Un libro sobre Thiago

Fue leer lo que salvó a Jane Eyre. La rima hizo lo propio con Alberti. Mandela habló y habló hasta que Tánatos, sombrío y escalofriante, lo abrazó. Gandhi pidió la paz hasta que la paz le pidió descanso. Thiago rompe líneas sin trabajo. Yo trabajo juntándolas.

No nos engañemos: siempre existe un fin. Siempre. Un fin al que no puedes llegar de cualquier manera. Pongamos un caso práctico: aprovechando el boom mediático, digamos que puedes atracar El Banco de España siempre que tu fin sea paladino. Como lo oyes. Eso sí, siempre que lo lleves a cabo con estilo, con tu estilo. Por si las moscas, te voy a dar un par de consejos básicos, de primero de carrera: procura ser sarcástico, irónico; sé curioso, cuida los detalles. Además, siempre puedes optar por vacilar a la poli con un hurón. Y bueno, si la fauna no es santo de tu devoción, otra opción es ponerte una careta de Dalí, para incrementar el surrealismo del asunto. Hay muchas maneras de crear, muchas formas y siluetas por adoptar y aportar.

Arte sobre arte. El arte del arte. Arte, arte y más arte.

No es nada nuevo: queremos más arte, más destellos, más romanticismo; nada de pragmatismo, déjate de minimizar el fallo y ahórrate también los cálculos matemáticos. Al fin y al cabo, lo que queremos es más Thiago y menos fútbol moderno, menos fútbol moderno y más Thiago.

Thiago es dogma. La cultura futbolística más purista así lo comprende. Es de esos “elegidos” que hacen del mundo un lugar mejor, un lugar más bello. Y es que, no hay nada como empezar el día preparándote una tostada de aguacate con jamón, escuchar en la radio que hoy se juega un Bayern-Werder Bremen, y saber que ahí estará él. Saber que ahí estará el embellecedor de juego que de todo hace sin hacer nada; que hace de la nada el todo y en el todo baila como si nada. Con holgura, libre, despreocupado.

Thiago Alcántara en un partido con el Bayern München. | Foto vía: Livefutbol.

Vive una vida desinhibida repleta de meandros que desembocan en el furioso mar de la envidia blaugrana. Ese resquemor corre y los corroe a ritmo vertiginoso. Circula a ritmo de crucero por las venas de todo aquel que hubiera querido tenerlo de su lado, a su lado. Atado. Sin escapatoria. No hablo solo del graderío más forofo del Camp Nou. También me refiero al entorno culé que todo lo ve; al entorno culé que todo lo plasma; al entorno culé que todo lo absorbe. Thiago es inspiración en vena para cualquier juntaletras que ose escribir algo decente. Atesora clase y elegancia a raudales -decir “a cholón” es demasiado mundano para él-. Thiago es un divo que se gusta -más aun si cabe- según gana cancha conduciendo a sus anchas.

Su conducción es la octava maravilla del mundo con la que nos deleita a todos nosotros, noche sí y noche también. Seas merengue, seas del Dortmund, seas del Rápido de Bouzas o repudies el fútbol con todo tu ser, Thiago es plácido de ver, noche sí y noche también. Nadie me discute eso ¿no?

Pues nada oye, ante la ingente cantidad de respuestas me veo obligado a consultarlo con Afrodita:  

-Tía ¿ahora qué hago?

-Pues nada, escribe un libro sobre Thiago.

-¿Y eso?

-No sé, Joseba. Sin quererlo ni desearlo, caprichos del fútbol, me salen las palabras por arte de magia.

-Por arte y por magia.

-Por Thiago, su arte y su magia.

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