Volver

Vuelta al cole. Afirmar con forzada y teatral desgana que se necesitan unas vacaciones carece de mérito, reconocer sin tapujos que se anhela la vuelta al trabajo es una heroicidad. Por eso nadie hace lo segundo, desde luego no en voz alta. Al regresar al colegio tras un verano largo, alto y ancho solía tener dificultad incluso para agarrar correctamente el boli. Como un futbolista que se reincorpora a los entrenamientos tras semanas de gimnasio, sufría para mantener el ritmo de dictado del profesor que más que enseñar se ensañaba con mis dedos anquilosados por culpa de una infancia analógica. En los últimos y muy digitales años, en cambio, no me sonrojo al confesaros que experimento placer sincero al encender el ordenador de vuelta a la oficina tras un inexplicable puente o unas (siempre merecidas, nadie os dirá lo contrario) vacaciones. Sólo cuando apoyo el culo en mi silla ergonómica estoy en condiciones de decir si me han sentado bien, mal o regular.

Dónde lo habíamos dejado. Cuando esta noche el balón ruede en Cornellà-El Prat descubriremos si al Barça el parón navideño le ha devuelto la efervescencia perdida o si por contra 2020 supone de momento un punto y seguido respecto al pasado reciente, marcado por la falta de ritmo y de armonía. Entrecortado y titubeante hasta la fecha, el líder regresa a la oficina visitando el feudo del colista con la esperanza de que Messi siga ágil con el boli y con ganas de escribir y dominar otra década desde el primer partido. O es una certeza. Si además Suárez vuelve ligero y rejuvenecido de su reboda, si el ordenador (de) De Jong sigue mejorando prestaciones gracias a la actualización de software que le trajo un Papá Noel que se parecía mucho a Xavi y si Griezmann cambia el progresa adecuadamente de sus calificaciones por un destaca, la orquesta tiene mimbres para volver a ser sinfonía.

Un tipo normal. Desde la banda y hasta que el barco se hunda el director Valverde seguirá imprimiendo esa dúplice normalidad que a ratos nos desquicia —cuando parece inmovilidad insoportable y le gritamos a la tele que haga algo, lo que sea— y a ratos nos reconforta porque es sinónimo de mesura y sensatez, cualidades tan poco comunes en estos tiempos. Nadie movió un músculo, por tanto, cuando el Txingurri empezó el año haciéndose el sorprendido por la cesión de Aleñá al Betis o asegurando que “en estos partidos no hay distancias clasificatorias”, toda vez que son 29 los puntos que separan a pericos y culés en la tabla. Tan ingrata es ya su figura y tan evidente la erosión del proyecto que la única certeza en can Barça es que si la temporada se tuerce será exclusivamente por culpa de Ernesto y si se toca metal será a pesar de él.

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