Éramos tan felices

Reconocedlo. El mercado de fichajes nos pone a todos. Somos seres tremendamente incoherentes e hipócritas. Usamos nuestros espacios mediáticos para rajar del mercado, de sus leyes, de sus contratos, de sus precios, de sus mentiras, de sus nombres. Pero cuando el jugador que queremos, el que hace tiempo que tenemos entre ceja y ceja nos da el “Sí quiero” tiramos a la basura nuestros pseudoprincipios acomodados y, creo, etéreos. Porque al final somos todo aquello que detestamos, solo que nunca lo vemos. 

Éramos tan felices. Ousmane Dembélé primero y Philippe Coutinho después. Dos de los jugadores con más caché y que mejor habían rendido justo antes de aterrizar en el Camp Nou, sin duda alguna dos talentos mayúsculos que encontraron en Neymar Jr y su fuga la excusa para enfundarse la zamarra azulgrana. Y qué felices éramos. “Jamás volveremos a ilusionarnos“, dijimos, durante el mercado estival, heridos de muerte por la marcha de nuestro Ney, pasando un duelo especialmente cruel. Jamás volveremos a ilusionarnos. Pero lo hicimos, y prácticamente sin haber pestañeado ya estábamos rebosando de alegría ante la llegada de aquel francés espigado, delgado, físicamente imposible de etiquetar, con su rostro inanalizable. Aún no sabíamos quién era, pero ya lo queríamos. Y Philippe, ay, Cou. Cuánto tardó en llegar. Pensábamos que jamás sucedería, que sería un sueño de verano alimentado por el combustible calcinador de las portadas de los periódicos. Pero llegó. Y el día de Reyes. Éramos -muy- felices.

Josep Maria Bartomeu, alias Bartu – Nobita para los detractores o amigos, depende del día-,  nos la volvió a colar. Una vez más. El fútbol es un lodazal donde cambiar de opinión es visto como signo de Alta Traición y motivo de ejecución del “establishment” futbolísticotuitero. Pobre del que se atreva. Los Buscadores de Tuits son aquellos seres que dedican cuerpo y alma a la búsqueda de tuits antiguos, de opiniones para, en un segundo, contrastarla con otra que no encaja. Lo exponen y ganan. Así está el patio. En estas, es muy difícil que Bartu no ganase. Fichó lo que todo el mundo le decía que fichase. Sin importar para qué, sin tener en cuenta el cómo ni el dónde (Cou el nuevo Iniesta, Dembélé el nuevo Neymar, los Repartidores de Roles ya habían actuado). Estaba tan confuso por la ausencia repentina de Ney que aturdió a los fichajes. En dos años ni Cou ni Dembo han dado la sensación de saber para qué habían venido. Por el camino han ido dejando. Porque la calidad, el talento, nunca se aturde. Y ahora que el rebozado de Bartu empeiza a caerse, y el decorado deja paso a la nada absoluta, él ya nos lo dijo: “Os traje lo que queríais”. Nos ha ganado, otra vez.

Su fútbol, distinto en ambos casos, ha parecido confluir en una misma cuestión. “¿Y ahora qué?“, parecían preguntarse cada vez que les tocaba saltar al verde. Daba la sensación de que les faltaban horas de trabajo, trucos, secretos, pautas, hojas de ruta. Que estaban ahí “porque eran muy buenos”, pero no había más profundidad en el asunto. Y Ernesto – nuestro querido fotógrafo- si no tenía bastante ya con sus detractores, tuvo que lidiar con una doble misión. Enseñar a Coutinho a ser Iniesta y a Ousmane a jugar al fútbol, que no a la pelota (Culé de Chamberí, te tomo el préstamo).  Y el equipo, apretado por las Champions del Madrid, contrito en una posición cada vez más incómoda, y cada vez más obligado a ganar, a gustar, al eterno “volver a ser”, aturdido por palabrejos como “estilo, Masía, Valors”, terminó en tierra de nadie, imposibilitado ante tantas tareas. Y Cou y Dembo, en un rincón, esperando su turno.

Ahora que Philippe ha dicho “que el Barça es pasado” cuando todos (este todos me incluye a mí y a pocos más) pensábamos que iba a triunfar aquí. Que esta era su casa. Que ahora sí, “sería la última vez”. Se ha ido como un jugador de segunda fila, como se fueron Boateng o Malcom, sin hacer ruido y dejando bien limpita su taquilla. “Que pase el siguiente”, dicen en el vestuario. Y tu, Dembo, qué decir. Puede que empatice  porque tiene –casi- mi edad, por priorizar la pizza a la verdura y por quedarse sobado mientras jugaba al Fortnite. Pero, como dijo Francisco Cabezas “cuando la frontera entre la genialidad y el ridículo es casi inexistente, uno corre el peligro de perder la gracia”. Y tras su enésima lesión uno ya no ríe, uno ya cambia de opinión. Porque sí, el talento, ese que deslumbró en Rennes y Dortmund, sigue ahí, tiritando. Pero la cabezita del francés, cada vez más destratada, se sume en su mundo desconocido, dejando la realidad, el fútbol, a nosotros, sin respuesta. Dembélé ha ido perdiendo adeptos y, ahora que le miramos, ya no lo reconocemos.

El mercado de fichajes, amigos, es una mierda. No nos engañemos más. Aunque sé que lo volveremos a hacer. Miramos a Coutinho desde la distancia, a Ousmane desde vete a saber tu dónde y, ya sin sonreír, ya con cara de ir con prisas y empezando a sudar y jadear les preguntamos: “¿Y ahora qué?” mientras recordamos qué felices fuimos.

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