El reloj sigue corriendo

“Apagué la luz y me eché boca arriba, con la mano entre la almohada y la cabeza, el reloj contra mi nuca, cada segundo llamando en la caja de resonancia del cráneo: el tiempo pasa. El tiempo pasa”, escribía Esther García Llovet en Cómo dejar de escribir. Las palabras, para ser exactos, eran las de Renfo, el protagonista de la novela, un joven viciado a perder el tiempo que va en busca del libro escondido de su padre, Ronaldo. García Llovet decidió que fuera él quien ilustrara la escena, tal vez porque no me conocía. Tal vez porque Renfo es un poco como todos, alguien perdido. Aunque bien podría haber sido cualquiera.

Leyendo de nuevo el fragmento, de hecho, en vez de en Renfo, uno piensa en Luis Suárez, un tipo curtido en mil batallas. Como todo delantero, con una vida repleta de lucha. Condenado desde joven a plantarle cara a las críticas, a las alabanzas precipitadas, a sí mismo incluso. A enfrentarse desde siempre con su mayor aliado, el gol. A soportar rifirrafes con defensas, malas caras del rival. A perderse en mil afrentas, en resumidas cuentas, de las que luego salir airoso. Triunfante, besándose los tres dedos de su mano. Y, sin embargo, incapaz de revertir el paso de la aguja. “El tiempo pasa, el tiempo pasa”.

Para el bueno de Luis, los días sobre el césped empiezan a recordarse más que a imaginarse. De repente, los balones profundos se han convertido en más castigo que regalo. Y los contrataques, sin apenas avisar, han pasado de ser sólo diversión a significar también un par de resoplidos de cansancio. Se suceden los partidos y todo se hace más cuesta arriba. También los duelos con los defensas, los pases al primer toque, los controles. Cada vez son más las imprecisiones y menos la fluidez. El físico ya no llega a donde antes. “Cuando fuimos los mejores, los bares no se cerraban”, cantaba Loquillo, recordando una etapa ya pasada. Me imagino a Luis, de vez en cuando, tras una larga carrera, desfondado, tarareando la misma melodía.

Sin embargo, algo tienen los genios que sigue perdurando en el tiempo, como si fuese su particular defensa ante la edad y el físico, también frente a las críticas: pueden resolver partidos de la nada. Y cuando ocurre, todo queda atrás. De hecho, sucede a menudo con Luis Suárez. Es tan fácil llegar al enfado con él, maldecir sus fallos y sus pérdidas, como imposible no declararle amor eterno tras una de sus genialidades. Una chilena, una volea. O un hat-trick para recordar los viejos tiempos. Un pistolero siempre recuerda cómo disparar. Y de qué forma.

El fútbol, sin embargo, es cruel. Y los golpes de genio no son norma, no, excepto para un tipo argentino, sino que viven espaciados en el tiempo, confiados en el azar del momento. Y Luis lo sabe. Es como tirar un dado. Seis números y solo uno garantiza poder volver a tirar. Así funciona en el campo. En ocasiones, una sombra que corre sin llegar nunca a nada. En otras, el vivo recuerdo de sus grandes noches. Decisión de Valverde si confiar siempre en su dado. Y todo lo que ello implica. Desplazar a Antoine a banda izquierda, perder mordiente al espacio, tener menos fluidez. Pero por contrapartida, poder solucionar partidos con un simple disparo. Difícil elección.

Finalmente, Renfo encontró el libro perdido de su padre. Iba a titularse Cómo dejar de escribir. Una vez lo tuvo en sus manos, sus miedos y obligaciones de escribir acerca de su padre, el gran Ronaldo, desaparecieron. Se esfumaron. Y Renfo se liberó; se marchó a Marbella. Luis aún no ha sabido cómo dejar de marcar. Cuarto goleador histórico del club, 184 goles. Sigue para Ernesto el dilema.

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