La vuelta de la cordada como solución a la Ausencia

Todos los que me conocen saben de mi miedo atroz al día que falte definitivamente Messi. Siempre comento, que solo una vuelta a los orígenes del modelo que nos trajo el éxito, cantera y juego de posición podría atenuar el inmenso vacío que la retirada definitiva de la Bestia Parda ocasionará. Un “back to the basics” que dicen los anglosajones en el que la presencia de cantera, o lo que es lo mismo identidad, hará más sencillo empatizar al soci en los momentos malos, y el juego de posición nos ayudará a controlar los partidos en sustitución del profundo conocimiento del juego del rosarino y la intimidación que infunde en los rivales. Cantera y Juego de Posición, sociología y fútbol.

Ayer, tras la lesión del sábado, teníamos la primera prueba de verdad de lo que puede ser (esperemos que poco tiempo en cualquier caso) el Barça sin Messi, pues el angelito, en el cuarto de hora que pudo jugar contra el Sevilla, ya nos había solucionado la papeleta, como cuando mi mujer se va a cenar con unas amigas, y me deja a las niñas, bañadas, cenadas y con el pijama puesto antes de irse, y yo solo tengo que contarles un cuento y meterlas en la cama. Pues lo mismo le pasó al equipo el sábado. Y aún así, Ter Stegen tuvo que vestirse de superhéroe para evitar que se estropeara el cuento.

El partido era de aúpa. La competición que el equipo ha convertido en su objetivo principal y el rival, el Inter de Milán eran de postín. Los lombardos venían de su mejor racha de los últimos años, con siete victorias consecutivas en Liga y Champions, culminadas por la victoria en el descuento el pasado domingo en el Derby della Madonnina con gol del enrachado Mauro Icardi, quien volvía a Barcelona, donde se formó hasta la época de juveniles, coincidiendo entre otros con uno de los protagonistas del partido: Rafinha, que fue el escogido por Valverde para sustituir en el once y también hasta cierto punto posicionalmente al capitán.

Recuerdo que en la época de Guardiola, leí un artículo de Martí Perarnau en el que definía el estilo de juego del Barça omo una “cordada montañera” en la que el equipo y la pelota iban avanzando juntos ganando altura de juego. Me pareció una maravillosa alegoría de ese equipo coral. Ayer, según avanzaba la primera parte, por primera vez en mucho tiempo, volví a sentir que el equipo azulgrana jugaba como aquella cordada, dirigida magistralmente por Arthur, que dirigía el caudal ofensivo azulgrana para ir asentándose con el paso de los minutos en el borde del área interista hasta que llegó el gol de Rafinha, cargando el área tras fenomenal centro medido del reciente papá Luis Suaréz. Es de justicia resaltar la buena actuación del hispano-brasileño

El juego nos había llevado al gol, como no me canso de repetir, la secuencia ideal. La velocidad del balón no era la de otros tiempos, y costaba trasnformar el dominio en ocasiones claras, pero a cambio, al ordenarse a través del balón, con un volumen de juego previo, facilitó una presión efectiva (se recuperaron nada menos que 29 balones en campo contrario) que redujo al Inter a un par de salidas con peligro del siempre amenazante Icardi. Así llegó al descanso, con una magnífica sensación en el juego, pues había ido de menos a más y con recobrada ilusión frente al sombrío panorama que se intuía con la lesión de Messi.

Tras el descanso, el Inter se desperezó, y por momentos, el equipo perdió el control del partido, pero tras un par de pérdidas en salida seguidas de Arthur, que afortunadamente no tuvieron consecuencias, el brasileño demostró una personalidad encomiable y lejos de amilanarse, volvió a tomar las riendas del partido, con un par de giros, y pases rompiendo líneas en salida, que inevitablemente rememoraban al genio de Terrassa que durante años nos deleitó con su magisterio con el balón en los pies y el 6 a la espalda.

Volvieron también las ocasiones, y Handanovic demostró que quizás sea el mejor portero underground del mundo, pues no debe extrañar que hasta ahora le haya levantado la titularidad en la selección eslovena al que muchos consideran a día de hoy el mejor portero del mundo, el atlético Jan Oblak. Los cambios, en mi opinión, no enviaron el mejor de los mensajes, pues sacaron del campo a los dos más simbólicos del partido, el maravilloso Arthur y el renacido Rafinha, pero es cierto que como casi todo el partido, todo el equipo rozó a un nivel no menor que el notable individualmente y hasta Arturo Vidal brindó sus mejores minutos vestido de azulgrana.

Así, en una jugada colectiva, Jordi Alba entró por el carril del diez y recibió en profundidad de Rakitic para encarar a Handanovic y cruzar inapelablemente el cuero para el 2-0, poniendo la guinda a su estupendo partido arriba y abajo y ayudando a ahuyentar el fantasma del empate en esos últimos minutos que tan buen botín han aportado al Inter en las últimas semanas.

En el equipo, hubo varios jugadores que dieron un claro paso adelante, como Piqué y Suárez, que tal y como ya hicieran el sábado lideraron al equipo en las dos áreas. El primero, acompañado de un Lenglet que mostró todo su poderío en el juego aéreo, tanto defendiendo como atacando, y que de momento no nos hace acordarnos del lesionado Umtiti. El segundo, que como he comentado había sido papá el día anterior, además de aportar la energía habitual, asumió el liderazgo del equipo y se le vio mucho más preciso y fino en el toque y con un punto más de frescura para el desborde y tiro tan característico suyo, y que solo la buena actuación de Handanovic evitó que sellara con algún gol.

Partido redondo, victoria clara que encauza no solo la clasificación sino el liderato del grupo, a la espera de confirmar las magníficas sensaciones el próximo domingo con la visita del Real Madrid en el Camp Nou en el cierre de la trilogía semanal de partidazos en casa, con la madre de todas las batallas ante un rival, que si bien viene herido por los resultados y casi más por las sensaciones, tiene jugadores suficientes para poner en muchos aprietos a este embrionario Barcelona sin Messi.

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