de 1994 en el Estadio Olímpico de Atenas, la noche se convirtió en una tragedia griega para el orgullo de Catalunya. El Dream Team, en lugar de seguir navegando con tranquilidad recogiendo trofeos, claudicó y fue derrotado. Se frenó su impulso y perecieron. No ganarían más títulos bajo el mando del entrenador holandés, y dos años más tarde, tras un supuesto encontronazo con el vicepresidente Joan Gaspart, Cruyff fue destituido. El sueño se había vuelto pesadilla.

Algunos argumentaron que el volátil Cruyff siempre estaba a dos pasos y un giro elegante de iniciar una horrible discusión, mientras que otros achacan su estrepitosa caída a la lucha de poder con la jerarquía del club. Los observadores más poéticos han escrito que el equipo era simplemente demasiado bello para durar en este mundo imperfecto y estaba destinado inevitablemente a autodestruirse al volar demasiado cerca del sol y ver como sus alas de cera se derretían por su propio calor.

Hay muchos elementos de verdad en esas y otras teorías que intentan explicar la caída del Dream Team, pero aunque hubo un buen número de causas subyacentes, el desencadenante fue la derrota en Atenas que expuso la falsa invulnerabilidad blaugrana a una realidad que demostraría ser su sentencia de muerte.

Antes del enfrentamiento con el conjunto Rossoneri de Fabio Capello podían verse señales de que no todo iba bien. El título de Liga se había logrado en circunstancias muy azarosas. El Depor fue un duro rival en la lucha por el título y los gallegos tuvieron la oportunidad de oro de ganar la liga en el último partido cuando les pitaron un penalti a favor ante el Valencia. Si marcaban eran campeones.

El lanzador habitual, Donato, no estaba en el campo en aquel momento, y a su reemplazante Bebeto le pudo la presión y se negó a tirar. Los focos se centraron entonces en el desafortunado Miroslav Djukić, que asumió la responsabilidad pero falló. El Depor y el Barça terminarían empatados a puntos, pero los catalanes se llevaron el título por el goal average particular.

En realidad, tras ganar el título por 10 puntos en la temporada 1990/91, cuando el equipo de Cruyff se coronó campeón de España por primera vez, el resto de triunfos ligueros fueron mucho más ajustados. Tanto en la 1991/92 como en la 1992/93, la ventaja fue de un solo punto, pero ganaron. Ahora, con la victoria en liga por el más estrecho de los márgenes solo semanas antes de la final de Atenas, parecía que empezaban a aparecer algunas grietas. Si ese era el caso, el Milan de Capello explotaría esas grietas sin piedad.

A posteriori es muy fácil ver todas estas cosas. Pero en el momento de la final no era así. El Barça era el claro favorito para las casas de apuestas, e incluso dentro del club reinaba esa sensación. Cruyff siempre confío en su capacidad – un requisito básico para los grandes exponentes de cualquier deporte – pero la línea entre esa confianza y el exceso de confianza que conduce a la arrogancia es muy fina. Si las informaciones que decían que el entrenador se había fotografiado con la copa antes de la final fuesen ciertas, podría considerarse que se había cruzado esa línea, quizás sin reconocer la imprudencia que se había cometido.

La confianza se extendió a la prensa española con el Mundo Deportivo diciendo que el Barcelona estaba en lo más alto, mientras que el Milan de Capello era ‘el peor de la era Berlusconi’. Aunque sonara fanfarrón, había cierta verdad en aquella descripción del Milan. El trío holandés de Ruud Gullit, Marco Van Basten y Frank Rijkaard ya era historia, y dos miembros de la legendaria defensa milanista, Alessandro Costacurta y el excelente capitán y líbero Franco Baresi, eran baja por sanción.

Para Cruyff, sin embargo, el contraste entre ambos equipos venía marcado más por el estilo de ambos equipos que por sus jugadores. “Somos más completos, competitivos y experimentados que en Wembley,” dijo. “El Milan no es nada de otro mundo. Basan su juego en la defensa, nosotros basamos el nuestro en el ataque.”

Añadió que él había traído a Romário al Camp Nou y el sobresaliente delantero brasileño había respondido a su confianza marcando 30 goles en solo 33 partidos. El Milan, comparó, había gastado el mismo dinero en Marcel Desailly – un defensa – y declaró: “Algo quiere decir.” La confianza estaba viva y llamaba a la puerta de la expedición del Barcelona. La victoria era suya si la querían.

