Josep Lluis Núñez, mi primer “pecident”

Andaba servidor escribiendo la habitual crónica del partido de Liga del Barça, cuando me ha sacudido la noticia de la muerte del presidente más longevo de la historia del club, y mi primer presidente, Josep Lluis Núñez, el “pecident Núñez”. Fue un presidente muy controvertido, rodeado de polémica desde su victoria en las elecciones de 1978 hasta su dimisión en el año 2000. 22 años con luces y sombras, muchos títulos y muchas decepciones, pero un error por encima de todos, eternizarse en el cargo acabando por creer que el club era él, como Luis XIV, El Rey Sol, y que nos dejó el club en manos del ínclito Joan Gaspart, su vicepresidente, que heredó además de sus votos, todos los defectos de su mentor y ninguna de sus virtudes, arrastrándonos al más profundo de los infiernos en un trienio de una oscuridad sin límite.

En mayo de 1978, recién estrenada la democracia, fueron llamados por primera vez a las urnas los socios del Barcelona, por expreso deseo del presidente saliente, Agustí Montal en el momento de ceder su puesto al entonces vicepresidente, Raimon Carrasco. Surgieron 5 candidaturas, una de las cuales, la favorita en las encuestas, encabezada por el publicista Víctor Sagi, desistió en una polémica y fulminante decisión apenas 48 horas después de haber presentado su programa, y que siempre se ha rumoreado fue ocasionada por un comprometedor dossier que recibió el candidato. Quedaron al final 3, pues el cuarto en discordia se retiró al ver que no tenía posibilidades, uniéndose a la candidatura de Núñez, a cambio de una vicepresidencia, en la que duró apenas un año. El voto catalanista quedaba dividido ente Ferran Ariño, antiguo presidente del Barça Atlétic, y Nicolau Casaus, barcelonista de solera por su amplio historial sobre todo en las peñas, y que pese a no tener posibilidades de ganar, no aceptó retirarse, para luego de las elecciones pasar a formar parte de la candidatura de Núñez. Fueron unas elecciones broncas, en las que el entonces rey del chaflán (por sus construcciones en las esquinas del Eixample durante el desarrollismo más salvaje del franquismo) se sintió como pez en el agua, conviertiéndose en el 35º presidente del FC Barcelona.

Sus primeros años estuvieron salpicados de pocos, pero sonados triunfos, como su primer título europeo del Barça en la primera temporada de su mandato. Un éxito deportivo y social representado por el masivo y ejemplar éxodo de 30.000 barcelonistas a Basilea, con mi padre, el primigenio Culé de Chamberí incluido. Conseguida en una temporada en la que se había acabado 5º en Liga, eliminados en primera ronda de la Copa del Rey, con cambio de entrenador, dejando Lucien Müller su sitio al mito barcelonista Rifè, recién retirado, esa Recopa venía a confirmar el lema con el que Nuñéz se había presentado a las elecciones: “Per un Barça triomfant”. Fue una Recopa llena de sustos y remontadas, como la mítica del Anderletch del gol del “Torito” Zuviría, la del Ipswich Town con gol de Migueli, y la resistencia numantina en semifinales ante el Beveren, la noche en que Puyal bautizó a Artola como ‘Sant Artola Gloriós’ para meternos en la final con una acutación antológica. La final estuvo llena de sobresaltos también, remontada dos veces durante el tiempo reglamentario por el Fortuna Düsseldorf de Klaus Allofs, con penaltis fallados, Artola desafortunado y un imberbe Lobo Carrasco junto a Krankl como protagonistas en ataque. También fue el debut del Gaspart como forofo sufridor, ya que pasó los últimos 10 minutos encerrado en un baño.

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Hans Krakl levanta la Recopa ante la mirada de su compañero Asensi. Al fondo vemos el masivo desplazamiento blaugrana al Saint Jakob Stadium. Foto vía: Miguel Moreno / Mundo Deportivo.

En los años siguientes vinieron la Copa del 1981 ante el Sporting de Gijón, mi primer título como culé consciente, la Recopa del 82 en el Camp Nou ante el Standard de Lieja, y la Copa del 83 ante el Real Madrid en Zaragoza, gracias al golazo postrero del pichón Marcos y con las históricas butifarras de Schuster, tras 90 minutos de caza mayor a un Maradona que no pudo ofrecer más títulos que aquel en su estancia. Eran años de fichajes rutilantes para hacer girar la rueda de los ingresos atípicos que llamaba Núñez, un visionario en esas lides de la publocidad, el marketing y los derechos televisivos. Simonsen, balón de oro con el Gladbach; Schuster, estrella de la Eurocopa de Italia’80, y por encima de todos el mencionado Maradona, que costó 1.200 millones de la España de 1982, pero que entre lesiones, enfermedades, malas compañías y desencuentros con entrenadores y Núñez, acabó por ser traspasado tras la bochornosa final de Copa del 84 con la batalla campal en el Bernabéu contra el Athletic de Clemente y Goikoetxea.

