El poder de la palabra

En el fútbol, al igual que en cualquier otro ámbito, la palabra concede un poder incalculable. Al fin y al cabo, se trata de la forma principal de comunicación que empleamos. Ya sea de manera oral o escrita, es la llave que nos abre el mundo de la interactuación. Esta puede usarse de distintas formas y cada uno debe ser consecuente del cómo y el qué dice con ella.

Por los tiempos que corren, se ha liberado mucho el uso de esta. Se ha normalizado usar la palabra como arma, pero no de la forma que le dio Emma Goldman a la expresión. La que fue considerada por el FBI como ‘La mujer más peligrosa de América’ se refería a esta como una forma de lucha y protesta contra la represión en medio de un mundo de guerras. Pero, 80 años después del fallecimiento de la activista rusa, se acostumbra a usar para superar la famosa barrera llamada ‘libertad de expresión’. Esta existe y es un derecho fundamental que cada uno poseemos, pero nos hemos acostumbrado a malinterpretar el término. Como dijo el filósofo Jean-Paul Sartre “Mi libertad se termina donde empieza la de los demás”.

Pero claro, el dicho dice que las palabras se las lleva el viento, ¿No? Quizás para aquel que las emite este enunciado tenga sentido, y quizás para el receptor también. Pero existe la posibilidad de que estas hagan mella en destinatario, para bien o para mal. Se trate de un halago o un consejo, o de una palabra en forma de puñal. Es por ello que se debe andar con cuidado cuando se usan.

Centrándonos en el ámbito futbolístico, esta autoridad reside principalmente en el graderío. Él es el que, con sus gritos y cánticos, puede determinar el estado anímico de un jugador o un equipo. Por desgracia, un gran poder conlleva una gran responsabilidad, y esta parece no ser una cualidad en una parte de los aficionados. Tal vez esta porción sea ínfima, pero suficiente como para ser representativa y ejercer una presión exagerada sobre ciertos futbolistas.

Dentro del FC Barcelona, existen grandes evidencias de lo que vengo a tratar. El Camp Nou es en muchas ocasiones un escenario vital en el devenir del equipo en muchos torneos, pero en muchas otras la exigencia excede unos límites racionales. Estar en un equipo tan sumamente perfeccionista y preciosista es complicado hasta para los más grandes. Con lo que, además de tener un talento exuberante, tienen que poseer una personalidad de hierro para aguantar el chaparrón cuando las nubes de pesimismo sobrevuelen la Ciudad Condal.

La historia de Robert Enke es la más identificativa de ello. El portero alemán, que en paz descanse, formó parte de la plantilla azulgrana desde el verano de 2002 hasta el de 2004. El guardameta se suicidó arrojándose a las vías del tren en noviembre de 2009, cuando apenas tenía 32 años. Según recoge el periodista Ronald Reng en su libro Una vida demasiado corta, el jugador sufría una depresión que mucho tenía también que ver con el calvario profesional que vivió. El detonante fue la pérdida de su hija Leila en el verano de 2006. Pero, antes de ello acumulaba una presión externa e interna que le había causado esta enfermedad.

Robert Enke en un partido con la selección alemana. | Foto vía: Culturizando.

Como trata el escritor alemán en su obra, el cancerbero se obsesionó con Víctor Valdés. No soportaba los aplausos que recibía el catalán en contraprestación de las críticas que le profería desde las butacas azulgranas. El hecho final que le provocó los problemas psicológicos fue el partido contra el Novelda de 2002, que supuso la eliminación del cuadro culé. Enke salió de inicio y recibió tres goles. “Se autoinculpó de forma exagerada y se sintió muy solo cuando Frank de Boer le criticó por su actuación durante una rueda de prensa. Se hizo una idea equivocada de lo que pensaban de él en el vestuario” incluye el escritor en su obra.

Otro caso menos extremo que escenifica esto, es el de Bojan Krkić. El talentoso futbolista irrumpió en el Barcelona cuando todavía Rijkaard estaba al mando, Messi daba sus primeras clases magistrales y Ronaldinho era el que despertaba los ‘olés’ del estadio. En medio de ese hábitat, tuvo un ascenso meteórico. Pronto comenzó a ocupar todas las portadas y su futuro se atisbaba dentro de la aristocracia futbolera. Pero, de la noche a la mañana, todo cambió. Las sonrisas de ilusión se convirtieron en nerviosismo y apatía. Otra vez, una presión exagerada se había cargado sobre unos hombros que no estaban preparados para ella. Además, en esta ocasión eran muy prematuros.

El futbolista llegó a confesar que “No estaba preparado para soportar el impacto mediático”. Quizás este caso fue más por su precocidad, pero el joven tuvo que huir del nido que le vio crecer para poder hacer carrera en el deporte rey. Ahora, tras su paso por Roma, Milán, Ásmterdam, Stoke-on-Trent y Álava, se encuentra al otro lado del charco, en Montreal. Él supo agarrar sus sueños y adaptarlos a sus capacidades personales. Con una exigencia tan elevada, podrían haber llegado a convertirse en un castigo.

Un futbolista más que recientemente declaró haber sufrido por la coacción que le suponía pisar el verde del estadio culé es André Gomes. El luso confesó para la Revista Panenka que “Quizá la palabra no sea la más correcta pero se volvió un poco infierno, porque empecé a tener más presión”. Asimismo, en la misma entrevista añadió que le avergonzaba salir a la calle porque la gente le miraba. Durante sus campañas en la capital catalana, sus grandes dotes no pudieron hacer acto de presencia debido a que se vio limitado por las blasfemias de los anfiteatros.

En este caso, el jugador ha conseguido olvidar los fantasmas que le pasaban por su cabeza cada vez que recibía el esférico. Actualmente, el luso ha encontrado en Goodison Park todo aquello que necesita para demostrar sus enormes cualidades. Hasta su desafortunada lesión, estaba siendo una pieza clave en los planes del Everton.

A fin de cuentas, detrás de cada futbolista, existe una persona con sus miedos e inquietudes. Como aficionados, los tenemos idiolizados como si de robots se tratasen. Nada más lejos de la realidad, cada insulto o gesto que se excede de la normalidad les llega como a todos nosotros. La diferencia está en que, la gran mayoría, se han acostumbrado al foco mediático y, a otro tanto, hasta les gusta ser parte de la polémica. A pesar de ello, en ocasiones no se consigue la fortaleza necesaria y la presión bloquea a los futbolistas.

Coincido en la opinión de que el fútbol es de los aficionados. Es la pieza que permite que todo su engranaje gire, pero hay veces que se exceden límites. En muchas ocasiones conforma esa parte irracional que nos domina cuando los sentimientos nos dominan. A pesar de ello, debemos ser consecuentes con nuestros actos. Pareciendo un gesto insignificante, cada uno es responsable de lo que dice desde su butaca. La palabra es el arma más poderosa del ser humano y no debemos ir gastando disparos hacia objetivos inocentes. El día que se erradique esto, el nuestro será un deporte todavía más bonito.

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