La Copa de Europa de Wembley del Culé de Chamberí

Todos los años, cada 20 de mayo es menester poner en valor lo que ocurrió aquella soleada tarde londinense, en una fecha tan señalada para mí, pues coincidió con el día de mi 17º cumpleaños. Y qué mejor regalo me podía hacer mi padre, el primigenio Culé de Chamberí, que llevarme a Londres, quizás mi ciudad favorita de siempre, para ver la final de la Copa de Europa por primera vez en mi vida. Como, todo hay que decirlo, era un plan muy conveniente desde la perspectiva de mi padre, todo fueron facilidades, y conseguimos coordinar todo para poder estar en Londres. De esta forma, el martes 19, al mediodía, tomábamos el puente aéreo desde Madrid para unirnos a la comitiva blaugrana en el aeropuerto de Barcelona, en un viaje organizado por Viajes Marina, la entonces Agencia Oficial de Viajes del FC Barcelona.

Habían pasado apenas 6 años de la infausta final de Sevilla, donde unos modestísimos jugadores rumanos, casi amateurs en su mayoría, habían conseguido arrebatar un título que quien más, quien menos, había dado por seguro anticipada y erróneamente, por la diferencia de potencial de los equipos, la inercia positiva tras la remontada al Göteborg y los 60.000 barcelonistas que de todas partes peregrinaron a la capital sevillana para presenciar la segura victoria culé en un atestado Ramón Sánchez Pizjuan. Tras un par de temporadas de travesía del desierto tras una derrota tan dolorosa, con una tardía Copa salvadora ante la Real Sociedad comandados por el entrañable Luis Aragonés, el presidente Núñez, contra las cuerdas tras el motín del Hesperia, tomó una decisión trascendental, contratar a Johan Cruyff como entrenador plenipotenciario al club, lo que iba a cambiar su historia. Aunque eso, aquel 19 de mayo de 1992 en el vuelo que nos llevaba de Barcelona a Londres, todavía no lo sabíamos.

Aficionados Barcelonista Piccadilly (1).jpg
Aficionados barcelonistas posando en Piccadilly en Mayo de 1992.

Nos alojamos en un hotel bastante céntrico en Kings Cross, el Holiday Inn, a escasas 5 paradas en metro de Piccadilly Circus, centro neurálgico del barcelonismo durante aquellos días. Un hotel funcional, con decoración setentera, pero con todo lo necesario para un padre y un hijo que lo que querían era ver a su equipo levantar la ansiada Copa de Europa por primera vez. Mi recuerdo de aquel miércoles 20 de mayo de 1992 es cristalino; nos levantamos pronto y tomamos un desayuno continental en la habitación. Por entonces, los buffets de desayuno eran un rara avis, y lo normal era que te llevaran el desayuno a la habitación.

Una vez ataviados con el debido atrezzo culé, cogimos el metro y nos desplazamos hasta Piccadilly, donde cientos de barcelonistas, y algunos italianos de la Sampdoria, nuestro rival aquel día, se congregaban. Pasamos la mañana haciendo compras, asaltamos Tower Records para que mi padre se abasteciera de incunables de la ópera y la música clásica, recorrimos Hamley´s para llevarle un peluche y la deseada Gameboy a mi hermana. Después paseamos por Oxford Street donde como regalo de cumpleaños fui agraciado con unas zapatillas y una camiseta de Air Jordan (en aquellos años, quien escribe era un base de cierta altura y nivel en el equipo del colegio, además de portero de futbol en el barrio). Y antes de comer pasamos por la mítica Carnaby Street, donde por fin pude hacerme con mi deseada cazadora de cuero de cremalleras. Comimos una buena carne en el Angus Steakhouse de al lado de Piccadilly y nos volvimos al hotel desde donde salía el autobús que nos llevaría al estadio, el mítico Wembley. Hasta ese momento, era un día perfecto, pero iba a mejorar…

Qué fantástica es la memoria que te trae en alta definición recuerdos tan bonitos como aquella hora larga que tardó el autobús desde Kings Road a Wembley. Nos sentamos en el piso descubierto de un típico autobús londinense, y según nos acercábamos al estadio, cada vez eran más los autobuses de barcelonistas que se iban uniendo en comitiva, camino de las dos torres que daban la bienvenida al estadio más mítico de toda Europa: Wembley. Al bajar del autobús, compramos los típicos banderines conmemorativos del partido, y nos dirigimos a nuestros asientos. Faltaba algo así como una hora, pero había que disfrutarlo al máximo. Nos sentamos a la derecha del palco presidencial de Wembley, en una entrada magnífica, aunque ya casi insertados en la zona que teóricamente correspondía a la afición de la Sampdoria, algo menos numerosa aquel día en Londres. El campo perfecto, el clima perfecto pues fue un día primaveral extrañamente soleado para la capital inglesa, la ubicación perfecta casi en el medio campo, el día de mi cumpleaños… nada podía salir mal.

Saliendo al Campo en Wembley 92 (1)
Barça y Sampdoria saltan a Wembley a jugar la final de la Copa de Europa.

Aquella hora antes del partido se me hizo eterna, el calentamiento de los equipos, la megafonía, las aficiones cantando en todo momento, y lleno de nervios. Al final llegó la hora, y saltaron al césped Sampdoria y Barcelona, que 3 años antes ya se habían enfrentado en la final de la Recopa de Berna, con victoria azulgrana por 2-0. Ambos equipos vestían sus segundas equipaciones con el blanco y el azul cambiados en la Samp, y aquella rompedora camiseta naranja que llevábamos ya el día del milagro de Bakero en Kaiserlautern.

