La Revolución de París

Hay imágenes que quedan grabadas para siempre. Hay imágenes que, si es cierto que nuestra vida pasa por delante de nuestros ojos en el último paso del camino, sabemos que estarán allí. Pensar en París es recordar a Juliano Belletti arrodillado, con las manos cubriendo su rostro, sabiéndose el elegido. Pensar en París es reconocer en Saint Denis el inicio de un todo que, aún a día de hoy, se resiste a terminar. Aquella noche de mayo de 2006 explicó a la historia que el Barça dejó de vivir a la deriva.

Thierry Henry combatía con elegancia, con la maestría del que ya lo ha vivido todo y le queda una vida contemplativa. Solo esperaba una Copa de Europa, aunque para levantarla tendría que olvidar la derrota y unirse al enemigo. Ronaldinho fue su antagonista en la final. Hubo algún resquicio en su inmaculada sonrisa que quebró el corazón blaugrana. Como falso nueve iniciático, el brasileño, con Samuel Eto’o a un lado y Ludovic Giuly al otro, imaginó la final.

Dibujó el pase que terminó con la expulsión de Jens Lehmann, con el que el árbitro le arrebató a Giuly la gloria de un gol ya materializado. No era el héroe escrito en el guion. Tampoco Ronaldinho, que llegó a desaprovechar hasta tres faltas en la frontal. Una internada de Eboué terminó con una falta de Carles Puyol, en una de las pocas señales de vida de un Arsenal que, con un futbolista menos, hipotecó su futuro a vivir en su área, con un Henry abandonado a batallar con Rafa Márquez y Puyol.

Sol Campbell se instaló en el cielo, se congeló en el aire, para decirle al Barça que no, que aquel era el Arsenal de Los Invencibles. Gol. Una y otra vez, los ataques catalanes chocaban con muros y la fe se desvanecía. Las bicicletas de Ronaldinho perdieron magia. El campo gunner, lleno de adoquines extirpados de los Campos Elíseos, hacía traquetear las piernas de los futbolistas del Barça, convirtiendo la ilusión en temor. Pero al final de la avenida esperaba el Arco del Triunfo.

Entró Andrés Iniesta al descanso, para escribir el preludio en la que fue su primera gran noche. Como pivote y la voluntad de tomar el pincel, se personificó en el Louvre para presentar, descarado, su firma. Bailó entre gigantes de amarillo para encontrar la luz en la noche de París. Entonces, Samuel Eto’o saltó al vacío y sus compañeros no se quedaron esperando. Ante el gesto de beneplácito de la Mona Lisa, Iniesta encontró a un Eto’o que, previa caricia de Henrik Larsson, se vio delante de Almunia. El camerunés, antorcha en mano, encabezó la revolución de París hacia la Bastilla.

Llovía, llovía mucho, y la corriente llevó al Barça, descontrolado, hacia la portería de los ingleses. Valdés obligó a Henry a dejar de remar, pese a su insistencia, hasta que Arsène Wenger vio como el agua empezaba a ahogarles. Larsson, al que el Barça ha tratado de reencarnar sin éxito desde que se marchó, justificó que unos buenos cambios, con Frank Rijkaard como portavoz, pueden llevarte al trono.

Tras un mal control, el sueco se giró y vio cómo Belletti, escapando del pelotón aguardaba dentro del área. La asistencia de Larsson pasó a escasos centímetros del pie de Ashley Cole. Lo habría cortado todo, habría cambiado el Barça. Si el lateral hubiese dado por terminado el ataque blaugrana, Belletti no habría sido el héroe. Quizá el Barça no hubiese ganado aquella final. Quizá el Barça, a día de hoy, no sería el Barça.

Pero el balón llegó al brasileño. Control con la izquierda, titubeo de unas piernas que vieron cómo el balón no dejaba de botar y remate con el corazón. La imagen eterna. Eso es pensar en París. Las buenas historias no nacen de alegrías, sino de las más profundas y dolorosas caídas. Y es el que Barça cayó una y otra vez. Pero entonces, dejó de ser víctima para tomar la pluma y empezar a escribir una historia donde sería el protagonista. Belletti comenzó la Revolución de París.

 

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