Un dia de partit

El siete de marzo, hacia las ocho de la tarde, Leo Messi marcaba el último gol, el único de la victoria ante la Real Sociedad. Diez minutos más tarde, los futbolistas enfilaron el túnel de vestuarios y decenas de miles de personas se perdieron por las calles de Barcelona. Desde entonces, el estadio ha permanecido callado en medio del delirio, a la espera de un mañana que no sabemos ni cómo ni cuándo llegará.

El dinero es la única razón por la que quieren que las competiciones finalicen. El fútbol está cada vez más lejos de la gente y de los aficionados, porque éstos ya son prescindibles. Nada impresiona más que un estadio mudo, vacío. La soledad abruma y el silencio paraliza; las alegrías son menos intensas porque no hay con quien celebrar y las derrotas más abruptas porque nadie reprocha ni tampoco llora. El Camp Nou contemplará la sucesión de partidos sin vida, sin gente.

La falta de fútbol vaciará rutinas, y es que un partido de fútbol no dura únicamente 90 minutos. Los encuentros comienzan el día anterior, incluso antes si se trata de un Clásico o una final. El camino hacia el estadio, por la Diagonal o por la Travessera de Les Corts ya emana ese sentimiento de pertinencia, de formar parte de algo. De ser, de conjunto, de equipo. Es la secuencia de bufandas, banderas y colores en un último tramo a pie.

Bajar a la primera gradería o subir hasta la segunda o tercera, buscar el letrero anaranjado que avisa del número de boca, escaleras hasta la fila pertinente y, entre una sucesión de piernas, gracias y perdón, llegar hasta tu asiento. Soltar un suspiro, un día más. Si existiera un Broadway de estadios, el Camp Nou sería uno de los más luminosos; viejo, pero rebosante de historia. No es el más enérgico, pese a la insistencia de la grada de animación y del rutinario Un dia de partit del minuto 75. Tiene algo del Liceu o del Palau de la Música, un lugar de culto al arte y de contemplación, que enciende espontáneamente en ocasiones extremas. “Es como si tuvieran un gusto diferente y a mí eso me encanta”, dijo Ter Stegen en una entrevista en El País.

Foto vía: FC Barcelona Noticias.

El Barça se globalizó, es un club universal, y tiene seguidores en cualquier ciudad del mundo. Creció tanto, que descuidó sus raíces. El Barça es un ente superior al que una gran mayoría de la ciudad sigue. Sin embargo, se ha distanciado de ésta. El Barça, pese a expandir todo su territorio por el mundo entero, le dio la espalda a Barcelona. Inalcanzable para muchas de las familias de la ciudad, se presenta al mismo nivel que la Sagrada Família, como una atracción turística más.

Cada partido en el Camp Nou se puede contar de cien mil formas diferentes, son millones de historias, de sueños cumplidos, de goles recordados, de victorias y derrotas, de anécdotas y recuerdos duraderos e impermeables al paso del tiempo. Siempre me he preguntado cómo debe ser que miles de personas coreen tu nombre. Messi ha menospreciado la excelencia, ha vulgarizado la alteza, es uno de los pocos que puede hacer erupcionar la calma del estadio. Solo hace falta que su nombre se anuncie en los altavoces. Es un creador de vocabulario, un examen semanal a cronistas y periodistas para seguir describiendo y explicando que fútbol y arte se tocan en algún punto.

El fútbol a puerta cerrada romperá con la rutina de aficionados y jugadores. Ya nadie gritará el nombre de Ter Stegen cuando éste llega a la portería del gol norte, donde coloca sus botellas y toalla y pide un balón al recogepelotas. Un bote, dos. Un par de saltos y preparado para el inicio del partido. No habrán ojos a sus espaldas. Tampoco se iniciará el Un dia de partit hacia el final del encuentro, ni se fumarán cigarrillos exprés al medio tiempo.

El Camp Nou está apagado, ausente. Tiene la forma con la que Iniesta lo observaba, repasando su legado, tras su último partido en el estadio, ante unas luces bajas, íntimas, sentado en el centro del campo. Ya no habrán miles de piernas que hagan vibrar el cemento ni gargantas que acompañen. El Camp Nou dejará de contar muchas historias: las primeras veces de algunos, la rutina de otros, la ilusión de todos. El vacío, el sonido del silencio, recordará ahora más que nunca que, sin vida, el Barça es menos Barça.

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