La nueva normalidad es leo messi

Hemos estado tres meses creyendo añorar al fútbol hasta que hoy a las 22 h hemos descubierto aquello que ya sabíamos: era Leo Messi a quién echábamos de menos. La pandemia no solo ha alargado el tiempo como un chicle, sino que lo ha moldeado de forma obscena para hacer que Lío se parezca, lampiño y con peinado de comunión, al de 2015. Hasta la cresta de Arturo Vidal, seña de identidad del Guerrero chileno, lucía más poblada. Incluso el Barça, en determinados tramos, nos convenció que el equipo que estaba en el verde era uno distinto al que vimos por última vez ante la Real Sociedad. Jamás una vuelta a la normalidad fue tan extraña como esta.

Son Moix estaba vacío, pero hablaba. La megafonía del estadio imponía cánticos grabados, remitiendo el partido a las infantiles series americanas y sus risas enlatadas. Un ambiente de cartón piedra que no animó a los locales, sino que generaba una sensación a mentira, a cierta trampa. Arturo Vidal, que se ha pasado el confinamiento corriendo como un poseso en una cinta, atacaba el área al minuto de partido para rematar un centro preciso de Jordi Alba. Apenas nos habíamos acostumbrado a este escenario que el líder ya iba ganando. Con el 0-1 en el marcador empezamos a preguntarnos qué había cambiado. Setién apostó por una suerte de 4-3-3 solo sobre el papel con la novedad de Ronald Araujo y las titularidades de Braithwaite y Vidal en detrimento de Suárez y Rakitic. Aunque parecía un 4-3-3, en efecto era un 4-1-5, con Busquets más fijo y los interiores muy arriba junto a los delanteros formando una línea de 5 que iba mutando. El inicio le sentó bien al Barça, como si durante el confinamiento hubiesen entendido de sus errores y vicios.

Toda la fluidez, propia de las ansias por volver a jugar, nacía del convencimiento en el plan de Setién. Laterales muy arriba, pinchados casi de extremos, Busquets y Frenkie mezclando alturas en salida y un Arturo Vidal que actuaba de martillo pilón, apareciendo siempre para castigar las dudas de un pobre Mallorca. Messi, que venía estando bastante fallón, se alineó con su look de 2015 para recrear un partido maravilloso, como si regalase un clínic de pases, regates, y gestos a todos los que hemos estado tres meses consumidos por su ausencia. Solo la figura de apariencia infantiloide e inofensiva de Takefusa Kubo hizo dudar a un Barça de ideas cartesianas. Y es que el nipón es de los buenos. Debe dolerle al aficionado culé ver la facilidad con la que Take desempeña un fútbol de adultos, esa insulsa facilidad para hacer lo que está reservado a los mejores. Kubo fue la única duda que hizo frenar a un Barça que, por fin, funcionaba como un solo equipo, bien engrasado.

Los problemas institucionales que vivió el Barça a principios de la pandemia parecían olvidados. La mascarilla, nueva aliada de Eder Sarabia, evitó que el segundo entrenador volviera a dejar titulares para la prensa ávida de carnaza, todo parecía fluir en un sentido potencialmente positivo para los intereses de los visitantes. Hubo tiempo para el debut goleador de un Braithwaite motivadísimo que ha reconocido que “todo en el FC Barcelona es enorme. Trato de aprender cada día, de cada detalle”. Una esponja que está absorbiendo todo lo absorbible en estos primeros compases, pues su interpretación del juego es casi perfecta. El gol fue para el danés la consecuencia de muchas acciones positivas, un premio a su hambre y fe. Mientras, Luis Suárez escrutaba con mirada felina cada detalle, esperando volver tras meses de inactividad. Habría tiempo para todo.

Había incógnitas con los veteranos del FC Barcelona. Piqué, Busquets, Messi o Suárez. Si bien son entendibles, con Leo todo parece ser algo innecesario. Solo se rige por sus propias leyes. Regaló balones a todos sus compañeros, regateó tanto como pudo y, en el último suspiro, marcó tras una diagonal a la inversa, de izquierda a derecha y con un derechazo inapelable. El partido no tuvo mayor historia que la que Leo nos quiso contar, sentenciado con el tempranero gol de Vidal y la fragilidad de un Mallorca que tenía en Kubo su particular Aquiles. Fue tan extraño todo que hasta hubo tiempo para que un espontáneo entrase, burlando las complejísimas medidas de seguridad – nótese la ironía-, vestido con la zamarra Argentina de Leo Messi. El gesto exótico de un partido que certificó que el Barça ha agradecido el parón, que Setién ha podido trabajar en sus ideas y que Messi ha vuelto mejor de lo que se fue.

Leo Messi era la Nueva Normalidad. O, por lo menos, la que los culés necesitan. Escribía Lisa Taddeo que la “normalidad es lo más emocionante que existe”, y Messi ha rutinizado de tal forma la excelencia que nos recuerda, día sí y día también, que no hay nada más divertido que la normalidad.

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