Nueve y medio

Algo estaremos haciendo rematadamente mal si, llegados a la recta final de un extenuante mercado veraniego, cualquier aficionado anhela más el mero cierre de las operaciones que cualquier incorporación para su equipo, por ventajosa o beneficiosa que sea. El hartazgo es generalizado, la ilusión nos duró menos que el bronceado. Lo que por la mañana es blanco se vuelve negro a mediodía y azul oscuro antes de la cena.

“Tengo muchas ganas de que llegue ese día y descansemos todos y sepamos cómo está esto”, confesó Ernesto Valverde antes de viajar a Pamplona con lo puesto. Una semana más. La última, como os vengo prometiendo.

El extraño simulacro liguero se completará esta tarde con el tercer y último acto: el Barça vuelve a un escenario históricamente complicado como el Sadar, un campo que tuvo el privilegio de presenciar la angelical conexión Laudrup-Romario, los malabarismos del primer Ronaldinho cuando vestíamos de dorado y un zarpazo lejano de Messi para culminar una laboriosa remontada bajo la niebla en tiempos de Pep. Contra Osasuna siempre se suda y hoy no será una excepción.

La semana pasada aparecieron brotes verdes en forma de presión coral orquestada por un gran Sergio Busquets, que sacó brillo a su estrella de Sheriff del centro del campo y debería ser titular ante los rojillos junto al por ahora tímido De Jong, cuyo mapa de calor frente al Betis se pareció peligrosamente al que hubieran tenido Giuly o Pedro pegados a la línea de cal. Ernesto, lo siento pero ahora disponemos también de tecnología para atacarte.

Al superviviente Rafinha se le exigirá un último acto de servicio con la blaugrana antes de acompañarlo a la puerta de salida con modales de portero de discoteca que no se quiere enfadar; mientras tanto, Rakitić seguirá estudiando la propuesta del PSG comiendo pipas y mordiéndose las uñas desde el banquillo. En palabras de Valverde, “se está haciendo largo”.

La locura mediática y negociadora del Dossier Neymar —lo único positivo de este verano pegajoso y eterno es que estamos aprendiendo o, en mi caso, revitalizando nuestro nivel de francés gracias a RMC, L’Équipe y Le Parisien— ha erosionado la situación deportiva de varias piezas de la plantilla. Así las cosas, conviene esperar las 23.59 del 2 de septiembre para formarse una opinión sobre los Todibo, Umtiti, Dembélé, Arthur… y probablemente me dejo algún nombre.

Falta poco y a la vez se hará eterno. El ritmo informativo es tan exigente que el sorteo de Champions logró distraernos poco más de dos horas, el tiempo de leer un par de tweets acerca de la dificultad de nuestro grupo y volver a cuestionarnos qué cara tendrá este Barça cuando se cierre el mercado. Como frente a Bilbao y Betis, contra Osasuna tendremos poco más de dos horas de sana distracción para admirar un movimiento sin balón de Griezmann o ilusionarnos con la sonrisa sincera de Ansu Fati antes de salir a comerse el césped.

En cuanto el árbitro nos mande a la ducha volveremos a devorar nuestra timeline en busca de novedades, ávidos de giros (in)esperados y filtraciones interesadas de la partida de ajedrez más agotadora que hemos jugado nunca. Como Valverde, de cero a diez estamos cansados un nueve y medio.

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