Momento Messi

Lo llamativo en los genios, en la genialidad, no es tanto el qué sino el cómo. “Hace que parezca fácil” es una frase precocinada que soltamos constantemente y a todas horas. Porque lo exageradamente genial, aquello que deslumbra por su valor estético, conceptual e imaginativo, suele nacer de acciones que cualquier ser humano podría hacer. La parte diferencial reside en el cómo, en la forma, el momento, la manera.  Tenemos en  nuestras cabezas rengleras abarrotadas de imágenes, vídeos y otros miles de subconceptos similares. Tenemos una suerte y una desgracia repartida en partes proporcionalmente iguales; podemos ver la genialidad miles de veces, recrearnos en ella, pararla, aumentarla, reproducir en nuestras pantallas hipernuevas cada gesto técnico. Pero nunca la podremos absorbrer. De hecho, nunca la lograremos comprender en toda su magnitud. 

Leo Messi es hijo de la hiperexposición. De las pantallas. Su genialidad nos es cotidiana. Nos hemos acostumbrado a ella. No digo que sea culpa de las pantallas- qué sabrán ellas, pobres- pero, joder, las pantallas han ninguneado el talento insultante de Messi a base de la reproducción, de la revisión enfermiza de sus goles, jugadas, pases, gestos. El talento de Lío es artesanal, y la fordización de sus jugadas ha supuesto la inconsciente degradación a la que nosotros mismos hemos sometido a sus gestas. Leo Messi es el mejor del mundo, de la historia. Pero aún así está infravalorado. Así de genial es. Las obras de arte encontraban su dasein en la especifidad y la exclusividad; solo había una. Pero ya no.

Un Momento Messi– el préstamo se lo tomo al atormentado e igualmente brillante escritor norteamericano David Foster Wallace, con su Momento Federer. Fue un intento(¿logro?) de captar la genialidad en Federer, de captar la belleza en uno de esos momentos en los que uno dice parece fácil y luego se da cuenta de la burrada que ha soltado. Me acerco a Leo como uno se acerca a Dios. Messi solo puede explicarse como una experiencia religiosa.

No os engañaré. Como todos vosotros soy víctima de las pantallas y sí, lo confieso, he devorado todos los vídeos de Messi habidos y por haber- el de los mejores no goles de Messi es mi favorito- y luego me he quejado de la absurda banalización de su talento. Soy consciente de mis incoherencias. Como justificación diré que un adolescente no tiene vías escapatorias mucho más sanas que las que ofrecen los vídeos terriblemente musicalizados de highlights en Youtube. El  único precio que pagas es que se te queden con tus recuerdos, tus imágenes. Las hacen suyas. Quiero poder pensar que Messi es mío, que solo existe en mi memoria, atemporal de rostro hierático. Creo firmemente que la mejor forma de inmortalizar a Messi es guardar cada gesto en una cajita especial de nuestro cerebro, un Youtube casero e íntimo, inviolable ante las hordas de fans esterilizados ante la genialidad. Vamos a conservarlo como si fuera un cuadro del Louvre, pero sin turistas, en nuestra cabeza. Convertir a Messi en nuestro secreto, nuestro ángel.

Lo extraordinario en la genialidad es que es algo inherente y absolutamente impredecible. Qué cansado sería tener que ser un genio forzado, obligado a serlo. Que la gente esperara que lo fueras mientras lo único que deseas es no serlo. Messi es genial porque en su juego y en sus gestos no hay ninguna floritura ni gota de dolor o agotamiento. Es genio en su condición más primaria.

PSV-v-FC-Barcelona-UEFA-Champions-League-Group-B-1565904762
¿A quién rendirá pleitesía DIOS?

