Arrancar

Ha pasado tanto tiempo desde el último verano que ya casi no recuerdo que te había olvidado. El otro día me senté delante de la tele con sincera agitación y sin mayor expectativa que la de ver a unos tipos en pantalón corto correteando detrás de un balón, como suele decirse con sorna descriptiva. Cosas buenas del virus: desde ya haremos lo que nos dé la gana a menudo y sin tapujos. Pitó el árbitro y empecé a pasar lista. Esto no es lo de antes, presente. La Bundesliga la veíamos cuatro, presente. El fútbol no vuelve hoy; ya se jugaba en Bielorrusia, presente. Resulta que ahora todos conocéis a Havertz, presente. Para esto mejor no haber regresado, presente.

Superado el trámite burocrático de la autocertificación twittera, me dispuse a recuperar una pizca de mi normalidad. Arrancar desde el sofá. Mentiría si dijese que el Revierderby me enganchó ipso facto; ni me lo esperaba ni necesitaba que todo recuperase su forma anterior de golpe. Al contrario. Volver a ver fútbol está siendo como meterse en la piscina una tarde de agosto tras dos horas de digestión impuesta: da pereza zambullirse, empiezas por un pie, quieres pero no puedes lanzarte y las autoridades sanitarias —esto es, las madres—insisten en que lo hagas gradualmente. Yo sólo pido que no me empujen al agua. Cada uno a su ritmo, danke.

Han pasado tantas cosas —tantas cosas han cambiado— que he aprendido que el silencio se hace cada vez más raro. Por segundo sábado consecutivo, ayer sintonicé con el Dortmund para dar continuidad a algo en mi vida, lo que sea. Aunque disminuyó mi expectación prepartita, me sorprendí relativamente concentrado durante el choque. Cojonudo, este es el camino. Por momentos olvidé que no había público la rufianesca realización minimiza las tomas con asientos vacíos y pensé en pases y centros, en la falsa torpeza del matador Haaland que acabará en el Madrid o en la finura de Brandt, rojo de esfuerzo, que no acabará en el Barça.

El agua de la piscina comienza a estar templada y puede que muchos nos tiremos a bomba al Bayern-Dortmund del próximo martes. Como espectador, me hallo en mi particular pretemporada y cabe dar las gracias a los teloneros alemanes por abrir las puertas del fútbol. Cito una vez más a Valdano: “jugar con sentido del espectáculo en medio de la desolación de los estadios vacíos es una muestra emocionante de inteligencia evolutiva y profesionalidad“. Total, que ayer andábamos distraídos con nuestras bundescosas y en pleno rodaje cuando nos comunicaron, un poco a bote pronto, que La Liga se reanudará en tres semanas. ¿Ya?

No me canso —de momento— de tocarte sin las manos, de esconderme sin querer detrás de unos ojos cerrados. El ademán inicial fue echar el cuerpo hacia atrás como cuando una volea se marcha por encima del larguero. A ver cómo tengo la agenda, pensamos para ganar tiempo. Cosas buenas y malas del virus: con tanto tiempo para pensar nos hemos vuelto menos reactivos e instintivos. De golpe, un torneo clausura de once fechas en las que, como avisó hace años Luis Aragonés, se decidirá todo. Por suerte, los partidos de Alemania seguirán sirviendo como rodillo emocional para que nuestros ojos lleguen frescos al debut en Mallorca.

De repente toca esprintar sin lesionarse. Arrancar y planificar. Pronto estas líneas volverán a ponderar alineaciones y estados de forma, y siento un vértigo placentero. Me pregunto cómo sentará el confinamiento a nuestra veterana columna vertebral. ¿A quién le costará más tirarse a la piscina del nuevo fútbol aséptico, a los jóvenes o a los mayores? ¿A los jugones o a los atletas? Me gusta pensar que Leo Messi ha vaciado cuerpo y mente y volverá dominador. Si mayo es el nuevo diciembre, el candidato número uno para la Champions parece hoy el Bayern; pero agosto será el nuevo mayo, ¿les perjudicará entonces haber retomado tan pronto?

Cosas malas del virus: plantearse demasiadas preguntas cuya respuesta posee sólo el tiempo. Ya falta menos, ahora en serio.

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