La Liga se le resistía al primer Núñez. Si no era una mala temporada directamente, era un secuestro de su goleador en plena remontada, una desconexión increíble cuando tenías 5 puntos de ventaja a falta de seis jornadas, lesiones de sus estrellas, de todo pasaba, alimentando el pesimismo atávico culé con el que el “Pecident” siempre congenió. Fue precisamente el año que quizás menos lo esperaba el barcelonismo tras tener que vender al entonces mejor jugador del mundo, cuando por fin Núñez pudo festejar una Liga. La temporada 1984-85 nacía con un sonado y contundente triunfo 0-3 en el Bernabéu, y una trayectoria meteórica hacía entonar, a cuatro jornadas del final, el alirón en el mítico partido de Valladolid con el punto de épica que supuso el penalti parado en el último minuto por Urruti, y que hizo exclamar a Puyal aquello del “Urruti t’estimo” tras más de una década de sequía liguera desde el ya lejano 1974.

Pero al contrario de lo que se podía esperar, el proyecto encabezado por el inglés Venables se vendría abajo, sobre todo tras perder la dolorosísima Copa de Europa de Sevilla ante el Steaua, incapaces de anotar un gol en 120 minutos y una tanda de penaltis ante unos semi-profesionales rumanos que venían como corderitos degollados ante más de 70.000 barcelonistas desplazados para la ocasión desde todos los puntos de la península. Siguieron años duros, superados por el Madrid de la Quinta del Buitre, con Schuster apartado del equipo, y teniendo que destituir a Venables a finales de 1987. Luis Aragonés tomó las riendas para salvar la temporada con una inesperada victoria en la Copa del Rey ante la pujante Real Sociedad de Arconada, Bakero, Beguiristain y Zamora. Pero la alegría no le duró demasiado a Núñez que vio como toda la plantilla pedía su dimisión en el Motín de Hesperia, por unas desavenencias en los derechos de imagen tras un cambio de criterio en la tributación de los mismos, que Núñez se negaba a asumir.

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El motín de Hesperia podemos decir que fue uno de los capítulos más negros de la etapa de Núñez como presidente del FC Barcelona. Foto vía: Sport.

Era un momento en el que Núñez se tambaleaba, y le esperaban elecciones al final de la siguiente temporada. En ese momento, tomó la decisión más audaz de toda su trayectoria presidencial: fichar a Johan Cruyff de entrenador, abortando la posibilidad de que fuera usado por sus opositores, que ya le habían tanteado. Cruyff pidió mando en plaza y todo el poder de decisión sobre el equipo y las categorías inferiores azulgrana. Núñez no tuvo más remedio que concedérselo. El novedoso sistema del holandés tardó en asentarse, salvando en sus primeras temporadas con una Recopa y una Copa del Rey in extremis, su destitución, ya pedida por buena parte de la masa social. Ahí Núñez le defendió en una asamblea, y tuvo su premio, pues llegaron cuatro Ligas consecutivas, incluidas las dos de Tenerife arrebatadas al Madrid en el último partido y el más difícil todavía del penalti de Djukic.

Además, entre medias en el histórico 1992 para la ciudad que llevaba el nombre del club, llegó la ansiada Copa de Europa conseguida en Wembley, con Joan Gaspart bañandose en el Tamesis para celebrarlo. Días antes, en uno de sus más recordados momentos de lágrima, Núñez había anunciado que no seguiría ante Lluis Canut en TV3, en lo que dijo que era una forma de quitar presión al equipo. Una vez ganada la Copa de Europa, y la primera Liga de Tenerife a los pocos días, aquí paz y después gloria, y ni rastro de su dimisión. La derrota en Atenas en 1994 empezó a resquebrajar una relación cogida con alfileres con el entrenador holandés, que desembocó en su cese a finales de la temporada 1995-96, con Gaspart como ejecutor e insultos, sillas por los aires y un cisma que todavía perdura a día de hoy en el barcelonismo. A final de esa temporada era cuando en mi opinión, Núñez debía haber abandonado, evitando la radicalización de los ismos, y demostrando que de verdad ponía por encima al club. Pero no fue así.

