Shut up and dribble

La periodista de ABC News, Laura Ingraham, saltó a la fama internacional por espetarle a Lebron James el ya conocido “Shut up and dribble”, un cállate y juega de manual. El deportista que más ha trascendido el deporte no tenía derecho a hablar y opinar sobre, ya se sabe, aquellos temas para los que un deportista no está cualificado. Cómo si no opinase todo el mundo. Gerard Piqué es el deportista español al que más le han mandado callarse y jugar. El central del FC Barcelona juega mejor que nunca y… habla más que nunca.

Piqué corresponde a esa clase de futbolistas disidentes, extraños, desdichados. De los que-¡oh, sorpresa!- no tiranizan los tópicos que tanta culpa tienen de la visión minimalista del fútbol. Frases encorsetadas, soltadas ante cualquier situación, por los siglos de los siglos. Piqué prefiere ser él mismo. Es lícito no querer mojarse nunca, mantener ese posado de futbolista ante todo, como si detrás no estuviera una persona, con sus contradicciones y sus cosas. Gerard es el punto en el cual lanzar las frustraciones y los miedos, el saco de boxeo de la parte más reaccionaria de la sociedad. Hay quiénes no lo critican por lo que dice, sino porque habla.

Mientras, a pocos días del derbi y con el triplete en el horizonte, asistía a La Resistencia, muchos se llevaban las manos a la cabeza. “¿Pero qué hace? Habla como si no se estuviera jugando la temporada, relajado, desacomplejado, ¿dónde han quedado los tópicos?”. Precisamente reside ahí la gracia del central, en que su madurez futbolística coincide con un emancipamiento cada vez más visible del limitado argot futbolístico. “A mi ya me la suda todo”, contestaba sentado en el sillón del programa presentado por David Broncano. Una frase que me aplico, pero sin el mismo brillo y genialidad que Piqué.

Solo ha descansado dos partidos en lo que va de Liga, frente al Villarreal y frente a la SD Huesca, vísperas del Atlético de Madrid y la vuelta frente al Manchester United. A sus 32 años y ya retirado de la Selección Española, el futbolista ha mostrado un nivel altísimo, quizás el más alto desde 2015 (último triplete), tras mostrar un nivel muy bajo a inicios de temporada, uno que le llevó a ser cuestionado y puesto bajo la lupa del mundo culer. Pero Gerard Piqué nos burla a todos. “Es  el niño grande del vestuario. Le cuesta entrenar, pero a la hora de competir es el primero”, decía Luis Enrique hace unos meses. Un tipo al que le cuesta entrenar, que compra empresas y equipos, organiza eventos y encima opina, ¿puede ser el mejor central de la última década? No haría falta responder, pero lo haré; sí.

A veces el “shut up and dribble” pasa a ser el único mantra al que se agarran aquellos que se entestan en negar lo innegable, que Piqué puede permitirse tener dos caras, y seguir compitiendo como el que más. Hay quienes ayudan a crear el tópico, a construir la imagen del futbolista ejemplar como aquel que no sale de casa, que duerme mucho y entrena aún más. Gerard Piqué está en el mejor momento de su carrera y justo en el momento más importante de la temporada. Ya nada nos sorprende. Hemos tardado en comprender que era él, nuestra Resistencia era él.

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