Years & Years

“Plac”. Un ruido metálico resuena en un Camp Nou que, a pesar de estar lleno, abarrotado, suena a vacío. 98.000 personas contienen el aliento y miran, sin querer mirar, el punto de penalti. “Plac”. Suena a disparo, a algo que cae con todo su peso en un sitio muy denso, algo que ocupa mucho espacio y se rompe. “Plac”, el latigazo de Leo Messi resiente los cimientos del Camp Nou, su disparo fortísimo se estampa sin pudor en el larguero para salir escupido con una violencia impresionante. “Plac”. El crujido de algo que se rompe, en este caso un equipo. El FC Barcelona empieza a descender de su dulce sueño, cae con fiereza. Sin frenos. “Plac”.

Aquel 24 de abril de 2012 el FC Barcelona empezó a abrazarse a una domesticidad en desuso, una que desconocía. Aquel grupo histórico perdió una eliminatoria que, de haberse jugado 100 veces, hubiera ganado 99. El fútbol es absurdamente injusto, pensarán algunos. Pero en realidad no hay mayor fuente de justicia que este deporte, que reparte sin tener en cuenta la aristocracia, lo ganado anteriormente. Es un deporte inmemorioso en el que solo se vive durante 90 minutos. Luego eres borrado, como si jamás hubieras existido. Tienes que ganarte el derecho a estar en esta memoria. El Barça fue, sin tapujos, muy superior. Pero no sabían, o quizás algunos ya intuían, que todo lo que habían logrado empezaba a conjugarse en pasado, que cada vez el futuro era más incierto. El Chelsea, como pudo ser cualquier otro porque en relidad el Barça perdió contra él mismo, apeó a un conjunto que desconocía aquel terreno.

Pep Guardiola tomó nota de lo sucedido en Stamford Bridge una semana antes. Un aluvión de ocasiones en las que nadie atinó a convertir en gol. Se amontonaban como si fueran hojas en otoño, una tras otra. Solo Didier Drogba logró descifrar los secretos. Así pues, Guardiola salía con un 3-3-4 en el que Alexis – por dentro- y el olvidado Isaac Cuenca -por fuera- fijaban sus posiciones para que los Iniesta, Messi y Cesc fueran alternando posiciones, movimientos y zonas. Por detrás, Xavi y Busquets gestionaban los hilos. El FC Barcelona salía sin protección, cosnciente de que el Camp Nou es uno más y que, de alguna forma, la pelotita obedecería a la lógica y terminaría entrando, sin rechistar, en el fondo de la portería de Petr Cech.

Se jugó en una única dirección. El Barça ya no era aquel equipo que, apenas unos meses atrás desbordaba por su velocidad y capacidad sorpresiva en cada pase, pero seguía siendo terrenalmente dominante. Una red de pases segura, un Messi eléctrico y un Chelsea hundido en sus heridas, conscientes que para pasar necesitarían algo más que suerte. Mucho más que esto. Las ocasiones se sucedían, una tras otra, hasta parecía una especie de reto, como si los pupilos de Guardiola se supiesen tan superiores que quisieran regalar emoción. El Chelsea parecía un equipo en el que un hilo invisible entre Cech y Drogba les uniese a todos. Solo ellos dos sostenían la estructura. Uno en cada área.

Encuentro la belleza en el desastre y aunque sé que no debería ser así, no puedo hacer nada por evitarlo. El Barça se adelantaba con un gol de Sergio Busquets y una asistencia de Isaac Cuenca. Hay partidos que se ganan porque se deben ganar. Porque marca el que no marca nunca, porque se marca lo que se fallaba siempre o porque, sencillamente, el fútbol así lo quiere. Un minuto después del 1-0 John Terry era expulsado por un rodillazo a Alexis Sánchez. Tres minutos después el FC Barcelon hacía el 2-0 y se ponía virtualmente en la final de Munich. Quedaban 45 minutos y el Barça, con un jugador más y un 2-0 en el marcador, solo tenía que esconder la pelota hasta oler la sangre.

Ramires hizo uno de aquellos goles que ni siquiera se sueñan. Hasta nuestra mente tiene ciertas limitaciones.

Aun quedaba un mundo y el Barça necesitaba solo un gol. Parecía hasta lógico el desenlace. Revisando de nuevo el partido me pasaba que hasta creía que todo aquello no había pasado, que uno de tantos remates había entrado, burlando mi memoria, y el FC Barcelona había ganado aquella Champions League. Nadie lo recordaba, nos engañaron, pensé. Inmerso en un sueño a lo Black Mirror, mirando algo que no existió. Pero los minutos iban sellando la tumba de un equipo demasiado bueno como para no poder marcar.

“Plac”. En esa onomatopeya un pedazo del FC Barcelona quedó tiritando en el larguero, en el aliento de la afición que oyó aquel ruido amenazante como si de una decapitación se tratara. El partido siguió avanzando, pues el fútbol jamás se detiene a mirarse en el espejo, demasiado receloso de su imagen, terriblemente impaciente. Solo espera a que llegue la siguiente jugada, el siguiente condenado. El Camp Nou es un estadio particular. Se respiraba una especie de calma tensa, como de entreguerra. La gente aguardaba el aliento, esperando, por fin, el gol. Pero no llegaba.

Fernando Torres hizo el sprint más largo de la historia, o eso tenía en mente. Pero en realidad fueron unos pocos segundos en los que no encontró ningún obstáculo, tampoco se oía nada. Solo Victor valdés, el portero que odiaba ser portero, esperaba al otro lado. Le sorteó sutilmente, como el fútbol, la suerte o a lo que sea que apelamos sorteó al FC Barcelona en aquella eliminatoria. Fue una metáfora precisa y dolorosa de una caída que nadie vio anunciada. El Barça, el mejor equipo de la historia, debía recoger sus pedazos aun sin entender que el cadáver que quedó en el césped era el suyo. No ha habido jamás un aplauso más sentido que el que el público ofreció al equipo tras el pitido final, conscientes de estar observando el final de una obra irrepetible, de una experiencia casi religiosa.

Como en la serie Years & Years preferimos también la época en dónde las noticias nos aburrían, donde la demencia de la rutina era lo único que nos fustigaba. Echamos la mirada hacia atrás solo para marearnos ante el paso del tiempo y la única certeza de que, aquel recuerdo, aquel equipo, está cada vez más lejos.

“Plac”.

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