El Barça se reencuentra en Villarreal

El FC Barcelona ha necesitado verse muerto para volver a disfrutar. El vacío que genera verse caer por el precipicio ha servido de abono para que, en el Estadio de la Cerámica, los hombres de Setién jugasen como llevaban tiempo sin hacerlo. Se reencontraron con el fútbol en el sentido lúdico de esta palabra, porque al final no deja de ser un juego, y este equipo llevaba ya demasiado tiempo sufriéndolo. Incluso Antoine Griezmann, quien vio en la sonrisa irónica de Simeone un tétrico espejo de su presente, disfrutó como un niño. El Barça, aunque quizás ya no sirva, gritó a pleno pulmón que aun sigue con vida para decirse a si mismo que siguen siendo aristocracia.

Setién dejaba a los bisoños Riqui Puig y Ansu Fati en el banquillo ante la letargia del aficionado culé. Volvía Antoine Griezmann y regresaba Sergi Roberto. Setién se ha roto la cabeza para encontrarle hueco al francés, que nunca se ha quejado y siempre ha respondido con una sonrisa a las muecas que el Barça le ha ido brindando como respuesta. Su encaje no es sencillo en un equipo con Messi. El técnico cántabro decidió que, por fin, ambos interactuaran, como si juntase a dos compañeros de clase en el mismo pupitre tras meses separados. Hoy, Antoine se vislumbró en el viejo Calderón. Con Leo y Suárez un peldaño más arriba, Griezmann tuvo la libertad para incidir en distintas fases, apareciendo por aquí y por allí, haciendo uso de su lectura y calidad en el primer gesto. Si de él dependiera, jugaría siempre al primer toque. El francés es un minimalista preciosista.

El partido parecía sacado de otra época. El Barça jugaba como si antes del choque les hubieran quitado las rémoras que llevan persiguiendo a este grupo de futbolistas los últimos meses. Flotaban, correteando por el verde como demonios encabritados, tocando con una finura y una velocidad impropias. Heridos de muerte en su orgullo, viendo como el Real Madrid se acerca con paso firme al título, los jugadores decidieron hacer muestra de su desaparecida condición de favoritos. El primer tiempo fue un golpe sobre la mesa. Si algo no se le puede criticar a Setién es su empeño a la hora de dar una ventaja táctica a su equipo antes de cada partido. Pero este Barça, cansado y ataviado en unas ropas demasiado desaliñadas necesita que desde la pizarra el entrenador haga algo más, que genere tal ventaja que el rival no pueda igualar. Porque el equipo, a partir del minuto treinta, se empieza a caer sin aviso previo, desplomándose en un gesto teatral. Pero no ante el Villarreal.

Hasta hubo tiempo para que Suárez se enfundase su antiguo traje de superhéroe con un derechazo lleno de delicadeza. La delicadeza contundente del uruguayo. Un retal de esperanza ante un ocaso pronunciado. Pero ante el submarino todos querían parecer sus antiguos “yo”. Los jugadores, conscientes de su sorprendente estado de forma, decidieron unirse en largos rondos, en circuitos de pase que evocaban épocas pasadas. Incluso Griezmann dejó una vaselina messiánica. Gol de Messi a pase de Messi, ya todo empieza y termina en el argentino. El francés, a base de observar, ha copiado el gesto insultantemente bueno del astro argentino. Todos sonreían, sobre todo un Setién que respiraba en el banquillo tras notar el sabor metálico de la guillotina.

Lionel Messi en el estadio de La Cerámica.

El segundo tiempo fue una prolongación acentuada de lo visto en el primer acto. La hipérbole del pase continuaba de forma obscena y se acentuaba con la entrada de Riqui Puig a la hora de partido. El canterano inundó de vitalidad un equipo rebosante de energia y, al rato, la chispa de Ansu Fati terminó por estrangular a un Villarreal que se defendía ya solo de forma indirecta. El Barça había cautivado cada metro cuadrado del estadio con su juego irreverente, y hasta Ansu Fati tuvo tiempo de dejar su sello en el marcador. Si algo destaca en el batiburrillo de cualidades terriblemente sorprendentes del niño del Barça es su facilidad para condicionar el marcador. Recibió y encaró con la certeza, en realidad una certeza compartida, de que el balón que conducía acabaría por hacer trabajar a Asenjo. En realidad no fue así, pues el portero no pudo sino mirar el balón mientras entraba, burlón, al fondo de la red.

La sonrisa de Ansu, la hiperactividad de Riqui, la maestría de Leo Messi y la redención de Griezmann. Todo para que Setién tenga, hoy sí, argumentos para defender su carta de presentación: “Mis equipos siempre juegan bien”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s