Un oasis

Llevo toda la vida en La Rambla de Barcelona. Es una relación afectiva complicada, más siendo del Raval. Yo la he cruzado y la he evitado a partes iguales. Mientras guiaba a turistas por la Ciutat Vella de Barcelona siempre les recomendaba regatear los restaurantes con ofertas de sangría y paella, no prestar atención a los comerciales de coffeeshops y avisarles que deben andar con ojo.

A su vez, se me encoge el corazón cada vez que pienso en los atentados que tuvieron lugar en el verano de 2017. Yo estaba viviendo en Rosario, Argentina. Pero lo más seguro era que anduviese por ahí, trabajando, yendo o volviendo. Como a mi padre, que el atentado lo pilló en La Boqueria y tuvo que esconderse unas cuantas horas en un bar cercano. Mi no presencia ese día creo que me ha quedado marcada para siempre, ahí fue cuando me di cuenta que La Rambla está muy dentro de mí y que a pesar de todo, me siento muy cómodo porque es mi realidad más cercana.

El cambio de paradigma que hemos sufrido todos con la pandemia nos deja situaciones que nunca hubiésemos imaginado. En una situación singular y extraordinaria, Les Rambles han vuelto a ser para la gente que vive en Barcelona. Aunque sea temporalmente, pero los vecinos disfrutan de largos paseos por la calle más famosa de la ciudad. Siempre he fantaseado con esa Barcelona pre-olímpica de la que tanto me han hablado. Creo que es una situación que jamás se volverá a repetir. Esperemos. Pero eso no quita la tremenda ocasión para salir de casa y disfrutar de la ciudad que, en numerosas ocasiones, evitamos en demasía. Probablemente no sentimos el centro de Barcelona como nuestro, estamos algo alejados del escenario que se ha dibujado a la perfección para el turismo y que llegamos a ver como una atracción turística, una parte de la ciudad ajena a nosotros.

Y es en este contexto, cuando ves a las barcelonesas y a los barceloneses acercarse sin temor a La Rambla. Una familia comprando helados y charlando mientras disfrutan de una risueña tarde. Honestamente, es la vez que he escuchado a más gente hablar catalán y castellano en La Rambla. ¡Hasta me tomé un gintonic! Lo juro, salí únicamente con la cámara y un camarero me invitó a ocupar una mesa. Estaba yo solo en la terraza, viendo a la gente pasar, sin más, con un gintonic delante mío. Algo que jamás hubiera imaginado pasó. No salió barato, la verdad. Pero creo que por una vez en la vida…

Camisetas de fútbol de todos los continentes, ahí es cuando te das cuenta de la multiculturalidad de Barcelona y la diversidad de su gente. Cuando te aproximas a alguien con una cámara, en un primer instante no está muy predispuesto a pararse para escuchar. Pero cuando le hablas de la camiseta que lleva, entonces la cosa cambia. Sonríen y posan orgullosos con el escudo de su equipo en el pecho. Se sienten embajadores de esos colores cuando andan por Barcelona y La Rambla es una gran pasarela para lucir escudo.

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