A la espera del Barça

Lunes, inicio de ciclo, fin del anterior. Momento de afrontar la realidad de la vida, lo cruda que puede convertirse la etapa otoñal en comparación con el ilusionante y placentero verano, siempre jovial en nuestras pieles y mentes. Hoy me levanto con legañas en los ojos y me cuesta aún más entrar en la ducha, todavía con el grifo de agua fría heredada de los últimos tres meses. Tiemblo pero me despierto con el jarro de agua fría. Siento que es la primera señal de la que se avecina. El café me sabe a menos, cambio las tostadas por un tazón de avena. La equipación del domingo la debo cambiar por el traje y corbata. El viento sopla al salir a la calle. El metro abarrotado de gente con la misma expresión de la desazón. Pocas sonrisas más allá de las que provoca un mensaje con un “Te quiero” o “Que tengas buen día”. Y llego a la oficina, intranquilo por lo que pueda llegar. “Que el jefe tenga un buen día, que no pase mucho y termine pronto la hora de salir”. Ayer no ganamos fuera de casa. Hoy no hay fútbol. Me conformo con llegar a casa. Esto no lo levanta ni La M.O.D.A. Me siento Juan Miranda.

Martes, misma sensación que ayer pero con un día menos para el viernes. Te adentras en la inmensidad, la semana avanza y ya, por lo menos, hemos cambiado a agua caliente en la ducha. Me voy mentalizando que no puedes escapar y más vale afrontarlo con valentía y seguridad que malgastar en tiempo con lamentos. Cojo el metro a una hora más temprana y hay menos gente, gente que parece haber dormido mejor y ha madrugado un poco más, como yo. Pongo mi lista de reproducción y agito levemente mi cabeza al ritmo de la canción que más necesito. Hoy toca “Live Forever”, de Oasis. Entro en la oficina con mejor cara y continúo con el trabajo que ayer se quedó a medias. Tengo hasta el viernes a media mañana para entregarlo. Siento que tengo margen suficiente para terminarlo. Hoy tampoco juega mi equipo y el espíritu de Valverde parece haberme invadido. Me siento Arturo Vidal.

Miércoles. Estoy atrapado en esta interminable semana pero ya no me importa. A mediodía quedará menos de media semana para terminarla. La avena entra mejor y siento tener mejor tránsito intestinal. Pequeñas prácticas que necesitan tiempo y espacio para surtir efecto y convertirse en victorias personales. Hoy siento que camino más ligero e incluso entro a la oficina sonriendo al jefe. Le hago propuestas para añadir al fichero que me ha pedido. Le convence. Me convence. Y el miércoles ya es menos miércoles. Mi pareja se interesa por mí y viceversa. Es nuestro momento Sabinero. Vemos algo en la tv y nos dormimos. Evidentemente, hoy tampoco juega mi equipo. Me siento Ivan Rakitic.

Jueves. Me niego a llamarlo juernes. Es algo que detesto. Aún queda otro día por delante y mi mentalidad es “partido a partido”, soldado de Simeone en según qué circunstancias. Decido coger el coche, tengo reunión y necesito llegar antes para sacar tiempo. Todo parece ir bien, sin sobresaltos ni sorpresas inesperadas. Me he movido con soltura y he salido airoso. Me comentan de tomar algo. Rechazo. Tengo planes de ir al teatro con Elisa. Después de todo, un poco de cultura romántica me vendrá bien y a ella le hace ilusión. Hoy tampoco juega mi equipo pero ya queda menos. Me siento Arthur Melo.

Viernes. Por fin, siento que he ganado la guerra tras la sucesión de exitosas batallas afrontada estos últimos cuatro días. Me como la avena, las tostadas y el mundo. Me despido con intenso beso de Elisa y voy con el gusanillo en el cuerpo por la entrega a la Directora Financiera. Tras presentarlo me felicita y veo después mensajes de ánimo, palabras tan lejanas como reconfortantes. Quedo con los amigos a tomar algo. Calentamos el fin de semana, así como la jornada de Liga. Todos del Madrid menos yo, del Barça y del Sporting. Angelito, quién me manda a mí viviendo en Madrid. Lo que se han divertido los últimos 5 años parecen haberlo olvidado. Ni la “felizidane” parece surtir efecto. Yo, dentro de mi habitual prudencia, me muestro internamente ilusionado con lo que pueda hacer mi equipo, también fuera de casa, confiado de que hayan aprendido la lección del último partido. Se nos escapa un “calienta que sales”. Me siento Ansu Fati.

Sábado. Hoy juega mi equipo. Es un día especial. Todo gira, inconscientemente, alrededor del partido. Los planes de adecúan a él. Mi cabeza también. Voy al gym como si Valverde me fuera a sacar de inicio. Tengo buenas sensaciones. Vuelve Messi, el mediocampo es ilusionante. El imberbe parece que también juega de inicio y, además, ha conseguido la nacionalidad. Bendita burocracia cuando surgen asuntos de verdadera importancia. Voy andando con tal volatilidad que ni De Jong podría seguirme. Mis pasos son tan firmes como los pases de Arthur. En el mercado peleo por mi sitio en la fila que ya quisiera Suárez ante las defensas rivales. Tengo 33 años pero siento como si tuviera 16, a lo sumo 17, como el insolente Ansu. Y mi sensación es la de llevar el 10 a la espalda. Imparable. El espíritu de Messi se apropia de mí. Hoy ganamos. También convencemos. Al menos en mi cabeza. No parece así en la de un Valverde que parece vivir de lunes a jueves permanentemente, inmerso en una transparente desidia. Pero muy mal tiene que transcurrir el día para que algo me lo estropee. Que puede ser, pero se antoja harto complicado. Me siento Lionel Messi.

El domingo no sé cómo me levantaré pero sí que necesitaré volver a mentalizarme de que, a pesar de haber gente con mejor situación que yo, decide afrontarlo de peor manera. Sin Messi, Arthur, Busquets y Messi, por ejemplo. Y este Barça, al mando del txingurri, es lo que transmite. Pudiendo dar mucho más, ha llegado a un punto de cierto conformismo y desesperanza de ilusionar de nuevo. Volveré a iniciar otra semana en la que contaré los días, mientras desayuno avena y sueño con alguna hamburguesa que otra, para volver a ver a mi equipo y, a poder ser, que me dé unimposible. Porque hoy tampoco, esta vez la ficción vuelve a dar paso a una realidad de poco nivel. Al final, tanto el fútbol como la vida, depende crucialmente de la manera en la que se encara. Caídas y derrotas van a copar nuestras portadas, también algunas victorias, pero encajarlas es la parte más compleja. No me quiero sentir Carles Aleñá.

 

 

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