La Sampdoria, entrenada por el veterano ex-técnico madridista Vujadin Boskov, se había proclamado por primera y hasta ahora única vez, campeón del Scudetto en la temporada anterior, llegando también a la final de la Coppa Italia, negándole la Roma el doblete. Su portero, Gianluca Pagliuca era ya uno de los mejores de Europa, como demostró durante el partido. La defensa, liderada por el mítico Pietro Vierchowod, era de una solvencia contrastada. Su medio del campo con Kataneć y el ya veteranísimo Toninho Cerezo, un brasileño de larga carrera en Italia, tenían como misión principal lanzar al rapidísimo Attilio Lombardo, quizás el jugador más activo durante toda la final del equipo genovés, y a la dupla Vialli-Mancini, dos jugadores de máximo nivel, que aseguraban el peligro y que se complementaban de maravilla. La extraordinaria calidad en el pase y en el disparo de Roberto Mancini, y el olfato goleador y la rapidez del que por entonces era indiscutible delantero centro de la selección italiana, Gianluca Vialli. Era un equipo absolutamente consolidado, con una importante trayectoria europea los últimos años, llegando a 3 finales en 4 años como el Barça (2 de Recopa y esta de Copa de Europa), y pasando los que son con diferencia los mejores años de su historia. Su presencia en aquella final no era flor de un día.

Alineación Wembley 92
Esta fue la alineación de aquel día en Wembley.

Enfrente, el Barcelona de Cruyff, tras haber ganado su primera Liga el año anterior, buscaba aquella tarde el Santo Grial del barcelonismo, la ansiada Copa de Europa. Una indisposición de Richard Witschge, el entrañable “Richiwichi” le impidió jugar esa final, pese a haber sido habitual durante toda la competición, que era la única que podían jugar 4 extranjeros entonces. Los otros 3, Koeman, Laudrup y Stoichkov era irremplazables. Para contrarrestar la delantera de la Samp, Cruyff añadió un hombre a su tradicional defensa de 3, Juan Carlos marcó a Lombardo y Ferrer, recién salido de la lesión de cruzados, a Vialli, Nando y Koeman completaban la línea de 4. En mediocampo un jovencísimo Guardiola, junto a Eusebio y Bakero, ayudados por Laudrup que bajó mucho a la posición de interior izquierdo, se encargaban de la elaboración. Y arriba, la gran sorpresa, Julio Salinas, acompañó a Hristo Stoichkov.

Fue un choque de estilos muy bien plasmado en el campo. Unos, el Barça basando todo en el balón; y otros, la Samp, concentrándose en dominar los espacios, cerrándolos atrás y buscándolos arriba en velocidad. La primera parte, llena de imprecisiones, dejó un par de paradas de los porteros como única cuestión destacable. En la segunda el Barça salió dispuesto a liquidar el partido y tuvo varias ocasiones muy claras, incluido el poste de Hristo. Pero en un par de minutos, Vialli tuvo dos veces en sus botas el partido, pero Zubi y el efecto hacia fuera del balón lo evitaron. Se llegó al final con un cabezazo de Kataneć que casi me da un infarto en el descuento.

Gol de Koeman
Koeman dispara la falta del gol en Wembley.

Ya en la prórroga, demasiado respeto, algo más de profundidad en el Barça, aunque sin crear peligro hasta ese mágico minuto 111. Un balón de Laudrup a Stoichkov en la frontal del área, mal controlado por el búlgaro acaba en un balón dividido acaba entre las piernas de Invernizzi ante Eusebio, y el árbitro, el alemán Aaron Schmidhuber pitó como libre indirecto ante las protestas desesperadas de los italianos, que se temían lo peor, como se podía ver en la imagen de Vialli en el banquillo tapándose con una toalla para no ver lo que se avecinaba. Koeman, tras tocar Stoichkov y parar Bakero, nos envió a la gloria, y a mi, posiblemente a la foto más representativa de toda mi adolescencia, y que tantos años estuvo colgada en mi cuarto, la de un chaval, entre la risa y el llanto por la felicidad.

Reacción al Gol de Koeman
¡¡¡¡¡¡¡Gooool de Koeman!!!!!!

Los últimos minutos se hicieron eternos, el reloj no avanzaba, pero al final, se acabó y empezó un desenfreno colectivo en el estadio y ya en Londres. Como estábamos tan cerca del palco mi padre y yo fuimos testigos de casi primera fila de cómo Alexanko levantó la Copa de Europa, ofreciéndosela en primer lugar al presidente Núñez, en lo que debería haber enterrado para siempre esos “ismos”que aún hoy no nos dejan prosperar como club en toda nuestra magnitud.

Recuerdo a la salida un chaval italiano, con los ojos todavía vidriosos, que me pidió intercambiar nuestras camisetas, pero le expliqué que para mi aquella camiseta era histórica y que la quería para siempre. Pobre chaval, se quedó sin título y sin camiseta, pero yo, no podía perder aquella camiseta.

Tocaba disfrutar de la noche, intentando abrir pubs de Londres en grupo, y con mi padre, pidiendo al barman que se dejara de medidas en los whiskys (como es costumbre y ley en Londres), que esa noche era para disfrutarla sin medida alguna, porque acabábamos de vivir Historia, con mayúsculas. Y es que como la Primera, nunca habrá ninguna.

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