Entre bambalinas

Siempre he sentido mucha admiración por ese grupo de profesionales de cualquier sector que son capaces de desarrollar, de forma efectiva, un trabajo que contribuye al éxito ajeno. Conforman la parte más metalúrgica del engranaje que hace brillar a estructuras que funcionan a la perfección. Personas que, muchas veces desde la sombra, ejecutan acciones invisibles e inconcebibles para el público general –que desde la platea, centra toda su atención en el artista- y hacen del atrezzo del que forman parte el complemento ideal para la función que se está interpretando.

Des de la platea del Camp Nou y en este inicio de temporada, el público tiene la suerte de asistir, en medio de las intermitentes apariciones del mejor artista de todos los tiempos, a una notable cartelera. En los partidos que el FC Barcelona ha disputado como local se han presenciado goleadas y actuaciones individuales de las que pueden extraerse muchos likes fáciles en forma de goles, pero pocos indicios de progreso en cuanto a lo realmente importante. Y es que ahora mismo, el Barça del Camp Nou es un clickbait: capaz de contentar al espectador que le basta con leer el titular, aquel que no se ha detenido a leer la noticia entera, el fondo, la esencia. Justo ahí, y entrando ya en un terreno individual en el que muchos nombres merecen cierta atención, han aparecido dos jugadores provenientes de la cantera que de un día a otro se han visto empujados a salir a uno de los escenarios más exigentes del mundo, superar los nervios del principiante, ponerse enfrente del público y sacar a relucir sus mejores dotes interpretativas.

El texto de hoy no es para el joven artista al que apuntan la mayoría de focos y comentarios. Habrá tiempo para Ansu Fati y para analizar hacia dónde puede y debe ir la gestión de este descomunal talento que ocupa portadas y que da la sensación de que en unos años estará reventando las taquillas de los mayores escenarios del continente. El texto de hoy es para ‘el otro’, el chico que hace su trabajo entre bambalinas dentro de la obra que dirige Ernesto Valverde. Es para el canterano que lleva cumpliendo con creces con su (novedosa para él) función en este inicio de campeonato liguero. Es para ese ‘ratón’ (apodo con el que se le conoce desde hace tiempo en la cantera) que demuestra, partido a partido, que puede ofrecer un rol más que interesante dentro del elenco de artistas que configuran la plantilla del primer equipo. Es para un Carles Pérez que ya no debería volver a pisar el césped del Estadi Johan Cruyff como jugador del Barcelona B.

El granollerense, tras consagrarse como uno de los líderes del filial durante la temporada pasada, ha derribado el muro del primer equipo. Se encuentra subiendo el último escalón de este proceso llamado formación que tan bien trabaja el fútbol base azulgrana y que tantas víctimas de las prisas se ha cobrado por el camino. Un escalón que, ante la cantidad de bajas ofensivas que ha habido en este inicio de temporada, le ha llevado a disponer de una oportunidad con el primer equipo que ni él mismo hubiera imaginado hace unos meses. ¿Y qué ha hecho Carles ante este reto? Lo que se esperaba de él, aquello de lo que ni un solo técnico del fútbol base tenía dudas: dar la talla, responder.

Y no, con responder no me refiero solamente a las meritorias asistencias y goles que ha hecho en sus primeros partidos. Son importantes, pero estamos aquí para hablar de algo mucho más relevante, profundo y esperanzador: su encaje. Nos hemos encontrado con un Carles Pérez que viene a ser el resultado de un fantástico trabajo posicional, táctico y formativo del último año y medio a cargo del staff técnico del filial, que ha sido capaz de transformar a un jugador con tendencia al  (sobre)protagonismo, impulsivo, especialista e individualista en alguien capaz de leer el juego y las situaciones que se le presentan a su alrededor para escoger, en la mayoría de casos, una buena opción para el colectivo. Un modelaje futbolístico que ha forjado a un Carles Pérez capaz de levantar la cabeza, conocer, interpretar y saber seleccionar, con todo lo que esto conlleva: le convierte en peligroso en muchas más facetas del juego. Carles Pérez ya no es solamente esa conducción, dribbling y disparo que tantas veces le hemos visto ejecutar en etapa juvenil. En Carles Pérez ya se vislumbran indicios de sacrificio, combinación, disciplina, movimientos “al servicio de” en vez de “para uno mismo”, interacción y una más que correcta ocupación de espacios. Una conjetura de cualidades cada vez más ordenadas en su cabeza que le convierten, a priori, en un activo de calidad para la primera plantilla azulgrana.

Carles Pérez es consciente de lo que hay. Sabe que las miradas se dirigen hacia los actores principales, esos que con algo más de cuota mediática van a ser (para bien o para mal) seguidos y examinados con lupa. Precisamente esto le puede venir de maravilla al canterano, ya que como si de un tramoyista se tratara, será capaz de hacer, deshacer, errar y acertar desde la parte más oculta del escenario. Va a poder ejercer su rol más inmediato desde la ‘invisibilidad’, convirtiendo sus acciones en algo en lo que no va a caer este espectador cazador de clickbaits futbolísticos. De hecho, el contexto con el que parece que va a convivir este año le puede servir de excelente plataforma de aterrizaje en este complicado y agotador non-stop que rige el panorama futbolístico actual.

Cuando acudo al teatro, siempre echo de menos que el equipo que trabaja detrás de los focos salga al final de la obra para saludar y recibir la ovación del público. Entiendo que muchas veces no va con su forma de ser, pero no puedo evitar pensarlo cada vez que me encuentro en esta situación. Suelo quedarme con las ganas de decirle a este tipo de gente hasta qué punto valoro su trabajo. El saber observar. El saber esperar el momento adecuado para ejecutar una maniobra. Mover el decorado, cambiar la intensidad de las luces o ajustar el volumen de la música para hacer sentir más cómodo al artista. Ofrecer tus servicios con toda la dedicación posible pese a saber que el mayor aplauso será para otro. Saber reconocerlo. Sonreír. Sí, sonreír sabiendo que aquello que haces contribuye al éxito del espectáculo. Una sonrisa de quien se considera partícipe de aquel aplauso. De quien por unos instantes se sabe protagonista de los pensamientos de aquel espectador que se ha detenido en valorar su trabajo entre bambalinas. Sabedor de que, pese a no recibir un aplauso, gozas de un reconocimiento (por pequeño que sea) por parte de ese porcentaje público que va más allá del clickbait y que suele leer, contrastar y analizar la noticia entera.

Carles Pérez está siendo uno de los párrafos de la noticia. Solo hay que querer leerla.  

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