La genialidad en Leo es fácil de ver pese a ser invisible. Hay una forma de detectarla, os la confesaré:  la reacción humana ante él. La mejor forma de presenciarlo, os aviso con antelación, es durante el mes de agosto, cuando Barcelona se viste de parque temático y los turistas campan por sus calles vendidas y se sientan en el Camp Nou, con el soci disfrutando en la Costa Brava. Un ambiente ideal para fijarse en los rostros de aquellos que van directos a presenciar el Talento. Para hacerlo sintético y conciso; es como estar viendo unos fuegos artificiales. Boca abierta, formando una O, un suspiro desencajado saliendo dependiendo del nivel de inspiración de Messi. Cuando tiene el día puede ser eterno. 90 minutos. Desde que tengo uso de razón que en el Camp Nou cada jugada o cada buena decisión viene precedida por aplausos. Tiene ya un status de rito, algo inefable pero tremendamente poderoso. Dependiendo del partido, ambiente y jugador, van a más. Cuando es agosto, cada toque, pase, control, casi regate, regate, fallo, caída, pérdida, gol, casi gol, suspiro o mirada viene acompañada de un estruendo estéril, insensible al ojo humano. Messi o la divinidad.

Hay días, no os diré cuáles porque el resto del relato os importaría un pepino, en los que cierro los ojos en busca de un Momento Messi. Difícil reto. Antes de empezar me gustaría dejar clara una cosa, o intentarlo: Messi es una fuerza mística, de verdad. Si no lo habéis visto jugar, y con esto me refiero a sentirlo jugar, que cada sentido de vuestro cuerpo se abra en canal absorbiendo todo lo absorbible que desprende su fútbol, no sabréis de que hablo. Los otros, me comprenderéis en silencio mientras os estremecéis. Así de serio es esto.

22 de marzo de 2009, Camp Nou

Siempre termino- o empiezo- aquí. Un partido cualquiera, un FC Barcelona – Málaga que terminó con un 6-0 contundente, en el mejor año de la historia culé. Xavi Hernández – ay, Xavi- envió un balón largo, dócil, a la zona controlada por Messi- por aquel entonces aún actuaba de extremo derecho, el falso 9 esperaba su momento ( y qué momento) de gloria- que lo vio venir y, ahí reside el todo, amigos, haciéndolo parecer fácil acomodó el balón con el pecho con un gesto imposible para el resto, asequible para el argentino, que se zafó de su defensor con un control orientado totalmente intencionado, un quiebro vertiginoso, sin previo aviso. Messi, con 21 años, ya sabía volar. Había unos 25 o 30 metros hasta el área. Una distancia prudencial, en la que a los pies de cualquier otro jugador sería aún un largo camino, pero no para ÉL. Parecía una autopista llena de aceite. No había ningún defensor que pudiese salir a la ayuda. En esos momentos, con un Messi preso de la adrenalina, haciendo uso de su velocidad desorbitante y su melena ondeando, grácil en el viento, ser defensor era lo más jodido del mundo. No había respuesta porque el problema no existía hacía un segundo. De hecho, las jugadas en la que Messi se vuelve imposible, el problema es precisamente este; que no hay problema que resolver.  Esos 25 metros que separaban a Leo del área rival parecían trampa; como si estuviera jugando en un terreno de juego que hiciese bajada y él fuese un tornado en el medio oeste. Pero lo sorprendente, lo realmente genial, tiene lugar dentro del área, cuando un defensor, preso del pánico, decide salir a cubrirle.

Pensad, por un momento, lo que tiene que ser ir corriendo a máxima velocidad por la calle, el bus en el horizonte -último esfuerzo y llego-, y justo en la esquina circundante, pam. Te sale un tipo cargando una maleta- un guiri, por ejemplo- . No hace falta ser muy listo para adivinar nuestro futuro. Os lo dejo a vuestra imaginación.

Malaga-v-Barcelona-La-Liga-1565904677.jpg
Echamos de menos al Messi melenudo

Messi, en la misma situación que nosotros pero con un balón cosido al pie y 170.000 ojos clavados en su sien decide tomarnos por idiotas, y no solo no se estampa sino que, en una fracción de segundo que no me atrevo ni a comprobar, se cambia el balón de pie, como dando una palmadita al cuero, inofensiva. Decir que parece fácil puede ser hasta grosero, insultante, aberrante… pero, joder, ¡lo parecía! Como un truco sin truco alguno. Una ilusión óptica. Verlo repetido, hasta la saciedad, con sus pausas, su slow motion que hacen parecer la jugada tremendamente factible, no es sano. Me niego a volver a verla. La vi en directo y- no sé si porque tenía 10 años y no era consciente del terible poder seductor de los vídeos- solo la vi una vez más en mi vida. Cuando era adicto a los vídeos, los highlights y toda esa droga virtual la consumí, y casi muero por sobredosis. El efecto Stendhal posmoderno. Ahora, en mi cabeza, la jugada sigue existiendo sin exisitir. Solo Yo sé que pasó, sin saberlo. Sé el qué, no el cómo. Ah, la jugada terminó en gol. Quizás por esto solo la vi una vez – la otra no cuenta, o no debería contar-.