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Los enfrentamientos entre Johan Cruyff y Josep Lluis Núñez se sucedían, la situación se torno incontrolable. Foto vía: Sport.

Sus últimos años, con Robson y Van Gaal, pese a los títulos con uno y con otro, fueron radicalizando a un Núñez que atacaba a todo lo que se le pusiera enfrente, identificando cualquier oposición como un ataque al club. Si bien ya no existían los morenos que amedrentaban a los disidentes en los primeros años de su mandato, se bunkerizó hasta caer en la caricatura en muchos casos, abandonando esa austeridad que tanto le caracterizó sobre todo en la época de Cruyff y que tan bien casaba como contrapunto a las genialidades y en algunos casos excentricidades del holandés. Fichó más que nunca para tapar carencias. Perdió por segunda vez al mejor jugador del mundo, el brasileño Ronaldo, en una negociaciones eternas en su despacho de la calle Urgell, desde donde siempre dirigió el club, y que muestran las contradicciones del nuñismo, pues al mediodía estaba renovado, y por la noche había firmado por el Inter de Milan. Y tras errar en su sustitución se vio obligado a robarle al Dépor a Rivaldo, 4.000 millones de pesetas mediante, en el último día del mercado.

Su apoyo firme a Van Gaal como a ningún otro entrenador anteriormente, le llevó a la dimisión en el año 2000, de manera sorpresiva y conjuntamente con el preparador holandés, al que había recurrido como la némesis de Cruyff, al que acusaba de haber sido siempre poco trabajador y de improvisar las decisiones, frente al estoico, metódico y cartesiano Van Gaal, falto de mano izquierda e incapaz de lidiar con un entorno tan complejo como el del Barça, lo que llevó a ambos a una salida prematura de acuerdo a su contrato y mandato respectivamente.

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Josep Lluis Núñez junto a Louis van Gaal. Foto vía: Sport.

Sin embargo, lo peor del legado de Josep Lluis Núñez fue el “post-nuñismo”, encabezado por su vicepresidente Joan Gaspart, que nos despeñó desde la élite europea hasta la intrascendencia en la Liga española, despilfarrando el dinero que había dejado la traición de Figo y el legado económico de Núñez, dirigiendo y endeudando a golpes de timón para contentar a todo el mundo, pero sin la más mínima capacidad de análisis estratégico a medio plazo. Este desastre, además, para dolor del Pecident, desembocó en unas elecciones ganadas ampliamente por aquellos que tiempo atrás había calificado de “terroristas”, cuando el Elefant Blau de Laporta presentó una Moción de Censura que Núñez pudo sortear con el apoyo de sus 25.000 inquebrantables seguidores, que a día de hoy, a mi modo de ver siguen siendo el obstáculo más grande al que se enfrenta este club, pues su inmovilismo, conservadurismo y falta de información al acercarse a la actualidad del Barça por lo que dice el Sport, y principalmente el Mundo Deportivo (Mundeportivo que diría Núñez) hacen inviable la entrada del Barça en el siglo XXI a todos los niveles.

Si nos quedamos en sus números, durante sus 22 años, consiguió  7 Ligas, 6 Copas, 1 Copa de Europa, 4 Recopas, 2 Supercopas de Europa para un total de 29 títulos en fútbol que ampliado a todas las secciones que fueron otro de sus grandes legados se van a los 140. Se encontró con un patrimonio de poco más de 10 millones de pesetas para dejarlo en más de 12.500, pasando de 76.000 socios a 106.000, y de apenas un centenar de peñas a más de 1.300, muchas de ellas internacionales. Como buen constructor, dejó varias ampliaciones del Camp Nou y del Palau, además del Mini Estadi, el Museu, que a día de hoy lleva su nombre y La Masía. Convirtió un club local en uno admirado internacionalmente, una empresa familiar en una multinacional de éxito, de eso no cabe duda.

Para mí, Núñez siempre será el presidente de mi niñez, mi primer presidente, el de las Recopas, los lloros, el victimismo, los lapsus y gazapos (Cliper por Kluivert, la ciudad que lleva el nombre de nuestro equipo, socis&patizants, quicir, pulután…), el que llegó a pensar que el club era Él. También quien me hizo disfrutar de Quini, Schuster, Maradona, Ronaldo, Rivaldo, y sobre todo quien fue capaz de encomendarse a Cruyff para forjar un tándem tan extraño, discordante y antagónico como eficaz, y que con su austeridad patrimonialista aprovechó su visión empresarial para hacer crecer y enriquecer al club.

Descanse en paz.

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