Que no se repita

Nunca me han caído en gracia quienes, nada más terminar un examen o entrevista de trabajo, emiten forzados resoplidos y se esconden tras la nada creíble careta del negativismo barato, de los vacuos voy a suspender o no me van a contratar. Como nadie suele tener después el coraje —las ganas— de afearles el postureo académico o profesional cuando sacan un 9,3 o firman un nuevo contrato, caminan tan anchos por los pasillos de la vida pensando, ingenuos, que a estas alturas de la película nos la van a colar.

En fútbol me ocurre algo parecido con los pesimistas por sistema, ya sabéis, esos seguidores plomizos que creen dormir mejor por la noche tras pronosticar que así no se va a ninguna parte y que está claro que vamos a palmar. Su endeble argumento es que poniéndose ¡siempre! en lo peor se disfrutan más las alegrías. Una engañifa para el alma comparable a adelantar el reloj cinco minutos y así llegar diez tarde. Aunque respeto y practico la superstición, no tolero a los cenizos prefabricados.

Por eso me sentí desubicado y profundamente desazonado al encarar la atractiva Final Eight portuguesa con genuino y en mi caso atípico pesimismo culé. Yo no soy de esos. Pero fui de esos, me hicieron serlo. Disfrazado de perdedor con chanclas, me encargué de poner la venda entre mis amistades antes de la previsible herida que nos infligiría el todopoderoso Bayern. Tuve que esforzarme para no emitir resoplidos cobardes como los de los espíritus pobres del primer párrafo.

Por si el formato del torneo o la época del año no fuesen novedad suficiente, por primera vez en tres décadas sentí antes de empezar que saldríamos trasquilados; y lo que es más grave, en el tramo final del choque anhelaba —o para ser precisos, encontraba cierta utilidad a— un marcador abultado. Algo hemos hecho mal si un optimista radical se ve poseído por el negativismo que detesta. Algo hemos hecho mal (bis) si un culé monoteísta coquetea con la idea de una estruendosa goleada bávara.

Fluyen ríos de tinta sobre cuán beneficiosa puede resultar una derrota y abundan las frases de autoayuda acerca de la importancia de tocar fondo para reconstruir. No sé, no sé. En condiciones normales me desmarcaría —como no hacen nuestros titulares desde hace tiempo— de tan manidos tópicos, pero si algo deja claro este 2020 es que pisamos terreno fértil para la experimentación. Vivimos una época literal y figuradamente sin precedentes. No lo digo yo, lo dicen las búsquedas en Google.

Fuente: Google trends

Así que fingiré ser quien no soy, me dejaré suplantar por otro como en la timorata vigilia del choque contra el Bayern; aguardaré en silencio la revolución que nunca llega. Aseguraré con la boca pequeña que una derrota mayúscula es justo lo que necesitábamos. No le diré a nadie que no le encuentro provecho alguno al batacazo, me haré el sueco y confiaré en que un holandés meta mano al vestuario. Me dejaré llevar porque, como dijo un sabio, ir siempre contracorriente es seguir la corriente.

Acepto las arenas movedizas que toca transitar. No me preocupa tanto perder como salir al campo derrotado a priori; no le tengo miedo a la desilusión, me da pánico no volver a ilusionarme. Estoy dispuesto a tolerar que no sea como ayer con la condición de que exista un atisbo de hoy, una idea de mañana. Deseo volver a engancharme y disfrutaré del sufrimiento con la pasión que se ha llevado el desencanto. Al nuevo curso sólo me atrevo a pedirle una cosa: que lo del anterior no se repita.

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