Sin nadie al volante

El Barça es como España. Y no me refiero a la Selección de fútbol. Cuando el Barça y la Selección se parecían, los primeros ganaban tripletes, Champions y Ligas, los segundos dos Eurocopas y un Mundial y ambos cautivaban al planeta con una propuesta futbolística irrepetible. Pero eso ya no es así, el Barça y la Selección poco se parecen, más allá de sus estrepitosos fracasos en los grandes torneos. Ahora el Barça es como el país España.

En ambos casos hay desgobierno. El país lleva meses con un presidente en funciones a quien no parece interesarle qué quieren los españoles y se aferra a un gobierno imposible y débil en solitario. El presidente del Barça superó la crisis abierta en enero de 2015 con un triplete que, a la postre, ha sido dañino para un club a la deriva, incapaz de dar la talla en Europa, y con una gestión deportiva y económica que amenazan con hipotecar al club.

La cantera ya no cuenta para un entrenador en el que no cree nadie más que una plantilla acomodada, la directiva no le trae a Valverde las piezas que quiere y rellena la plantilla con jugadores que el técnico no pide, y a los que castiga al ostracismo como en el caso de Malcom.

Nadie tiene muy claro quién manda en el Barcelona, si acaso los jugadores. Las vacas sagradas están empoderadas, también algunos jugadores llamados a serlo, pero incapaces de ser referentes como se les pedía. Sólo así se explica que nadie le parase los pies a Suárez cuando se borró la temporada pasada después de la eliminación en Champions para jugar en verano con Uruguay, o que el mismo jugador reincida y se marche de viaje al Tánger un día después de lesionarse.

Más dramática es la situación del frágil Dembélé. El galo volvió a ser irrelevante en un partido en el que no tuvo campo abierto para correr, y ayer se conoció que estará cinco semanas de bajo por otra lesión en su maltrecho bíceps femoral. El díscolo extremo, al que tuvo que meter en el redil Arturo Vidal tras varios episodios de indisciplina, no se presentó a las pruebas médicas después de acabar con molestias en San Mamés porque tenía un viaje programado a Senegal.

Arranca con mal pie su tercera temporada en Barcelona. Se ha perdido más de 40 partidos por lesión. Demasiados para un jugador de enorme potencial, pero incapaz de soportar la presión de portar el 11 que dejó huérfano Neymar.

También habría que preguntarse cómo es posible que, en pleno mes de agosto, ya hayan sufrido lesiones musculares los tres delanteros. Messi no participó en ninguna de las dos giras, pero los bolos y los viajes, de punta a punta del mundo, de Japón a Estados Unidos, son tan buenos para las arcas como nefastos para la planificación deportiva. Valverde no pudo ocultar su enfado y el partido en San Mamés evidenció que el Barça no está preparado para el inicio de la Liga.

El clavo ardiendo de Neymar


La gestión del caso Neymar es otro misterio que invita al observador a preguntarse quién está al frente de la nave. Salió por 222 millones y se invirtieron más de 250 en reforzar a la plantilla con dos jugadores que han fracasado. Dembélé por sus lesiones, su falta de continuidad y su cuestionable actitud fuera del campo, con varios capítulos de indisciplina. El caso de Coutinho es todavía más sangrante, porque es el fichaje más caro de la historia del club, y porque llegaba de Liverpool siendo un referente. Coutinho ni ha podido, siempre lejos de su posición, ni ha querido, con una actitud que ha crispado a una afición con la que se encaró y a la que retó la pasada temporada.

Si el agujero que dejó esta operación no fuera suficiente, el Barça ahora quiere traer a la desesperada a Neymar. Un talento incuestionable y un jugador capaz de asumir el rol de líder, tal y como hizo en la noche de la remontada contra el PSG. Pero un jugador al que le mueve algo más que el fútbol y que dejó plantado al Barcelona hace dos veranos. Rectificar es de sabios, pero el talentoso brasileño juega a dos bandas y lo mismo le da jugar en el Camp Nou que hacerlo en el Bernabéu.

Mientras tanto, el Barça es incapaz de atraer a jugadores que, sobre el papel, tenían todos los boletos para acabar en el Camp Nou, como es el caso de De Ligt, no apuesta por el talento joven de Luka Jović o João Felix – que refuerzan a los dos máximos rivales de la competición – y hace encaje de bolillos para cuadrar unas cuentas que se tambalean como el intercambio Cillessen-Neto.

Ante semejante panorama, y sin excluir que el Barça pueda volver a ganarlo todo (como pasó en 2015), cabe preguntarse quién está al frente de la nave y por qué los socios siguen anestesiados.

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