Alegra esa cara

Después de un verano de renovación tranquila que nunca termina de resultarnos suficiente, en can Barça existían muchas ganas de que el balón volviese a rodar de forma oficial. Y es que para lo bueno y para lo malo, la corriente de pensamiento actual parece dictar que la pretemporada no sirve y no vale para nada. Los profesionales del mundo del fútbol suelen apelar a la innegable inmediatez que acompaña al deporte rey; jugar cada dos o tres días permite pasar página rápidamente y obliga a sus actores a un continuo examen, a renovar la credibilidad casi a diario. Los futbolistas lo saben y echan mano de esta muletilla sobre todo cuando las cosas se tuercen: “ya estamos pensando en el próximo partido, esto no para”, acostumbran a responder tras una actuación negativa mirando para otro lado. 

Para desgracia de jugadores y aficionados del Barça, tras los descalabros en Anfield y el Villamarín no hubo modo de revalidarse, desquitarse o redimirse. Nos fuimos todos directos al purgatorio estivo a rumiar los errores garrafales de un final de temporada tétrico, por lo que el partido en San Mamés era algo así como el día después de una resaca que se había prolongado tres meses. De locos. Por eso, ya digo, se esperaba el pitido inicial como agua que no nos llovió en el mes de mayo, cuando todo se deshilachó. 

El globo de la sincera e infantil emoción que algunos aún conservan con el comienzo de La Liga se desinfló para muchos culés ya en los primeros compases del choque contra los leones. “Pues parece más de lo mismo”, pensamos pero no nos atrevimos a decir la mayoría. Ni rastro del dinamismo al que había aludido con inusual perspicacia Valverde en rueda de prensa, donde se encargó de enviar un claro aviso a navegantes: Sergi Roberto empezaría el curso como titular en la zona ancha.  

Déjà vu


A pesar de las incorporaciones veraniegas y de los cambios introducidos por el Txingurri —algunos obligados, otros voluntarios—, el partido de La Catedral se pareció más a una hipotética 39ª jornada de la anterior Liga que al debut de la actual. Del año pasado se heredaron, por ejemplo, la escasa o nula presión tras pérdida, el melancólico rictus de Ernesto desde la banda o la tradición de golpear los palos con desesperante (falta de) precisión. El equipo y su conductor siguieron transmitiendo seriedad, mala cara, falta de frescura y hasta una cierta angustia, como si la montaña que nos disponemos a escalar este curso pareciera ya demasiado empinada desde la casilla de salida. 

Resulta llamativo que el mejor sobre el verde fuese Míster Transferible Rafinha, un jugador castigado por las lesiones que irónicamente hubo de saltar al campo tras un percance muscular de Suárez. Es cierto que el brasileño parece jugar a trompicones pero, siendo justos, acostumbra a brillar en los contados minutos de los que dispone y ha sido tácticamente útil en momentos puntuales tanto para Luis Enrique como para Valverde. Mercado tras mercado demuestra ser un claro candidato a ganar una edición de “Supervivientes” si se lo propone. 

Habría muy poco más que salvar de la actuación colectiva en el nuevo San Mamés; De Jong estuvo tímido y cariacontecido, como si ya echase de menos a compañeros con los que aún no ha dialogado como Arthur o Messi —en esa paradoja vive el Barça— y Griezmann se presentó en sociedad opaco y desubicado, incapaz de perfilar su posición en el campo en beneficio de los azulgranas. Dembélé desperdició otro comodín que desgasta su credibilidad, y lo más preocupante es que nadie se sorprendió por ello. 

Los parlamentos


Sería conveniente huir de una falacia que, a bote pronto, parece acompañar al análisis post partido; “en la segunda parte mejoramos” es otro mecanismo de autodefensa que no aporta gran cosa a la reflexión tras la primera derrota de la temporada. No me gustaron las palabras de Piqué hace unas semanas haciendo alusión al máximo rival —en general soy partidario de no mencionar a la Casa Blanca en declaraciones o celebraciones, ni cuando nos va bien ni cuando nos va rematadamente mal— pero sí considero que estuvo acertado ayer en caliente, cuando indicó a pie de campo y con el brazalete de capitán que la competición nos había puesto en nuestro sitio. Quizá el grandísimo central y habitual portavoz blaugrana resulte más sensato, paradójicamente, cuando se expresa de manera instintiva. Sin pensarse mucho el discurso. Ya sabéis, como ese delantero que define mejor cuando tiene que dar sólo un toque; se me ocurren Fernando Torres, Henrik Larsson o nuestro verdugo anoche, el incombustible Aduriz.

El primer duelo del tercer Barça de Valverde tenía ya cara de 0-0 y reparto de puntos cuando un escorzo tan impecable como eficaz de Aritz Aduriz nos dejó boquiabiertos de admiración; 38 años de delanterazo mandaron a la lona a los culés, anoche de amarillo vintage, cuando alguno ya estaba pensando en la ducha templada. Valverde, que había sacado pecho enumerando sus escasas derrotas en Liga —sólo cuatro, dos de ellas siendo ya campeones, se encargó de matizar—, puede actualizar sus estadísiticas tras este resbalón de verano. 

Desde que la victoria pasó a valer tres puntos, en mi opinión para un equipo grande no existe demasiada diferencia entre perder o empatar por lo que el tardío tijeretazo en tierras vascas debe ser transformado en buena noticia para este Barça anodino; un aviso, un toque de atención, una notificación en el móvil con su pop-up bien grande: Alegra esa cara.

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