Match day: Crónica de una agonía

Los equipos son entidades que necesitan, por encima de todo, sentirse queridos. La sociedad cada vez es más agresiva y todo lo que no se conoce, y en el fútbol conocemos prácticamente nada, es criticado, desmenuzado por una opinión pública cada vez más vehemente y bufandera, unos circos mediáticos polarizados que viven más por el odio y el dolor ajeno que por las propias alegrías de su profesión, que deberían ser muchas. En este complejo contexto, los clubes como entes sociales, culturales y educativos, están acudiendo cada vez más a la autopromoción, a mostrarse al mundo de forma abierta, sin complejos ni tabúes. Lo que nos muestran debe ser un 20% de lo que pasa, pero nos da igual. Ávidos por saber qué sucede dentro del vestuario, consumimos las entrañas de los clubes con un canibalismo crítico. Somos jueces y fans a la vez.

“Match Day“, el documental de 8 capítulos que muestra el curso de la temporada 2018/2019 del FC Barcelona, es, en esencia, el intento por parte del club de empatizar con el dolor del aficionado. Humanizar a jugadores, entrenador, cuerpo técnico, utilleros, famílias. Decirle al fan, “son como tu pero con mucha pasta y unas conversaciones que oscilan entre el asado, la vestimenta y/o fútbol”. Lo que pasó tras Anfield, esa derrota que parece definitiva y que tras meses de supuración aun está abierta, fue la implosión de algo que nació hace unos años. De repente, el club y los aficionados se separaron. Tras los años más dorados del Barça con Messi, Guardiola, Xavi e Iniesta, el equipo empezó a volverse cada vez más humano; débil, dubitativo, contradictorio, empequeñecido. Vimos en Él cosas de nosotros mismos, cosas que nos hacían recordar nuestras propias limitaciones. Y el fútbol, si algo quieres que sea, es un espejo de todo aquello que anhelas, o que te gustaría.  Donde antes había oro, apareció el barro. Y las derrotas.

Y nadie entendía nada. ¿Qué pasaba? ¿Por qué se perdía? Lejos del Camp Nou en noche grande europea, el Barça, desde 2012 y exceptuando 2015 (triplete) recibió 14 goles y no marcó ninguno. 4-0, 2-0, 3-0, 4-0. Palizas que astillaban toda confianza, que destrozaban sinergias que había costado mucho crear. Anfield fue, tras Roma, la normalización de la debacle. No pasó nada. Nadie dimitió, no hubo cambios y todo siguió como siempre. Solo los jugadores pusieron el grito en el cielo. Tras aquello el aficionado ya no podía confiar en un equipo que lo había fallado demasiadas veces. La prensa cada vez más alejada del club, pues donde antes hubo confianza ahora hay silencios, rendijas no resueltas. “Match Day” fue la solución que encontró el club para compartir una herida que, siendo distinta, era en el fondo la misma. Coser corazones de aficionados y jugadores para que vuelva a latir.

El documental, dicho sea, es muy bueno en lo visual. Pero es espeluznante. Confieso que lo pasé mal en viendo la felicidad momentánea que supuso aquel engañoso 3-0 en la ida de las semifinales. Ver la mirada de Leo Messi, irada, sabiendo que este año era suya, que nadie se la podía arrebatar. Solo sus fantasmas. Viéndolo, se entienden muchas cosas. Que el FC Barcelona es un club de amigos, teniendo esta frase el tono despectivo y positivo que ustedes quieran. Lo es en tanto que se ve un vestuario unido, que bromea y se conoce, que intenta integrar a los nuevos. Pero también denota una falta de competencia que explica, en menor o mayor grado, la dejadez (mental, anímica) en determinados tramos. Me recordó a una obra de teatro. Todo el mundo viene sabiendo qué se espera de él, y en parte es positivo (los roles lo son), pero todo equipo necesita sorpresas, pequeñas batallas internas. Y no parece que las haya. Quizás las que libre Arturo Vidal contra él mismo en los medios y RSS, pero pocas más. De hecho, Vidal tiene algo espantosamente cándido; sonriendo siempre, con voz de angelito y pinta de marero consumado. Un poco en la línea del equipo. Tiene algo de terriblemente dulzón; hay malas caras, pero no gritos. Si el club fuera un personaje de First Dates diría que “se enfada, pero no mucho”.

Ernesto Valverde era, quizás, una de las figuras que más atención generaba. De él se han dicho muchas cosas, la mayoría falsas. Falsas porque están todas basadas en nuestras apreciaciones subjetivas fruto de partidos de 90 minutos, de frases precocinadas en RDP y poco más. Hay un momento en el que Ernesto dice, duante el documental, que “Aspiazu y y nos complementamos. Él es mucho más calmado que yo”. Recuerdo cruzar la mirada con mi padre en un “no te creo, Ernesto” y decir, al unísono, “¿MÁS”? Pues sí, parece ser que Aspiazu es más calmado y menos dado al grito que Valverde. Todos los jugadores coinciden. Valverde es un gran tipo, un gran gestor. Toma decisiones y no le tiembla el pulso. Por lo visto, Valverde se parece al típico profe guay del insti al que todos les gustaba porque, bueno, no gritaba, si te decía que no y hacías lo contrario lo entendía y que si te mandaba deberes, te lo pedía por favor y casi llorando. Cuando le dice a Ousmane Dembélé en un entrenamiento que “si recibe ahí, presiona, por favor”, no sé si lo hace para proteger al pueril y perenne lesionado francés.

Quizás, lo mejor de todo el documental es ver a Leo Messi comiendo un asado, bostezando y con la panza a rebosar, comiendo fresas como si fuera un niño que hace algo prohibido justo antes de merendarse al Liverpool y de marcar uno de los mejores goles de falta de siempre. Puede que la escena de la fresa fuese el objetivo final de todo este batiburrillo de imágenes y sensaciones, el de mostrar a Messi en toda su máxima expresión. Un tipo que come tranquilo antes de hacer una de las mayores exhibiciones de la historia. Intentar normalizar lo irracional es el ejercicio más complejo al que uno se puede afrontar. Cada uno decidirá si el documental sana o abre más las heridas. Yo, lo tengo claro.

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