Doble o nada

Luego no digáis que no lo avisamos. La otrora veraniega Supercopa de España se disputa este año en suelo árabe y en pleno invierno para que vayamos olvidando cualquier concepto anticuado de calendario futbolístico (hola, Mundial de Qatar) y para que de paso ajustemos el biorritmo a los nuevos tiempos, que dictan que el balón ha de echar a rodar donde y cuando prefiera el mejor postor. Quien además, y esto ha generado ruidoso debate en los últimos días, se reserva el derecho de admisión como rezaban aquellos carteles que mirábamos de reojo antes de entrar en los garitos. Éramos jóvenes, aprovechábamos que no había VAR para empujar levemente a quien nos precedía en la cola y no teníamos ni idea de lo que era una Final Four.

Poco que ganar y… poco que perder. En medio de este repentino interés general por la meritocracia y entre una lección de geopolítica y otra de ética occidental, el Barça encara la novedosa competición made in Rubiales comprensiblemente despistado. Tanto es así que antes de subirse al avión con destino a Yeda los de Valverde hubieron de mostrar el palmarés a la tripulación para acreditarse como vigentes campeones de Liga y finalistas de Copa. Quizá este inesperado ejercicio de autoestima anime a una plantilla cuyos recuerdos del pasado curso parecen limitarse a la aciaga y documentada noche de Anfield. Ya a bordo, cuando Messi y compañía se pusieron cómodos y sacaron el iPad debieron pensar que al fin y al cabo nadie sabe cuántas expectativas meter en la maleta de este inédito torneo.

No estamos tan bien. La de enero se puso cuesta arriba por culpa de dos puntos perdidos malament en un derbi que dejó indudable sabor a carbón entre una afición azulgrana que empieza a flirtear con la idea de que acaso convenga perder el dichoso liderato —esos dos goles que separan hoy a culés y merengues en la tabla— y evitar así la nociva cantinela de aquel entorno que asegura que no estamos tan mal. Para endulzar el rumbo habrá que lidiar in primis con un Atlético que, como dijo Cruyff sobre los italianos, “parece que no puede ganarte pero sí puedes perder frente a él”. De postre tocaría superfinal contra el más Clásico de los rivales, un Real Madrid que en calidad de invitado —palabra de moda de 2020— doblegó ayer al Valencia poblando con acierto el centro del campo. ¿Suena de algo?

Dejarlo para el final. Ardua tarea la de atreverse con un pronóstico viendo no-jugar semana tras semana a este Barça mustio de contagiosa tristeza, o es más bien ausencia de alegría. Dan ganas de zarandearlos. El diagnóstico se antoja en teoría más sencillo y a tiro de piedra: el equipo echa de menos el control de Arthur y/o una mejor versión de Frenkie, no puede prescindir del vigor de Arturo Vidal y pide a gritos el desborde de Ansu o Dembélé cuando esté sano. Mi sensación es la misma de todo el curso: los jugadores van tirando conscientes de que aún no hay nada perdido y dejan todo para última hora. Peligroso y excitante. Aunque no sabemos bien qué ni si es mucho o es poco, hay algo en juego en Arabia y el Barça necesita un doble o nada: ¿podrán cuando se decidan a querer?

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