Una victoria incomparable

Tengo que confesaros que soy bastante escéptico a este juego tuitero de las comparaciones. Sobre todo por lo que no dice. Atendiendo que el fútbol es colectivo –comparar en tenis tendría más coherencia-, la comparación puede ser entretenida pero es objetivamente injusta por todo lo que ignora, principalmente el contexto del jugador y como este condicionó su capacidad individual. Por eso, la más correcta debería ser entre los dos jugadores más individualistas, cuando la comparativa es menos subjetiva. Ergo, Messi es mejor que Cristiano. La que siempre valdrá más la pena, aunque llevemos más de una década soportándola. También podríamos valorar a otro actor que se ha tenido poco en cuenta: el entrenador. Más congruente por ser el elemento más jerárquico, pero al igual sujeto, en su caso al grupo de jugadores. También, a veces, depende de aspectos extradeportivos pues su impacto no solo tiene una forma objetiva en los títulos que gana sino que también ocupa un lugar singular en la memoria de todos aquellos que lo vivieron. Entre los años 2010 y 2012, dos nombres estaban situados en el epicentro del mundo de los banquillos. Así, cuál fue mejor, Mourinho o Guardiola?

Desgraciadamente no he venido a comparar a estos dos grandes entrenadores sino a hacer un viaje en el tiempo. Mi momento preferido de las grandes historias es los días, las semanas, antes de que sucedan. Ver la transformación de todas aquellas caras, que puede ser que no estén tristes, sino simplemente atrapadas en el vacío de la rutina, de lo monótono, del cansancio. Juegas a ser dios porqué sabes el futuro que les deviene y, mientras las observas, piensas que si realmente pudieras ser un ser superior les mirarías a los ojos y les dirías “tranquilos, estáis a punto de vivir los mejores años de vuestras vidas”. Éramos felices y lo sabíamos. Pero lo que muchos no saben es que, antes de la mejor época que ha vivido el Camp Nou, no estaba del todo claro que su impulsor, Pep Guardiola, acabase recalando en el banquillo azulgrana. Su principal obstáculo, bendita casualidad, fue el que tiempo después sería su archienemigo, José Mourinho. Lo que nos hubiéramos perdido de haber sido así, lo que no hubiésemos podido vivir.

Pero no estoy aquí para hablar de la rivalidad de Pep y Mou antes de la verdadera batalla entre el catalán y el portugués. En tiempos de confinamiento y revisión de partidos nostálgicos, me vino a la mente el partido del Barça B de Guardiola que tuve el placer de vivir. 11 de noviembre de 2007 –lo busqué por internet, soy bueno con las fechas pero no tanto-. Camp de Les Escoles de Cassà de la Selva, un pueblo de 10.000 habitantes a veinte minutos de Girona. Jornada 12 del grupo V de la Tercera División. Cassà de la Selva, decimoquinto clasificado, a tres puntos del primer equipo que marcaba el descenso, recibía al Barça B, tercero a tres puntos del primero. En el banquillo visitante, un Pep Guardiola que seguramente lucía americana aunque el chándal le hubiera quedado igual de bien. En el local, Robert Vila, mi futuro profesor de lengua castellana en la ESO. Antiguo portero, alto, con gafas, poso firme y convincente y un poco más calvo que el Guardiola de aquel día.

El equipo titular gerundense lo conformaban gente sobre todo experimentada mientras el del filial azulgrana lo ocupaban jugadores que lidiaban peor con la expectativa. Oier, Victor Sánchez, Botía, Marc Valiente, Xavi Torres, Víctor Vázquez, Pedro, Marc Crosas, Sergio Busquets, Abraham y Eneko. Algunos más conocidos que otros pero todos fieles a la idea de su técnico, con la que habían conseguido puntuar en diez de los once duelos antes del partido en territorio gerundense.

El estadio abarrotado de gente; 1300 personas, supongo que la mayor entrada de la historia de un club que nació en 1912. Una fiesta popular de domingo por la mañana: el olor a salchicha, el acento de pueblo en los diálogos, el niño despidiendo a su madre rápido y desinteresadamente antes de ir con su grupo de amigos, el nieto ayudando a su abuelo a sentarse. Sin estar todo el mundo a sus puestos, el partido comenzó con ventaja visitante: Xavi Torres, bigoleador aquel día, recogía un balón muerto en el área y enchufaba el primero en el primer minuto. La seguridad de tener ventaja en el marcador se trasladó en el rectángulo y los pases se empezaron a suceder entre los actores culers. Pero el buen planteamiento local y las pequeñas aunque no tanto medidas del campo hacían difícil ser fluido con el esférico, sobre todo en campo rival. El escenario se impuso y Guardiola optó por un juego más directo. El Barça se sentía más cómodo pero el Cassà no vacilaba, muy activo en las jugadas a balón parado. Empate antes del descanso. Pero la inocencia local volvía a poner los visitantes en ventaja des del punto de penalti. 1-2. Momentos después, el árbitro pitaba el descanso y los niños salían disparados a perseguir el balón por el verde artificial.

A los diez minutos de la reanudación llegó el segundo empate, también a balón parado. El revulsivo de Guardiola fue un joven Jeffrén Suárez que estimuló el ataque con poco acierto en la toma de decisiones. El Cassà, más intenso y más terco, aupado por su gente, lo intentó de las mil y una maneras posibles hasta que encontró la remontada de la misma forma que habían llegado los dos goles anteriores: des del balón parado. Falta lateral en el costado derecho, todo el estadio en silencio, Guardiola pensando que no le meten el tercero de la misma manera y Vila pensando que metan el tercero de la misma manera. Saque, rebote muerto, una pausa, un disparo valiente y la locura.

El estadio rugió de éxtasis como nunca. Las salchichas se quemaron, los aficionados de toda la vida se abrazaron sentidamente, los niños, que esperaban con ansias el final para poder saltar a jugar, gritaron de felicidad y el abuelo, que ya la vio venir, se levantó sin necesidad que su nieto colaborase. Almendros, el más menudo, se hizo grande en el humilde campo gerundense y saltó a las redes protectoras de detrás de la portería como si fuese Spider-man. Vila festeaba el hito con los suyos mientras el de Santpedor no se lo creía. Por mi parte, me encontraba con el corazón partido, a medio camino entre la sonrisa de Vila, que además era compañero de trabajo de mi madre, y la derrota azulgrana. Aunque conocía poco a Guardiola y aún menos aquel plantel azulgrana, el escudo me hacía pesar la tristeza. También recuerdo observar aquella felicidad y pensar que en aquel momento absolutamente nadie, ni mi futuro profesor de castellano, se alegraban por haber conseguido los tres puntos. Lo objetivo pasaba a un segundo plano: habían vencido al Barça B de Guardiola. Aquella temporada solo lo consiguieron cinco equipos. La única vez que celebraré, aunque tímidamente, una derrota de Pep. Aquel domingo soleado de noviembre, el día más rutinario junto al lunes, quedaría grabado en la memoria de aquellos que lo vivieron para siempre.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: