Un Dios o lo que sea

Me sentía un poco como Don Gately, ese personaje que aparece en La Broma Infinita  de David Foster Wallace. Un tipo alcohólico que lleva 10 años de abstinencia a base de forzarse a creer en algo. Inventarse un Dios o Lo Que Sea. Así, desesperadamente consciente, me sentí cuando acudí a mi asiento, por la puerta 32 del ciclotímico Camp Nou. El estadio, apenas medio lleno, imponía  una fuerza casi gravitacional. Una atracción sexy pero demente, como si te fuera a matar. Suerte que jugaba en casa. Me gusta llegar una hora y media antes. Sentarme. Mirar el césped de un verde insultantemente satinado, como si fuera papel de fumar; el mejor pardo falso que he visto. Me gusta comerme el bocadillo bajo la terquedad de mi silencio mientras escruto al público. Ya no hay caras conocidas a mi alrededor. El turista, esta plaga que amenaza con borrar toda identidad, ocupa los asientos de otros socios que, quizás, dejaron de creer antes que yo.

El partido necesita que crea en un Dios. He venido con mi padre. Él se sienta varias filas de asientos más arriba. Espero que llegue la media parte aunque el partido ni haya empezado para hablar con él. Nunca estamos de acuerdo en prácticamente nada relacionado con eso de la pelotita, y creo que es precisamente esto lo que me atrae. Saltan los jugadores a calentar. Me conozco el calentamiento de memoria. Los tímidos silbidos del público al equipo rival cuando saltan, siempre antes que el FC Barcelona. Llevo años hipnotizado con Messi. Cómo no. Los pases, que duran aproximadamente unos tres minutos, que se dan Lío y Suárez suceden siempre delante  mío. Una estampa que, con los años, se ha glorificado, mitificado. Messi no es, no será, (solo) un jugador de fútbol. Es ya otra cosa. Su presencia trasciende los poros, se te clava como un cuchillo en las costillas. Hace tiempo que soy autoconsciente de qué lo que veo calentar es una parte de la historia del deporte. Como ver al Michael Jordan de 1995 flotar sin freno delante de ti. Hay algo de voyeurismo en todo esto, lo de mirar sin ser visto me sigue poniendo nervioso.

El Camp Nou se empieza a llenar. Parece un hormiguero. El miedo, noto en las caras de la afición rival, pasa a pavor. Cada toque de Messi va acompañado de una creciente deformidad en los rostros de los aficionados parisinos, que se descomponen poco a poco bajo el tímido sol barcelonés.

Me he levantado con una extraña sensación a derrota. Como si la llevase dentro, un virus. El partido no se ha jugado todavía, pero ahí está. No se va. Llevo días evitando cruzar por debajo de escaleras, leyendo en Internet todo tipo de supersticiones en las que no creo –excepto los días previos al partido- ni creo que nadie en su sano juicio crea, pero las leo. Como Gately, me autoexijo creer. Es impresionante la capacidad que tenemos los humanos para autoconvencernos una vez ya hemos saltado al vacío de que nada nos hará caer. No sé si será suficiente, pero es mi primer grito prepartido, mi primer aliento silencioso al equipo. Saltan sobre el césped, el Camp Nou acojona. El mosaico se extiende como un retal precioso, tremendamente colorido; el eslogan, lo he olvidado, pero siempre es una frase cursi y vacía. Suerte que los rivales, en Europa, no entienden lo que se les dice. Si no nos ganarían todos.

Todo lo que sucede a continuación carece de importancia.

Hay un momento en el partido donde Dios/Lo Que Sea/Algo se muestra delante de mí, sin forma, pero reconocible. Lo definiría como un momento revelador. Es como si algo muy denso explotara dentro de ti, un micro big bang espiritual, emocional, y derramara una serie de emociones desconocidas, que no tienen nombre y si lo tuvieran llevarían algún tipo de superlativo delante. La finta, el centro, el remate al vuelo, el no saber si hay o no fuera de juego, si el linier levanta el banderín, si estás vivo, si es real, si mi padre tenía razón al descanso y decía que sí, que la remontada era posible, si el no haber pasado por debajo de treinta escaleras tenía algo que ver en todo esto, si mañana podría ir a la uni con la camiseta de mi equipo sin tener demasiado frío cuando cojo el bus a las 7,10, si Sergi Roberto desaparecería tras marcar el gol, si Neymar Jr se consagraría como el heredero. Al final, me abracé con un pakistaní que estaba en la capital catalana por un congreso y olía a cerveza, mucha cerveza. Un abrazo de esos que quedan bien, porque yo no sé abrazar salvo cuando el abrazo viene a mi.

Soy de los que no cree en los milagros, salvo cuando te golpean en la cara y se ríen de ti. Los milagros huelen a ironía, son irreverentes,  nos recuerdan constantemente nuestra pequeñez, nuestra terrible debilidad. Es irónico querer algo que te recuerda lo patéticamente pequeño que eres. Luis Enrique corriendo por el verde, como si volviera a ser futbolista, Messi levantando el puño ante las masas; no hay imagen que diga tanto como esta. Es la fuerza irracional de Dios. Fue cuando volvía a casa con el bus, repasando las imágenes del partido, que me di cuenta de que siempre, desde el minuto 1, me agarré a ÉL. Messi era el Dios/Lo Que Sea de Gately, y en el fondo siempre lo supe.

Lo bonito del fútbol, a veces cruel, es que siempre se preocupa de que no sepas nada de nada.

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