La leyenda dice que en la final de Wembley de 1992, la charla de Cruyff había consistido en pedirle a sus jugadores que salieran y disfrutaran. Al contrario, dos años después la charla fue, “Sois mejores que ellos, vais a ganar.” La primera fue inspiradora. La segunda, un disparate. Más tarde lo lamentaría. “No fue que jugáramos mal,” dijo Cruyff después, “fue que ni siquiera jugamos.” Si fue así, sin duda algo tuvo que ver la actitud del entrenador.

Muchos esperaban un partido en el que un equipo dominara y pasara por encima de sus rivales. Y así fue, pero el papel de cada equipo no fue el esperado.

En 1992, contra la Sampdoria, un equipo que tradicionalmente viste de azul, se sorteó quien cambiaría sus colores. El Barcelona perdió, y vistió una camiseta que simbolizada la sangre y el oro de la Senyera – la bandera catalana – antes de cambiarse a su camiseta azulgrana para recoger el trofeo. En aquella final, una vez más con conflicto de colores, fue el equipo lombardo el que tuvo que cambiar, y el Barcelona se ganó el derecho de llevar sus colores tradicionales. Fue una de las pocas cosas que les salieron bien.

Con Costacurta y Baresi ausentes, muchos hubiesen esperado que Capello incluyese a la torre Desailly en la defensa para compensar, pero perspicazmente el entrenador del Milan tomó otras decisiones. Ubicó al francés en el centro del campo junto al eternamente infravalorado Demetrio Albertini. Fue un movimiento que prácticamente decidió el resultado del partido.

La energía y la inteligencia del juego de Desailly sofocó el tan aclamado centro del campo del Barcelona. Guillermo Amor y José Mari Bakero prácticamente no la tocaron, mientras que Pep Guardiola no pudo dirigir el juego desde su posición de pivote. Como resultado, Romário y Hristo Stoichkov apenas recibieron balones. Aquella noche, el dinero gastado en Desailly parecía una ganga y mientras el internacional francés se paseaba por el centro del campo mordiendo y recuperando balones, Albertini creaba, probando a la defensa culé mientras Daniele Massaro y Dejan Savicévić corrían con comodidad.

A los 22 minutos, el delantero montenegrino Savićević entró en el área desde la derecha. Andoni Zubizarreta se tiró para parar su centro, pero el balón voló por encima de él hacia el segundo palo, donde llegó Masaro para empujarla. Fue un gol que se veía venir y confirmó el hecho de que el Barcelona tendría que luchar de verdad. Durante el resto de la primera parte, el equipo de Cruyff presionó cada vez con más urgencias, pero con poco éxito, y cuando los primeros 45 minutos estaban llegando a su fin, el Milan golpeó de nuevo.

Lo más cerca que estuvo el Barça de empatar fue cuando un tiro de Romário se marchó ligeramente desviado del arco de Sebastiano Rossi, pero una carrera de Donadoni hasta la línea de fondo y su pase de la muerte encontraron a Massaro, que anotaría su segundo gol. La tarjeta amarilla que le había sacado el árbitro inglés Philip Don, instantes antes, cayó en el olvido por el éxtasis del momento.

Mientras el banquillo del Milan explotaba de alegría cuando el balón se alojó en la red, Capello simplemente se metió las manos en el bolsillo y se dio la vuelta. Cruyff pensaba que aquello estaba hecho incluso antes de sacar de centro, pero ahora, dos goles abajo y con solo 45 minutos por jugar, Capello sabía que aún había trabajo que hacer. En el descanso, el italiano insistió a su equipo que hacía falta al menos un gol más para romper la resistencia y la esperanza de los catalanes. Y a los dos minutos de la segunda parte llegó el gol con un disparo de ensueño de Savićević.

Un balón elevado hacia la banda izquierda del Barcelona causó un instante de confusión en Miguel Ángel Nadal. Aprovechando la ocasión, Savićević le robó la pelota al defensor. Con el balón botando hacia la frontal del área tras la disputa, el delantero vio que Zubizarreta había abandonado la línea de gol para achicar. Con visión y mucha calidad, Savicévić levantó el balón por encima del portero y anotó. El arquero del Barça quedó paralizado y ahora la ventaja era de tres goles.

Mientras la televisión mostraba a los jugadores del Milan celebrando, Guardiola levantaba los brazos al fondo. Sabía que apenas había probabilidades de remontar aquella diferencia. El Milan aun tenía guardada su estocada final,  que sin embargo, y apropiadamente, la daría no solo un francés, sino el jugador ridiculizado por Cruyff en comparación con su fichaje de Romário. Fue un momento revelador.

