Del infierno al cielo en una chilena

El Barça ganó como suele ganar la mayoría de partidos ligueros en su feudo. Tejió una falsa ilusión en la testa de los 11 jugadores sevillistas, que llegaron mucho y bien al área de Ter Stegen, haciéndolos creer que el partido estaba en sus botas. Y tal vez sí. Pero el Barça no perdona. En la versión más MSN post MSN, los de Valverde destrozaron a los pupilos de Lopetegui con tres zarpazos. Hubo un eco de nostalgia en el Camp Nou. Por un momento pareció ser 2015, con un Suárez trazando un arco imposible para continuar si idilio con el golpeo postrado en el aire no hay jugador que ame tanto el primer toque como el uruguayo.

Ernesto Valverde dio continuidad al XI que terminó frente al Inter de Milan. El 4-2-1-3, con Arturo Vidal ocupando una posición de interior muy adelantado, compensando los movimientos de Messi, y el doble pivote formado por los mandones Arthur y De Jong. No hubo rastro de Antoine Griezmann, quién cedió su banda a su compatriota, un Dembélé al que el partido se le puso cuesta arriba tras marcar su gol. A partir de ahí, pareció otro, o quizás solo fuese él mismo. Uno ya no sabe a qué atender ante el francés. Es un puente entre la desesperación y la excitación constante. El Barça, con este XI, respondió directamente a los intereses de Lopetegui, que buscaba verticalizar y atacar las bandas, de nuevo con Semedo y Roberto. Durante media hora lo logró. Pero ni Ben Yedder ni Sarabia están ya para sacar puntos, y el Sevilla, con De Jong y Nolito, se queda muy corto.

El Barça cae en depresión cada inicio de partido. Como si no quisiera jugar. Lento, perdido, desorientado en sus cábalas, volvió a encontrar en Marc André, el mejor portero del mundo, la razón por la cual sigue con vida. 10 paradas con 0-0 en el marcador en lo que va de curso. Y qué paradas. El partido estaba en el rictus, serio, desconcertado a veces, de un De Jong que no entiende por qué no se la pasan cada vez en salida de balón. Cómo si hubiera alguna opción mejor. El neerlandés es al FC Barcelona lo que Joker o Once upon  a time in Hollywood a la industria cinematográfica. Una bendición en tiempos tan duros. Pero fue Suárez, al que siempre se le cierne el ocaso sin terminar de aplastarlo, el que rebentó el tiempo y la lógica para colar un gol que es ya suyo. Nadie domina el área como el uruguayo.

Con el 3-0 el partido fue otro. El Sevilla le sucedió lo que a todos los equipos que vienen al Camp Nou en Liga, o casi todos. Un quiero y no puedo que acaba desquiciando. Hubo tiempo para que Dembélé se peleara con sus pies y con Mateu Lahoz, al que con su castellano macarrónico le espetó un “eres muy malo” que lo dejará sin clásico. Ahora que hay parón, Ousmane quería tener más días festivos. Se las sabe todas. El debut de Todibo como titular fue notable, haciendo gala de sus condiciones físicas y técnicas, pero una lesión lo dejaron K.O. Poca suerte tuvo Araujo, que se topó con el árbitro que quería ser estrella. No hay mayor tributo al egocentrismo esperpéntico de Joker que ver arbitrar a Mateu Lahoz. El Barça es ya como la casta política de este país a un mes de nuevas elecciones; sin ideas, con un programa que nos lo sabemos de memoria y más de ocurrencias para los highlights que de sistemas que den pie a un futuro prometedor. Pero con Messi en una banda, Ter Stegen en la otra y Arthur y De Jong pujando por el centro, Valverde tiene las piezas. Faltará por ver si encuentra cómo han de encajar, si es que puede hacerlo con todas juntas.

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