La ley del mínimo esfuerzo

Pues el Barça lo ha vuelto a hacer, comme d’habitude. Resulta que cuando quieren, pueden, como viene siendo habitual durante los últimos inviernos —nota del autor: por desgracia no me refiero a temporadas o acaso a primaveras, hablo de inviernos—. Plantilla de pícaros. Quisieron contra el Dortmund y de hecho pudieron durante la primera hora de partido; suficiente para regresar a casa con un bien alto que rozó el notable, al fin y al cabo se trataba de un simulacro de eliminatoria de dieciseisavos de final. Contaba para nota y los nuestros lo sabían.

Es evidente que los jugadores no siempre quieren, lo que provoca cierta exasperación de boquilla y enfados más bien pasajeros entre una olvidadiza y cada vez más global(izada) afición azulgrana que actualiza la timeline después de una buena faena de sus héroes y pasa página sin pestañear. Así lo dictan los tiempos: los futbolistas son los alumnos y nunca tienen la culpa, el entrenador es el profesor que tiene manía a mi hijo. #ValverdeOut, y tal.

Pero el problema de fondo es ya crónico en can Barça; que los jugadores no siempre quieran parece a estas alturas una lacra fisiológica imputable al entrenador. Erosión. Inevitabilidad. Sucedió con Rijkaard, con el antiguo y nuevo seleccionador Luis Enrique y en menor medida con el intenso Guardiola, autor de la certera frase de que “el cinturón aprieta”. Si el club detecta que no siempre quieren habría de intervenir para que en primavera, cuando quieran puedan. A las últimas temporadas me remito.

Sorprende aún que Valverde no se hiciese a un lado alegando que le oprimía la corbata tras la combo Anfield-final de Copa y empieza uno a sospechar que existe material infinito behind the scenes entre el técnico extremeño y la directiva que ningún documental nos explicará. Y es que cuando un míster se da cuenta de que ya no puede, no sabe o no quiere convencer a los suyos llega el momento de hacer las maletas “o nos haremos daño”. Algunos lo definen cambio de ciclo y en la entidad blaugrana éste parece no llegar nunca.

El profe Ernesto decidió —o pactó— quedarse y no podemos negar que, a falta de un lenguaje corporal convincente, nos está regalando una ¿última? temporada con ruedas de prensa brillantes. La retranca le sale sistemáticamente por los cuatro costados, ya sea por lo que dice, por lo que no dice o por cómo lo dice. Admito que el Txingurri se encuentra en una posición compleja, con la ardua tarea de motivar a una plantilla objetivamente perezosa, por lo que se agradece que haya seleccionado el modo para lo que me queda en el el convento en sus intervenciones. ¿Lo aplicará también en las charlas motivacionales al equipo en momentos clave de la temporada? Rakuten TV lo agradecerá…

Pero volvamos a nuestros alumnos veteranos y resabiados, a los maestros del mínimo esfuerzo; no parecieron querer mucho y sin embargo pudieron con el Leganés; quisieron lo suficiente y pudieron con el Dortmund, aparcando la Champions hasta que vuelva Dembélé, esto es, hasta mitad de febrero; y es sensato pronosticar que aunque querrán moderadamente no serán capaces de poder del todo con el Atlético a no ser que el alumno aventajado Messi salte al césped del Wanda esta noche ya vestido de gala y se empeñe en recoger su merecido premio con otra actuación de Oro bajo el brazo. Que ya nos conocemos.

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