Justo antes de la hora de partido, Desailly se adelantó para romper un ataque del Barcelona por enésima vez. En lugar de tocar a un compañero, sin embargo, como hizo durante todo el partido, esta vez arrancó con potencia atravesando una defensa totalmente rota y con un tiro inmaculado superó a Zubizarreta para poner la guinda no solo al triunfo del Milan, sino a una actuación virtuosa por su parte. Con cuatro goles de ventaja, incluso Capello celebraba ahora.

Tras el partido, el vestuario del Barcelona estaba en silencio. “Muerto,” en palabras de un miembro del staff. “Muerto, muerto, muerto,” recordaba. “Justo ahí, cuando el equipo necesitaba apoyo, no lo tuvieron.” Cruyff iba y venía, y al final se marchó en silencio. Quizás en ese momento no lo sabía, pero ese miembro del staff había predicho el final del Dream Team. Carles Rexach, el leal lugarteniente de Cruyff, tenía su propia explicación de la derrota. “Nos dormimos en los laureles,” diría más tarde. “No planeamos el futuro adecuadamente.”

Las cosas no tardaron en desmoronarse, ya que Cruyff despedazó el equipo. Antes de la final se le había prometido un nuevo contrato a Zubizarreta. El día después del partido, supuestamente mientras el bus del equipo se dirigía al aeropuerto de Atenas para volver a casa, le dijeron que no habría nuevo contrato y que tenía que abandonar el club.

Michael Laudrup se había quedado fuera de la convocatoria de la final, víctima de la regla de tres extranjeros de la UEFA. Irónicamente, compartió destino con su hermano Brian, que tampoco fue convocado por el Milan por la misma razón. Unos pocos días después de la vuelta a España, anunció que abandonaba el club. La puntilla fue que se iba al Real Madrid. Los Blancos lo habían seducido y la decisión de Cruyff de no convocarlo decantaron las cosas para el danés.

Tras el Mundial de Estados Unidos 94 de aquel verano, las cosas se deteriorarían aun más. Stoichkov y sus compañeros búlgaros fueron una de las revelaciones del torneo, pero las cosas fueron distintas de vuelta en España. Su relación con Romário se agrió, y lo acusó de no haber vuelto del Mundial. “Su cuerpo estaba ahí pero su mente todavía estaba en Rio,” dijo a un amigo. No mucho después, fue Stoichkov el que dijo en la radio, “es o Cruyff o yo.” El equipo se desintegraba. No habría vuelta atrás.

Para muchos hicnhas del Barcelona, Johan Cruyff siempre será un héroe, el hombre que puso en marcha el proceso que produjo los grandes equipos que nacieron de la celebrada cantera que alimentaría a un primer equipo que acumularía recogía metales preciosos con la voracidad de una urraca puesta de speed. Sin embargo, existe una tristeza que no se va por como todo terminó para su Dream Team, que parecía tener el mundo a sus pies.

En la Balada de la Cárcel de ReadingOscar Wilde afirma: ‘Cada hombre mata lo que ama.’ El poema continúa diciendo: ‘el cobarde lo hace con un beso, Con la espada el valiente.’ Quizás esa sea la moraleja aquí. Quizás Cruyff se enamoró tanto de su creación, a la que creía destinada a la grandeza y el reconocimiento que el Milan no podría vencerla. Quizás la luz que emanaba su equipo lo cegó y lo engañó. Lo que algunos consideraron arrogancia quizás solo fue una expresión de alegría y disfrute. En la estrofa final, Wilde concluye: ‘Aman algunos poco tiempo, largamente otros. Hay quienes compran y también quienes venden. El acto es cometido a veces en el llanto y otras sin un suspiro. Pues todos matan lo que aman; pero no todos mueren.’

¿Tenía razón Rexach? ¿Se había enamorado Cruyff de su equipo demasiado cuando tendría que haber pensado en vender a unos y comprar a otros? Si fue así, ¿fue esto lo que mató la cosa que amaba? ¿Era una disonancia cognitiva evitable? Quizás. En este caso, sin embargo, solo fue el sueño – el Dream Team – el que murió, pero muchos de los componentes de aquel equipo aun consiguieron grandes logros. Quizás era el momento de que la montaña rusa volviese a empezar. Después de todo, ¿qué es la alegría si no se conoce la tristeza?¿Y quién quiere pertenecer a la Generación MTV para siempre?

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