El deporte trasciende por su belleza, eso es, por su capacidad estética. Los futbolistas con los que más disfruto no son los que marcan más, regatean más, asisten más, corren más… sino con los que, sencillamente, se remiten al verbo disfrutar como verbo primigenio en su ADN. En la que la idiosincrasia e su juego es llevar al espectador a una especie de estado de trance estético. Y da la casualidad de que Messi no solo es el que más marca, asiste y regatea- lo de correr resulta tremendamente irónico teniendo en cuenta que hay partidos en los que domina sin apenas moverse, como una figura endiosada en el olimpo- sino que es el que más me divierte. El economizador de recursos y esfuerzos. Es el gesto sutil para pasar de pantalla, nada de trucos- o sí-. Solo él lo sabe. Prefiero vivir en la ignorancia.

Sed imaginativos y pensado en todos aquellos niños que han dicho alguna vez lo de  “Miré hasta la saciedad, hasta empollarme sus jugadas, todos los vídeos de­­­­­____ (jugador talentoso X)”. ¿Os suena, verdad? Pues ahora imaginad que no, que las jugadas solo existieran una vez, que fuésemos- qué terriblemente maravilloso suena- presos del presente, obligados a mirar y sentir cada acción, porque podría ser irrepetible. Nos hubiésemos perdido la mitad en el repertorio de Iniesta, Zidane, Ronaldo, Van Basten, Ronaldinho o, porqué no, de Gravesen. La Gravesinha, es decir, regate que consiste en lanzarse de rodillas al suelo, simulando un mehecaídoperono, captada por una cámara y emitida posteriormente en tono eminentemente burlesco por Deportes Cuatro, no hubiera existido. Que cada uno saque sus conclusiones respecto a Youtube/pantallas.  Y ahora imaginad que una tarde calurosa de junio recién acabados los exámenes os sentáis y cometéis el pecado de mirar un vídeo de Messi, traicionando así la fragilidad sexy de vuestra memoria. Imaginad que, por lo que sea jugáis al fútbol y se os ocurre imitarlo. José, el Nuevo Messi. (nombre cualquiera) el nuevo Messi. Hasta la saciedad. Estos vídeos solo han logrado crear inadaptados tremendamente tristes por su condición prematura de Messi’s. Evitad Youtube.

Hace poco, antes del día que todo culé quiere olvidar, y no, no hablo de cuando Coutinho dijo que Arturo Vidal tiene ADN Barça, vi otra imagen que bien podría ser un Momento Messi sin serlo. No tenía nada de genial ni extraordinario en la forma, pero sí era extremadamente sugeridor y revelador en el fondo. El FC Barcelona se ejercitaba en el césped del Camp Nou y yo estaba recostado en mi asiento, haciendo de soci tribuneru mirando a los jugadores corretear. Impone, el Camp Nou, incluso vacío. Porque lo semiestaba. Quedaban 45 minutos para el inicio del FC Barcelona – Liverpool y el estadio contaba con apenas 50.000 aficionados, sí, vacío.

Como siempre en el calentamiento previo, el acompañante de Leo Messi en el ejercicio de pases es Luis Suárez- antes se unía Neymar, el tridente-. Mientras acompasan el balón me fijo en una figura con gorra, el único tipo con chándal que desprende carisma, que está justo detrás de Leo, en la línea divisoria del estadio. Es Jürgen Klopp. El técnico alemán, a diferencia de Ernesto Valverde, está sobre el verde mientras sus jugadores se ejercitan a su espalda, un conjunto de ejercicios que cansan de solo mirarlos, en donde los conos- qué miedo me dan, los asocio siempre a la fatiga y el cansancio- cobran protagonismo, repartidos de forma concienzuda por el verde. Pero a Klopp, la verdad, le da un poco igual. De hecho, y si me perdonáis –sé que lo haréis-, se la sudan los jodidos conos y el  jodido ejercicio físico. Qué mas da. Tiene otro trabajo. Mirar a Messi. Yo también quiero este trabajo. Yo gritaba desde mi privilegiado asiento, con fuerza: “Kloooooooooopp, que no sirven de nada los conos, que a Messi no se le puede parar, no si él quiere”. Más o menos así.

