Bielsa vs Pep: cantando bajo la lluvia

Aunque el mar vuelve nunca es el mismo mar, la tierra nos devuelve otro sol cuando gira“. Pienso en los versos que canta Pedro Guerra, en la razón y la intención de advertirnos que el tiempo no vuelve atrás y, por ello, que no hay que desperdiciar nada. La noche del 6 de noviembre de 2011 no éramos realmente conscientes de lo que íbamos a vivir. Los más afortunados desde Bilbao. Los demás, desde los televisores de casa o los bares de alrededor, pues era domingo y el partido empezaba a las 21:00h, el partido del plus que estrenaba esa maravilla llamada “slow-motion”. Inmersos en el otoño, con el cambio de hora invernal, frío y lluvia. El mejor plan posible a esa hora.

Se enfrentaban el Athletic de Bielsa y el Barça de Pep. Un partido contracultural. “Lo respeto y admiro muchísimo”, declaraba el técnico azulgrana. “En una época como la actual […], su Barcelona va a perdurar en la memoria de los que queremos al fútbol por la manera en que ha decidido atacar y defender“, explicó el argentino. Se respetaban. Se admiraban. La que sería última temporada de Guardiola en el Barça (excepto él, nadie más lo sabía), sería la primera de Marcelo en el Athletic. Unos meses en el cargo y ya se había ganado a toda la ciudad.

Un escenario idóneo: el viejo San Mamés. La Catedral repleta de feligreses, de peregrinos a los que la incesante lluvia no reprimió la voluntad de rendir pleitesía a su equipo, un Athletic que venía convenciendo con su juego desde la llegada del argentino a Lezama, y al rival, un Barcelona que había sido campeón de todo pero que destacaba más por cómo ganó que por lo que ganó, que fue muchísimo. Sonó el silbato inicial. Comenzaba un partido sin tregua.

Todos habrán disfrutado de este gran espectáculo gracias a 22 jugadores muy buenos. [Josep Guardiola]

Desde el primer momento el campo se convirtió en un escenario al aire libre en el que, en lugar de golpes propios de un ring, se sucedían los intercambios de baile y precisión, movimientos acompasados, coreografías ejecutadas con tal belleza y pureza que representaba mucho más que fútbol preciosista. Se trataba de una guerra artística entre dos amantes del balón puesta en práctica por sus aprendices más aventajados y voluntariosos.

Un partido en el que, a pesar de los cuatro goles, los protagonistas fueron la lluvia y el balón. En el que Ander Herrera y Xavi Hernández decidieron ser el metrónomo de sus equipos, por enésima vez, incluso cuando las condiciones meteorológicas les eran adversas a su juego. Ellos aceleraban y daban continuidad a una circulación de balón mucho más que fluida, diría que mimetizada con la intensidad con la que caía el agua del cielo. Jarreaba.

Y con estas, ninguno de los equipos cesaba en su intento de presionar, recuperar y percutir. Más vertiginoso el Athletic, más paciente el Barça, pero sin descanso. No había respiro. Ni siquiera se lo permitían ellos mismos. Si paraban, se verían arrollados. Tras cada acción recibida debía haber respuesta, lo más inmediata posible. Así fue como Ander Herrera adelantaba a los locales tras una acción desde la banda en la que Susaeta aprovechó que tanto Alves como Mascherano se escurrieron y cedía atrás para que Herrera la pusiera, siempre sutil Ander, al palo largo de Valdés. Pero el Barça no se vino abajo y encontró la respuesta también desde los costados, el izquierdo de Abidal, poniendo un centro medido a la cabeza de un Cesc que remató a la escuadra. Habían pasado 20 minutos y parecía una vida, pero qué intensa, por dios. Quedaban, por tanto, muchas vidas por vivir. El final de la primera parte fue el oxígeno que, más que necesitarlo los pulmones, necesitaban las cabezas. Para el espectador no fue una buena noticia. Queríamos, necesitábamos más.

La segunda mitad empezó del mismo modo. Nada sucedía por la intensidad, sino por velocidad, vertiginosidad, precisión y calidad. Los dos equipos deleitaban con su repertorio futbolístico. Ambos disfrutaban, ambos sufrían. La convicción con la que desplegaban su fútbol sorteaba los charcos que se habían formado en el césped que, lejos de mostrarse esquivo, se convirtió en aliado del espectáculo. Los espacios tenían mayor presencia que el control, físicamente estaban al límite por los esfuerzos realizados durante todo el partido. La épica estaba siendo sustituida por el arte, la belleza de una lírica tenebrista. Como si Caravaggio fuera el entrenador de los dos equipos.

A falta de 10 minutos, una nueva imprecisión provocó un saque de esquina a favor de los locales tras el que Piqué se anotaba en propia puerta. Cruel desenlace a una jugada embarullada, como si no tuviese cabida en un encuentro sólo apto para la elaboración. A partir de ahí, el asedio. De todas las formas, de colores azulgrana. Iraizoz como un muro infranqueable, con una defensa férrea y contundente, impedían el empate a Iniesta y Villa. Hasta que apareció el que siempre aparece y, hasta entonces, no había aparecido. Messi centró a media altura a la frontal del área y, tras otro error defensivo generado por la fatiga física y mental, el balón le volvió a sus pies, esta vez ya dentro de la media luna del área, para colocar con suavidad a la red un balón que supondría el 2-2 definitivo.

Así llegó el final a una agónica película al estilo Reservoir Dogs, en la que el único superviviente fue el buen fútbol. Ya le dijo Pep a Bielsa al oído: “Son unas bestias. Nunca había jugado contra un equipo tan intenso, tan agresivo, que te deja tan poco espacios”. Para nosotros, sinceramente, fue volver a ver Cantando bajo la lluvia. Una obra maestra que envejecerá aún mejor con el paso del tiempo.

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