Para Messi todo está en el barrio

Si el partido tiene un inicio “turbulento” para los intereses de su equipo, Messi se acuerda del barrio y empieza a imaginar de qué manera enderezar el rumbo.

Si el partido continúa teniendo un desarrollo poco favorable para las aspiraciones de los suyos, Messi estrecha todos los recuerdos con la infancia para que la nueva ocurrencia que se postrará a sus pies minutos después se vaya haciendo a la idea, una idea que tan solo él conoce, por supuesto.

Si el partido no termina de tranquilizar del todo al aficionado culé, Messi decide, definitivamente, llevarse sin más contemplaciones el partido al barrio. 

Justo ahí, es cuando todo cambia; las turbulencias iniciales hacen un claro llamamiento a la calma , el inquietante desarrollo cambia de paisaje y los niveles de intranquilidad se regulan inmediatamente.

El barrio y Messi conforman una relación perfecta, un sitio de recreo incomparable donde el “10” se sigue columpiando tan feliz como la primera vez.

Ser el mejor no consiste en decirlo todos los días, sino en demostrarlo con cierta frecuencia. Decía el seleccionador argentino de Voleibol Julio Velasco (autor intelectual del pensamiento de Pep Guardiola), que “si a Messi le insultan, preparémonos todos porque a nosotros nos escupen”.

No le faltaba razón. Tan solo los enemigos de la belleza o aquellos que viven el fútbol sin respetar la neutralidad de las leyes de la fantasía, podrían dejar -ni siquiera por un momento- de admirar a Messi más allá del equipo del que sean socios, aficionados o simplemente simpatizantes.

Sería como despreciar de manera imperdonable lo que representa la calle de cualquier barrio por donde haya corrido un niño detrás de una pelota. O una niña, que nadie se me enfade.

Anoche Leo Messi volvió a demostrar que “no es lo mismo jugar al fútbol para exhibirse que dar exhibiciones jugando al fútbol”. Tan sencillo y tan complejo, tan misterioso y tan simple como recibir un balón, acariciarlo, trazar una diagonal, arrancar, pausar, frenar, iniciar una pared, devolverla. improvisar y hasta tirarle un caño al árbitro si hace falta.

El “10” habla lo justo, como todos aquellos que sientan cátedra casi sin querer. Tiene cinco “balones de oro”, pero podría no tener ninguno sin dejar por ello de ser el mejor o, sencillamente, un futbolista cinematográfico que nos anima a emocionarnos sin que podamos ya encontrar algún elogio no escrito .

El partido de anoche ante el Manchester United, vuelta de los cuartos de final de esta Champions, tuvo su “intriga” hasta que Messi se lo llevó al barrio y puso a sus pies todo lo que aprendió en alguna de sus calles.

Continuará…

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