FBL-EUR-C1-LIVERPOOL-BARCELONA-1565904578.jpg
Él lo sabía. Pero quería comprobarlo.

Klopp ni se mueve, como si temiera que en algún momento Messi se girara y le encarara en velocidad, retándolo a un imposible- aunque Klopp fue un lateral cumplidor en su época de futbolista-. Pero Messi no se percataba de la mirada agresiva del alemán, como intentando adivinar a través de un ejercicio rutinario lo que sucedería en el partido, concentrar en su mirada, como un catalizador, lo que Messi pudiese o no hacer después. Miré mi reloj- en realidad fue mi teléfono- y habían transcurrido 6 minutos.  En este lapso de tiempo, Klopp se había palpado el bolsillo un par de veces y se había girado para comentarle a un ayudante algo que, intuí, iba sobre Messi. Se fue convencido. Sonriente. Quién no sonreiría.

Messi, con dos goles-uno de ellos antológico, de falta directa- y un sinfín de gestos y regates, destrozó al Liverpool y, en el fondo, a Klopp que no encontró en el ejercicio de mirar/observar, ninguna pista previa, nada, que lo apartara de lo inevitable. A veces es mejor cerrar los ojos y guardar el recuerdo.

Recuerdo muy el partido en el que vi a mi abuelo abandonar por siempre sus recuerdos en blanco y negro para entregarse, anonadado por el talento de Lío, al astro argentino como jugador todopoderoso. La Romareda, 2010. Un Leo ya reconocido como el mejor del mundo desde hacía tiempo, con apenas 22 añitos, hizo suyo el campo del Zaragoza. Lo reventó, lo puso patas arriba. Fue espectacular. Jodidamente conmovedor. Recuerdo a Michael Robinson y a Carlos Martínez narrando, explicando, balbuceando ante aquella aparición. Messi marcó dos goles terribles, imposibles. Parecía Ronaldo Nazario en el cuerpo de un niño. Inaturable, ni con agarrones, patadas o faltas tácticas. Nada. Mi abuelo, ante la tele y con elnombre de Kubala estampado en su zamarra azulgrana, miraba sin decir nada. Qué le van a decir a él. Que vio a Kubala, Di Stéfano, Maradona, Cruyff, Ronaldo. A todos. Quizas el bueno de Ladislao sea el que más lo marcó. Se negaba a decir que Messi era mejor que él. Pero Leo, jugando como se jugaba en los 80’, en un campo de hierba salvaje y agarrones permanentes, le iluminó. Tras aquello, hace ya nueve años y ahora que tiene 89, ya nunca jamás ha dudado. Leo, me dice, es el mejor que he visto. ¿Hoy no juega Messi? Me pregunta, desolado y entristecido. Me gustaría decirle que sí, para calmarlo. Para él es ya su mejor medicina.

Incluso en la noche de Neymar, en aquella remontada apoteósica frente al PSG que terminó por tener el aura de título, fue un Momento Messi. Inevitablemente todas las miradas de los allí presentes, aturdidos por lo sucedido, extasiados, semiinconscientes, fuimos a buscar a Messi. Porque en él encontramos todas las respuestas. El Messi más salvaje que jamás vi, cuerpo a cuerpo con los aficionados, inmortalizado por millones de ojos hambrientos de más Momentos Messi. He experimentado otros muchos, pero viéndolos por televisión no tienen el efecto trascendente comentado, sino que se pervierten. Son un producto bellísimo, muy bien cuidado, pero que termina siendo solo eso: un producto preparado para venderse y ser saboreado por todos nosotros. Y me niego a aceptar que es solo eso. Que parece fácil. Solo quiero disfrutar de la genialidad como se merece; con la única compañía de mi castigada memoria y mis sentidos para guardarla en lo más profundo de mis recuerdos sagrados.

 

Un comentario sobre "Momento Messi"

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s