La Champions se le viene grande al Barcelona

Liverpool 4- 0 FC Barcelona.

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Lionel Messi y ese contundente 4-0 en el luminoso.

Así lucía el marcador instalado en una de las esquinas del legendario Anfield, en otra noche que contribuyó a incrementar su aura de templo del fútbol.

La noche más dura que se recuerda para el Barcelona en Europa. Así de claro. Así de rotundo. Si anoche hubiésemos vuelto a tener noticias de Gurb, el famoso personaje de Eduardo Mendoza trataría de tranquilizar a la afición culé. “Estas cosas pasan”, diría, no sin razón. También reflexionaría y afirmaría que “noches como las de hoy contribuirán a hacer más fuerte al equipo”.

Claro que Gurb, recién reaparecido, no sabe que hace una semana el Liverpool bailó al Barcelona en el Camp Nou, y que si el partido acabó con un 3-0 fue gracias a Ter Stegen, al palo, y a la divina intervención de Leo Messi. Lo que tampoco sabe Gurb es que hace un año, ante un equipo como la Roma, el Barça caía humillado después de haber ganado 4-1 en el Camp Nou.

Desde que el Barça ganó la Champions de 2015, la práctica totalidad de los partidos a domicilio en las rondas eliminatorias han sido un martirio. En 2016 cayó en el Calderón contra el Atlético (2-0); en 2017 sufrió goleadas sonrojantes contra el PSG (4-0) y la Juventus (3-0) sin poder oponer resistencia. En 2018 sobrevivieron en Stamford Bridge (1-1) en un duelo en que el Chelsea fue superior… antes de la debacle de Roma (4-1). Y este año, cuando parecía que los males se habían corregido (0-0 en Lyon y 0-1 en Old Trafford), llegó el ridículo de Anfield.

“Casualmente”, las debacles se han sucedido tras la retirada de Xavi, en el ocaso de Iniesta y con Busquets languideciendo, pese a que anoche, al menos durante media hora, fuera junto a Messi el único capaz de imponer cordura en el nefasto partido que estaba jugando el Barcelona.

Ya no es que falte gol, que también, sino que ha ido renunciando progresivamente al estilo que le hizo eterno hasta volverse un equipo vulgar, con el visto bueno de una junta entregada al milagro de cada día de Messi y al pragmatismo y resultadismo escenificado en Valverde.

Señalar a un único culpable de lo sucedido en Anfield sería injusto e insuficiente. Hay pocos que se puedan salvar de la quema. Desde el banquillo hasta los despachos de las altas esferas, muchos tienen que asumir responsabilidades, que van más allá de pedir perdón a la afición (y van…) o de decir que queda una ilusionante final de Copa.

A Valverde la acompañan los resultados en España y tiene el visto bueno del equipo. Los pesos pesados prefieren a un entrenador que les deje hacer, que no cuestione su statu quo y que les garantice que van a jugar siempre que quieran con independencia de cuál sea el rival. Solo así se justifica que defiendan a capa y espada a un entrenador que propone un estilo de juego que no potencia sus virtudes y con el que han fracasado en la Copa de Europa.

En dos años, los números de Valverde son prácticamente intachables, pero tiene borrones enormes y se ha llevado serios correctivos que evidencian que le queda grande el puesto. Bordalás con el Getafe o Setién con el Betis han sido dos entrenadores que han destapado las carencias de Valverde, desnudadas en las grandes noches de Europa donde no ha tenido ni la valentía para afrontar los compromisos como se le pide al Barcelona ni la capacidad de reacción necesaria cuando pintaban bastos.

El equipo no juega a nada, tiene pájaras y desconexiones cada jornada. La esperpéntica media hora final contra el Levante no aplazó el alirón por la fortuna con los palos y el desacierto de los visitantes en el área. Han sido muchos los partidos ganados por Messi, Ter Stegen, Piqué o Lenglet. El Barça ha tiranizado la Liga antes y durante la etapa de Valverde porque tiene al mejor jugador del mundo: Leo Messi.

