Todo irá bien

¿Individualista, yo? Tendemos a asociar automáticamente los conceptos de futbolista y egoísmo, ya sabéis, individuos mimados y multimillonarios que trabajan —es un decir, protestamos agriamente desde el anonimato del sofá— unas pocas horas al día y encima tuercen el gesto cuando el pobre entrenador les cambia en el minuto 87. Nuestros ídolos nos dan envidia y no siempre de la sana. Históricamente se trata de una acusación fundada, un desahogo descriptivo, y sin embargo los acontecimientos de las últimas semanas deben empujarnos a la revisión de este dogma futbolero universal. Ahora que nos peleamos por el papel higiénico y no podemos dejar de tocarnos la cara mientras la casa se nos cae encima ha llegado el momento de mirarnos al ombligo como sociedad: somos más individualistas que hombres de vestuario. Somos más chupones que Cristiano en la frontal o Salah en una contra. Yo, yo, yo. No somos Kanté ni Mauro Silva. Estamos más lejos que nunca de abrazar el bien común. Nos hubiéramos tapado los oídos como Coutinho y Jordi Alba. Cuando el Gobierno nos recomienda y posteriormente obliga a permanecer en casa ponemos peor cara que Diego Costa abandonando el campo en Anfield. Hay alcaldes invitando a la ciudadanía a cumplir las normas con la paciencia de un maestro de parvulario que recuerda a sus alumnos de cinco años que se ha terminado el recreo. Es lo que somos, que conste en acta para cuando todo esto sea sólo un mal sueño.

Mi rutina preferida. Otra idea que convendría repasar ahora que disponemos de tiempo de sobra y la gente sale al balcón a bailar La Macarena es la de la importancia del fútbol. El fútbol lo es todo, maldita sea, parece mentira tener que repetirlo a estas alturas. Bill Shankly aseguró —en tono sarcástico, que os veo venir— que no se trata de una cuestión de vida o muerte sino mucho más que eso. Os sonará. Años después Sacchi y Valdano vieron venir la ola de indignados del s. XXI y afinaron el tiro definiéndolo la cosa más importante de las menos importantes. Os confieso que estoy de acuerdo sólo a ratos. Por ejemplo. El Barça no jugará esta tarde en Mallorca y echaremos de menos las rutinas que vertebran nuestra existencia. La verbosidad excesiva que criticábamos a Setién hace pocos días se antoja hoy infinitamente más apetecible que el silencio atronador de este sábado atípico de marzo. Da cosa abrir Livescore. Sabemos que es justo pararse pero anhelamos llevarnos algo a la boca. Deseamos que nuestro equipo practique buen fútbol —o eso hay que decir— pero entre un mal partido y no jugar no tenemos ninguna duda: póngame una derrota con pañolada si es necesario. Jugar a puerta cerrada es un sinsentido pero todos hemos coqueteado estos días con la idea de seguir viendo fútbol aunque fuese con eco. Es lo que somos, que conste en acta para cuando todo esto sea sólo un mal sueño.

Hasta nueva orden. La temporada venía ya impregnada por una imprevisibilidad caprichosa por lo que la absoluta incertidumbre que ahora nos rodea es sólo una novedad relativa. Sin ir más lejos, el pasado finde Barça y Madrid se dijeron aquello de “no, cuelga tú” con el liderato. Hace nada dudábamos del desenlace liguero y hoy desconocemos si lo habrá y cuándo. Perspectiva. En can Barça nadie se atrevía a pronosticar el resultado de la vuelta contra el Nápoles y ahora nos conformaríamos simplemente con poder jugarla. Más perspectiva. La primera plantilla ha suspendido toda su actividad hasta nueva orden. Hasta nueva orden; me gustaron esas tres palabras del comunicado oficial por inusuales en estos tiempos. Y es que ya nadie dice hasta nueva orden, todo ha de tener una fecha incluso en el momento de máxima excepción que atravesamos. Ronaldinho juega pachangas en una carcel paraguaya y el fútbol mundial se ha parado por completo. Permanezcamos en casa contemplando las musarañas, sacrifiquemos nuestra rutina para poder recuperarla cuanto antes. No anunciemos positivos de futbolistas como si fuesen fichajes. (No) es lo que somos, que conste en acta para cuando todo esto sea sólo un mal sueño.

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