Balaídos volvió a ser Infierno

Parece que el FC Barcelona vive en un capítulo de Black Mirror. Uno en el que cada día es igual y el protagonista no lo sabe, por lo que encara los problemas siempre de la misma forma. Lo preocupante es que este FC Barcelona sí sabe los problemas, sí conoce las trampas y limitaciones, pero parece que no está capacitado para solventarlas. Es un equipo tan grande que el simple hecho de pensar en que esa grandeza quizás no es tanta les provoca un vacío enorme. Un sentimiento de pérdida, de luto. Porque cada final es el mismo, con el Barça apelando a una épica que no existe con un juego poroso y simplón, con Messi mirando al cielo y Piqué cargando el área. No hay nada peor que la nostalgia, que es la forma menos maligna que tiene el miedo de presentarse. Y el Barça la desprende por todos lados.

Reclamaba el cansado esqueleto azulgrana un lavado de cara. Un barnizado completo en un mueble que se veía desaliñado, a ratos pasado de época. Solo con un Lionel Andrés Messi disimulando la falta de ya tantas cosas que hasta se hace bola citarlas. Emergieron Riqui Puig y Ansu Fati como titulares más por obligatoriedad que por determinación, pero llegados a este punto ningún culé se atrevía a preguntarse los porqués. El atisbo de esperanza que abrían sus presencias dibujaba un aire distinto en los gestos del Barça durante el primer tiempo, como si despertaran de un largo sueño. Ansu y Riqui no dependen tanto de lo acertados que estén, sino que su mera presencia mejora al equipo porque obliga a sus compañeros a estar constantemente despiertos.

Tras la victoria sufrida ante el Athletic, con Arthur – el que debía ser el nuevo Xavi- descansando y mirando hacia Turín, el Celta se presentaba como un escollo imponente. Balaídos siempre ha sido tierra hostil. Durante la primera media hora el Barça de Setién parecía haber recuperado ciertas actitudes olvidadas, enseñando una presión astuta y agresiva, moviendo el balón con inteligencia y ahogando a un Celta que sobrevivía porque el Barça, en su empeño obsesivo por mantener el cuero, se olvidaba, a veces, que tras su espalda se abrían latifundios de tierra virgen. Hasta que Messi decidió decidir, abriendo una nueva vía de exploración ante las trabas que el rival plantea. Ante el Sevilla Koundé se fue a tapar la escuadra propia mientras u compañero estaba tumbado en el suelo para evitar la genialidad. Messi falló. Pero dentro del verde no hay nadie más listo que el 10, nadie que aprenda tan rápido. Y aprendió. Mandó un balón preciso a un Suárez que se aburría de lo solo que estaba. No hay nadie que regale tanta vida al uruguayo como Leo.

Pero el primer tiempo lo marcó Riqui Puig. El jovenzuelo y endeble centrocampista de La Masia se mostró como lo que Setién demandaba en rueda de prensa. Alguien que aprende rápido, que juega rápido y, sobre todo, que no se achanta, mostrando una personalidad poderosa. Con él, Piqué y Messi se mostraron, como durante toda la temporada, los dos únicos pilares capaces de sostener un equipo que no puede pedir más préstamos. El Barça tiene deudas consigo mismo. El partido, aun siendo positivo, apuntaba el mismo desenlace porque los pupilos de Setién hace tiempo que viven tiritando, solo haciendo parecer que tienen la energia suficiente para ir a la guerra. En realidad, todos sabemos que no hay oxigeno, que no hay nada más que una fina costra de vigor, de vida. Debajo, todos es herrumbre.

No tardó el segundo tiempo en mostrar lo evidente. Gerard Piqué, llevaba todo el partido salvándole la vida a Samuel Umtiti, corrigiendo cada error del francés con autoridad pero dejando entrever que las heroicidades solo se entienden de forma puntual, que lo normal es morder polvo. Y así fue. Umtiti, ahora mismo, es una verbena estirada en el tiempo, una pachanga en si misma, una caricatura del que fue un día uno de los mejores. EL Barça se seguía hundiendo en un segundo tiempo que nada tenía que ver con el primero. El orden dio paso al caos absoluto. Y en la barbarie no hay nadie mejor que Luis Suárez, que necesita un palo para armarte una estructura. El charrúa se giró con una velocidad trepidante y endosó un punterazo doloroso. El gol que parecía darle la razón. ¿Cómo le van a sentar? Pero a su alrededor todo eran llamas, oscuros pasillos sin nadie que los iluminase, ruidos extraños. Confusión. Rafinha y Aspas jugaban a algo que el Barçaparecía haber olvidado.

Entraron Braithwaite, Griezmann, Junior y un Arthur que se despedirá de la forma más triste posible. Ningún cambio cambió nada. Porque, en el fondo, el problema no es de nombres, el problema no está en el lago, sino en las aguas subterráneas, completamente corrompidas. El Barça con Valverde era el mismo equipo con distinto traje. Setién puede cambiar el envoltorio, pero el núcleo hace tiempo que dejó de dar calor. Arthur bien lo sabe, quién creció soñando con ser Xavi se irá, frío y desolado, jugando sus últimos minutos en un equipo que le enseñaba cuánto le necesitaba.

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