Silencios incómodos

– ¿No los odias?

– ¿El qué?

– Estos silencios incómodos. ¿Por qué creemos que es necesario decir gilipolleces para estar cómodos?

(Pulp Fiction)

Entre gradas virtualmente llenas de un nosequé y vacíos tapiados con melodías de videojuegos, el fútbol volvió. Y fueron los toques de Leo Messi, tiernos para unos y tachados de tiranos para otros, los que confirmaron el regreso definitivo. Los sonidos impostados nos impidieron escuchar las caricias de Leo al balón. Un inicio ausente, en la banda, apartado, desconectado; el efecto mariposa. Algunos maquiavélicos toques con el exterior avisaban de la inminente crueldad del diez.

Rellenar silencios fue la negación de la realidad, un maquillaje social con tintes de la vieja realidad, antes de que se nos revelara que el 2020 estaría escrito y dirigido por Quentin Tarantino, aunque con menos pirotecnia de lo habitual. Los sonidos acompañan. No hay nada más placentero que desayunar en el bar y escuchar la máquina del café: el sonido metálico, lo más parecido a un despegue espacial cuando el café cae, sentir el chocar de cucharas y tazas. Por la tarde, ver como la cerveza sucumbe en una jarra espumosa. Y por la noche, el Oh del Camp Nou a las virguerías de Messi y las glorificaciones tras sus goles.

En Pulp Fiction, Mia Wallace dice odiar los silencios incómodos. La Liga, en la misma línea, los rellena. De algún modo, tal y como Beethoven compuso la Novena sinfonía completamente sordo, Messi podría seguir dirigiendo los pases en diagonal sin poder ver, y los recortes en medio metro cuadrado o los tiros cruzados; creando como Stevie Wonder, construyendo puentes donde fútbol y arte colindan. “Incluso si me desmarcase hasta la luna, Messi me haría llegar el balón”, dijo Martin Braithwaite en The Athletic.

Menos el escenario -una secuela Black Mirror-, todo ha vuelto a su cauce. Volvió el fútbol y retornó todo lo que gira a su entorno. Arturo Vidal se autodefinió en apenas 45 minutos: gol llegando desde atrás con un remate impecable y baños de sudor esparcidos por todo el campo, con la tarjeta amarilla como marca de la casa. También regresaron los debates sobre el estilo y el papel del chileno, las posturas darwinistas-vidalistas que alaban los permeables términos de garra, intensidad o lucha, y también su polo opuesto.

La nueva normalidad, con estadios adaptados para rodar una sitcom, se le presenta al Barça con pocas novedades. Con un fútbol aletargado, un ritmo bajo, un Griezmann desconcertado y un Samuel Umtiti cerca de la redención final. Aunque también hay cambios positivos, como el acelerón de un insistente De Jong o la infinita fiablidad de Ter Stegen. Sin embargo, el máximo beneficiado de este maldito 2020 ha sido Braithwaite. Solo giros de guion propios de estos meses habrían permitido que el danés terminase jugando en el Camp Nou.

“Últimamente he notado que el tiempo se pliega o se estira a su arbitrio”, decía Roberto Bolaño. Casi cien días sin Messi y sin fútbol -que, en cierto modo, es redundancia- nos han robado un balón que vuelve a rodar como buenamente puede. Pero ahora, dentro del verde, todo parece seguir el mismo patrón: un Barça a medio gas con un Messi que decide cuando quiere. Lo peor es que después de todo apenas ha pasado nada. La respuesta a cualquier miedo o silencio incómodo siempre estará en el botín de Leo.

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