Ya no me divierto

Y de repente, el fútbol dejó de ser divertido. Y decir tal cosa en la Época de Messi no es moco de pavo. Es, de hecho, la consumación del desastre más absoluto. La pérdida de toda esperanza. El Leganés – Barça no tuvo mayor interés que el que le da los tres puntos finales. Unos dirán que el fútbol es esto; ganar. Y razón no les falta, no seré yo quién mienta. Pero sí que diré que hay un poco de mentira en esta verdad. Hilillos de mentirilla, que diría Mariano Rajoy. El fútbol, como cualquier deporte, es para el aficionado un entretenimiento, algo que distrae, que reconecta con el entorno social, una excusa perfecta. Pero de repente, dejó de serlo.

Lo siento, pero ya no me vale no hacer planes para ver al Barça. Ya no puedo. Es inmoral. Antes era sencillo. Disfrutaba viendo al Barça, incluso en los años de ruletismo con Lucho, con la obscenidad de la MSN, lo descarado del plan. Ahora, el semblante apesarumbrado y cansado de Valverde ha consumido mi alma futbolera. Miro, debato, pero no disfruto. Mi ciclo vital se ha acortado. Me falta algo. Aun así, el ser humano es sorprendente. Lo aburrido es atractivo, no haré yo un ensayo sobre el aburrimiento del ser, pero os recomiendo que leáis sobre ello y lo asociéis con este FC Barcelona. Ahí están todas las respuestas.

El gol de Arturo Vidal es uno de los más feos que he visto. Incluso la celebración, apagada por el estupor que siempre causa el VAR cuando entra en acción, fue más propia de un partido que carecía de toda emoción. El fútbol en el Barça ha perdido caché. Si fuera cine diríamos que “nada como lo que hacían antes, con aquellos guiones tan buenos, aunque fuera en blanco y negro. Que las superproducciones nos aburren”. A base de amontonar cromos, jugadores, se ha perdido la capacidad de divertir. Y un espectáculo que no divierte, no es rentable. El Camp Nou es esto, un macroteatro donde nunca sabes qué verás, solo que habrá emociones. Que algo pasará. Sucede que, últimamente, poco sucede.

Y ahí es cuando todo se conecta. La sociedad corretea peligrosamente hacia (aunque ya ha llegado a este punto) una sobredimensión enfermiza del resultado, de la cantidad, del número. Lo decía Sergio Vázquez, las ciencias nos están carcomiendo. Ya todo se cuenta, se mide, como si el fútbol se pudiese medir y delimitar. Como si no fuera infinito. Y los que estamos ávidos de historias no hacemos sino quejarnos. El FC Barcelona se ha excelenizado, sí. Ya solo cuentan las victorias, los puntos y poco más. El cómo, en un sentir generalizado, ha pasado a un segundo plano, languideciendo paulatinamente ante el auge del frío dato.  El fútbol, y en la vida, ya se divide en los que solo quieren ganar y los que, como yo, quieren poder tener una excusa para mirar el Barça sin tener que fingir.

Ya no me divierto.

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