“Matrix” Messi vuelve a convertir un escanario apocalítptico en una cómoda victoria

Hoy la crónica iba a tener dos protagonistas, Messi y Valverde, el ying y el yang barcelonista, pero una llamada esta mañana me ha cambiado la perspectiva, y he decidido despeñar de su protagonismo al técnico azulgrana, y creo que será bueno para él, pues no puedo decir nada bueno de su intervención ayer. Esta mañana, camino de la oficina, me ha llamado mi padre, el primigenio Culé de Chamberí. Era demasiado pronto, así que no me pareció buen augurio. Y es jodido acertar con ese tipo de pronósticos, pues al otro lado de la línea, con una voz muy seria me daba los buenos días un hombre bastante abatido. Estaba en el tanatorio porque había fallecido Carlos, su mejor amigo, tras más de dos años luchando contra el cáncer como un jabato hasta el último día. Y es el segundo amigo del alma que se le va a mi padre en este final de 2018.

Carlos, mi tío Carlos, lleva en mi vida desde siempre. Compañero de pupitre de mi padre en los maristas de Chamberí, ha estado cerca en cada momento de mi vida. Culé convencido, diría que por efecto de su amigo el primigenio, fue otro Culé de Chamberí de primera generación, de los de a Liga por década, sin siquiera Recopas que llevarse a la boca hasta Basilea, los que tuvieron más mérito, y no te cuento si lo vives en territorio comanche. Habitual compañero de sofá en casa en los partidos de un embrionario Canal+, compartió con nosotros muchos partidos y muchas Nochebuenas, animando siempre la velada con su humor extraordinario, que mantuvo hasta el último día. El último partido que vimos juntos fue la última goleada en el Bernabeu, hace casi ya un año, cuando nos invitó a mis padres y a mí a su casa en El Escorial. Estos últimos meses leía todas mis crónicas y escuchaba mis intervenciones radiofónicas con fruición. De hecho, la última vez que hablé con él, me recordó que se me había olvidado poner al final de mi crónica el Bestiapardómetro con el que llevo los números de Messi para los futboleros del Teletexto. Ayer, la Bestia Parda ganó el partido en la última exhibición que presenció en este mundo, aunque donde quiera que esté, seguro que las seguirá viendo.

Mi tío Carlos, ha luchado mucho contra ese cabrón que es el cáncer para tener unas cuantas bolas extra, pues desde hace ya tiempo, había expirado el tiempo teórico que los médicos le habían pronosticado de vida. Y en esas bolas extra, Messi le habrá dado no menos de 50 alegrías, importantes y cotidianas. Porque estaremos hablando de 50 exhibiciones sobrenaturales en el último par de años de la criatura, justo el tiempo que lleva este pequeño rincón culé abierto. Por eso también Messi es incomparable, pues el volumen y frecuencia de alegrías que este chico proporciona es abusivamente superior a cualquier otro. Y pensando en mi tío Carlos, me ha venido a la cabeza.

Ayer, en otro partido que pintaban bastos, y en el que servidor, ungido en el fatalismo atávico culé que uno intenta ahuyentar y no consigue, tuiteé que firmaba el empate justo antes de la media hora. A la vez que tuiteaba, pensaba, a ver si Messi me deja en evidencia, pero no lo quise plasmar para no gafar la posibilidad. Y es que el paisaje era apocalíptico. El Levante nos estaba dominando, el Barça recuperaba la pelota casi en en su área en el mejor de los casos, a 80 metros del ex-barcelonista Oier, y con Dembélé, cerrando el lateral derecho como podía en la nueva disposición de tres centrales. Todo el equipo perdido. Dembélé, con un encomiable nivel de abnegación ya llevaba una amarilla. Alba, no aparecía ni arriba ni abajo. Busquets estaba desconcertado y Vidal y Rakitic apenas achicaban delante de los centrales, sin apenas aportar en ataque. Arriba Suárez ejerciendo de náufrago ante la defensa granota.

Pero Messi estaba en el campo y, tras un par de primeras intervenciones titubeantes, ya había amenazado por primera vez en una cabalgada que acabó con un cierre inextremis de la defensa. En esas la primera presión exitosa en área contraria, cogió el balón en la frontal, fue sorteando obstáculos en horizontal, hasta aglutinar suficiente atención para que Suárez quedara solo. En ese mismo momento, dio un pase que no estaba hasta ayer en el catálogo del fútbol, desperfilado con el pie de apoyo alejado en demasía… Dio igual, se la puso perfecta a Suárez que con un fabuloso remate de primeras en el aire al ángulo, aportó una intervención a la altura de la barbaridad de la Bestia Parda. 0-1, y nadie se lo creía.

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El gol contra el Levante UD con la derecha supuso su número 85 en su carrera.

Pero no fue todo eso. En un inteligente robo de Busquets adivinando un pase en el centro del campo, en un milisegundo ya había habilitado a Messi en carrera, y con su típica frialdad, ejecutó funcionarialmente a Oier, cruzando con la pierna mala esa que Pelé dice que no sabe utilizar, en una muestra inequívoca de que no ve fútbol desde el advenimiento de la televisión en color en su último mundial en México’70. Se llegaba al descanso con 0-2, en una primera parte horrible del Barça y muy meritoria del Levante, larguerazo incluido. Y todo por obra y gracia de un Messi que es como Matrix, transforma un escanario apocalíptico en una cómoda y agradable.

Al inicio de la segunda parte, el Levante apretó, pero enseguida, con la entrada de Arthur en el lugar del una vez más lesionado Vermaalen, el Barça sí que empezó a controlar, y volvió a marcar Messi, esta vez con el tradicional pase de Alba. Los granota, absolutamente descabellados por este tercer gol, quedaron ya a merced de lo que quisieran Messi y sus compañeros, y en una extraordinaria jugada de un renacido Luis Súarez, Vidal generosamente cedió para que Messi pudiera llevarse su enésima pelota a casa. Y hasta Piqué, que fue quien mantuvo en pie en los peores momentos la zaga, se animó con una de sus incursiones tras robar un balón en su propia área y a pase de Messi, definir con una tranquilidad y clarividencia que para si quisieran la mayoría de delanteros de la Liga.

En resumen, 3 goles y 2 asistencias de la criatura, que lo convierte en el máximo goleador y asistente de las cinco grandes ligas europeas. Nuevas cifras con las que engordar el Bestiapardómetro; ése que mi tío Carlos no podrá volver a decirme que se me ha olvidado añadir a mi crónica, ya que tras el partido, quizás su último y también único momento de consciencia en sus últimos días, nos dejaría pasada la medianoche. Descansa en paz, Tío Carlos. Hoy mi crónica va por ti.

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