La apuesta del todo

Neymar tiene algo de Gabriel García Márquez porque podría protagonizar El coronel no tiene nadie quien le escriba. Un veterano de guerra que espera, desde hace muchos años, la pensión que le corresponde por haber participado en la guerra. El pasado, por inercia o decisión propia, llevaron tanto a Neymar como al coronel a una situación en que el tiempo, imparable, avanza, y la angustia de la espera y la indecisión llama cada día a la puerta de sus casas.

La historia de Neymar con el Barça no ha terminado y puede que no lo haga nunca. Pero hubo una última vez que, de forma traicionera, no nos avisó. Un recorte a la esperanza parisina tras un centro que parecía desaparecer y, con éste, también la utopía. Pero no. Antes de que Sergi Roberto se lanzara al vacío, Neymar ya había escrito el final del relato. Y no lo supimos.

Tendemos a colorear el pasado, aunque las imágenes las pasasen en blanco y negro. La remontada ante el PSG fue la noche de Neymar, pero nuestra memoria se empeña a ofrecernos en primer plano a Leo Messi con el brazo en alto. La imagen. El recuerdo. El puño alzado, el brazalete en su brazo izquierdo, el 6-1 definitorio al fondo en el marcador, unos focos que parecen creados solo para iluminarle, las manos de los aficionados envueltos en una capa de éxtasis eterna.

Convertimos la noche de Neymar en la de Messi y el brasileño firmó el final. La promesa de ser el sucesor de Leo la situaron en el horizonte y remar hasta allí fue un camino demasiado duro para Ney. Messi le construyó la barca y le ofreció los remos aquella noche -y siempre durante su etapa en el Camp Nou-. Inclinó el campo hacía la portería de Kevin Trapp y dirigió la remontada porque con Messi no bastó.

Aun con casi tantos goles por marcar como minutos quedaban por cerrar el encuentro, Neymar pidió rápidamente el balón tras una falta de Di María. Messi, en el pico contrario del área, brazos en jarra, se limitó a observar, como el maestro al aprendiz. El penalti de Marquinhos sobre Luis Suárez llegó por la inercia de aquel que escribió esta historia y querer cerrar el círculo perfecto.

La calle del uruguayo ahogó al defensor brasileño en el mar de la impotencia. Messi cedió ante Neymar, una vez más. Ante Trapp, con el balón en el punto de penal, imaginó el futuro antes que el presente: ir rápido al centro del campo tras marcar más que lanzar el penalti, ser el amo de los tiempos más que esperar su turno, paciente, en el Camp Nou.

Desde que se marchó a París, Neymar tiene algo de Jay Gatsby. El personaje de Francis Scott Fitzgerald que lleva una vida frenética, por todo lo alto, que organiza las mejores fiestas en su mansión, pero que cuando el bullicio desaparece, el vacío se hace insoportable. “Había llegado tan lejos, y su sueño debió de parecerlo tan cercano, que creyó tocarlo con los dedos. Pero lo que no sabía es que ya lo había dejado atrás”, cuenta Nick Carraway.

Neymar vio en aquella noche su final en Barcelona. O su primer final. Su regreso al Camp Nou hipotecaría el futuro del Barça para juntarlo a los últimos años de Messi. Y es que solo una cosa asusta más que la decadencia de Leo: el desierto indescifrable que espera a su espalda. El Barça lo apostaría todo. Todo a un color. O todo a un caballo ganador. Eso depende de la mirada de cada uno. Ya lo dijo Diego S. Garrocho: “No hay nada más moderno que la nostalgia, porque no hay nada más antiguo que el futuro”.

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