Muchos jugadores quedaron señalados en la debacle a orillas del Mersersyde. Jordi Alba falló de forma clamorosa en defensa, origen de los dos primeros goles del Liverpool. Luis Suárez acabó, por segundo año consecutivo, con un único gol en Champions. Desde septiembre de 2015 el uruguayo no ve puerta lejos del Camp Nou en Europa. En 80 minutos, un invitado secundario como Origi metió tantos goles como Suárez en dos años de Champions. Los datos están ahí.

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Luis Suárez abatido en Anfield.

Fíjense qué casualidades (o no), ni Alba ni Suárez tienen un suplente que les apriete las pilas. Un jugador que fomente la competencia, que les pueda dar descanso durante la temporada y que les pueda mandar al banquillo cuando no rinden a su nivel.

Tiene la culpa Valverde de no confiar ni en Miranda ni en Munir, y también la Junta por traer a refuerzos esperpénticos como Murillo o Boateng, indignos del nivel del Barcelona. Mientras crece sin parar la masa salarial, con renovaciones al alza de jugadores que ya vivieron sus mejores noches.

Capítulo aparte merecen los llamados a sustituir a Neymar. Dembélé le pone intención y, cuando está fino, puede hacer grandes funciones como en la Copa contra el Real Madrid, pero es propenso a las lesiones y entre caídas, recaídas y recuperaciones se pierde la mitad de la temporada. Sus hábitos tampoco ayudan, por más que Arturo Vidal se haya encargado de meterlo en el redil y reconducir al díscolo extremo galo.

Coutinho ni está ni se le espera. El brasileño se ha borrado y prefiere retar a la afición con una celebración inadmisible a reconocer que su temporada no está a la altura. No ha levantado vuelo en toda la temporada y ni en la ida ni en la vuelta dejó huella en un escenario que animaba a la rendención.

Con este panorama, con el Barça renunciando a su razón de ser, no sorprende que el mejor en la eliminatoria, después de Messi, fuese Arturo Vidal. El chileno hizo lo que se le pedía, pero lo que se le pedía no es lo que hace grande al Barcelona.

Vidal es un jugador necesario en una plantilla que aspire a todo, como en su momento lo fueron jugadores “rocosos” como Touré Yaya, Keita o en diferente medida Deco. Claro que estos últimos estaban acompañados por Xavi, Iniesta y Busquets y podían limitarse a su trabajo, sin que nadie tuviese tiempo a reparar en si perdían más o menos balones. Los locos bajitos se encargaban de poner orden.

Tras la debacle de Roma se dijo que “eso con Pualinho no pasaba” (sic), se argumentó que el año próximo con Coutinho sería diferente, y que el equipo había aprendido de los errores. Se puso como excusa que el Barça llegaba agotado, exprimido por la exigencia de la Liga. En Liverpool estuvo Arturo Vidal, jugó (por decir algo) Coutinho y el Barça llegó descansado. Por contra, el Liverpool no tenía a Keita, sus dos estrellas – Firmino y Salah – causaron baja, y llegaba con la reserva después del duro encuentro de la Premier el sábado. Con todo y con eso, los de Klopp aplastaron al Barcelona.

Un fracaso sin paliativos que evidencia que a Valverde se le queda enorme el Barcelona y que al actual Barça se le queda grande la Champions. Una realidad que, en el fondo, conoce todo el barcelonismo. Por eso nadie veía claro el pase a la final pese al engañoso 3-0 de la ida. Porque todo el mundo sabe que, este Barça, no tiene el nivel necesario para ser campeón de Europa.

Un club fiado a Messi como único argumento que tiene tiempo, ahora ya sin excusas, para afrontar un verano de dolorosa y profunda remodelación. Con De Jong, Aleñà y Riqui Puig debe empezar a construirse el futuro. Porque ha vuelto a quedar claro, que al Barça, sin ser el Barça, no le salen las cuentas.

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