¿Y de qué sirve ganar la Champions?

Iñaki María Avial | Tw: @mariaavial

Está claro que nadie olvidará fácilmente el mes de agosto más inesperado de nuestras vidas. Pero este será recordado, sobre todo, por el aficionado culé. Venimos de varios días donde algunos no han pegado ojo. Y muchos otros, incapaces de mirar más allá del presente, habrán dormido esta noche mejor que nunca. Pero la realidad es que esto no ha hecho más que empezar. Porque el contrato de Leo expira en diez meses donde muchas cosas deben –y pueden– cambiar para que decida continuar, pero en los que ni siquiera se sabe si la temporada se va a poder completar.

El gran estandarte del FC Barcelona y del fútbol mundial, un tipo al que no le gusta hablar con la prensa de lo que ocurre de puertas para dentro, se ha visto obligado a hacerlo. O quizá lo haya buscado. Pero eso solo lo saben él y los famosos entornos. Puede que todo esto haya sido un plan estratégico del que el rosarino salga nuevamente muy bien parado y donde Josep Maria Bartomeu quede sentenciado de una vez por todas, sin que el argentino se haya manchado las manos manifestando explícitamente que algunos jugadores tienen más poder de decisión que la directiva. O también puede ser que Lionel Messi, realmente, quisiera abandonar el lugar que le cambió la vida y donde él mismo reinventó el fútbol. Pero todo eso son conjeturas. Coherentes, pero tan solo conjeturas.

Una de las pocas certezas que se pueden sacar de todo esto es que el jugador que durante años fue omnipotente ha dicho, sin titubear, tres palabras difíciles de olvidar en el Camp Nou. Está a disgusto porque “no hay proyecto”. Y las ha pronunciado acompañadas de otra frase que parece reflejar sus intenciones en el ocaso de una carrera a la que el palmarés le ha dado la espalda y se ha convertido en una obsesión: “los últimos años que me quedan los quiero disfrutar y competir por ganar la Champions, siempre fue lo que quise. Después puedes ganar o no, porque la Champions es muy difícil”.

Tras 20 años donde Messi se ha vaciado en todos los sentidos, como mínimo, debería tener el derecho a decidir. Y, tarde o temprano, lo tendrá. Concretamente será en junio de 2021. Lejos de abogados. Pero, pensándolo con frialdad y después de dar otra lección de barcelonismo, lo que realmente le falta a su carrera no es llenar sus vitrinas, ni mucho menos levantar otra Champions. Leo debe rebelarse contra el nuevo fútbol que les ha destronado a él y a su Barça, y demostrar que aún tiene más argumentos que nadie para volver a ser el rey, sin que nadie más coma en su mesa. Pero, para ello, aunque no lo parezca, Messi necesita más al Barça de lo que el club le necesita a él.

Lionel Messi abatido con el brazalete de capitán.

Leyendo entre líneas, la conclusión que se saca de todo esto es que el argentino no ha perdido la voracidad, pero sí ha dejado de disfrutar sobre el campo. Algo que, por cierto, ya se sabía antes de viajar a Da Luz. Pero, por suerte para el Barça, o quizá no tanto como algunos creen porque la renovación a medio plazo para Ronald Koeman es más difícil con Leo que sin él, la ecuación para ganar la Champions nadie es capaz de resolverla como lo hace el OL femenino.

A día de hoy no hay mejor destino para Messi que Barcelona, porque lo que él necesita es demostrarle al mundo que estaba equivocado. Una vez más. Y que aunque el corazón le pida ganar otra Champions como a LeBron James se lo pide ganar otro anillo, también tiene la oportunidad de pensar más allá de lo tangible como lo hizo en su día Kobe Bryant. Pero, paradójicamente, el “23” todavía tiene menos anillos que el “24” y, aunque siga persiguiéndolos cambiando de colores y ahora los busque en Los Ángeles, el gran emblema del Staples siempre será propiedad de Kobe. La estrella que agrandó su leyenda haciendo oídos sordos al ruido mediático y pasó a la historia, además de por clase, por darle la mano a sus Lakers en las buenas y en las malas.

Si Messi se acaba marchando a otra liga puntera en Europa, supondría el golpe anímico más duro en los 120 años de existencia del club blaugrana. Y probablemente en toda la historia del deporte rey. Por lo que supondría ver al que ha sido –y probablemente siga siendo– el jugador más diferencial del planeta abandonar la liga que ha dominado el fútbol durante la última década y que ha visto cómo perdía su hegemonía por la fuga de talento.

El mensaje de Messi sería algo así como “me voy a un equipo que me haga ganar títulos porque, en el club que me lo ha dado todo, ya no me veo capaz”. Sería aceptar la mayor derrota de su carrera y aliarse con el que ha sido su peor enemigo. Sería decirle al mundo “ya que no puedo competir contra las potencias emergentes, prefiero unirme a ellas”. Porque muchas estrellas que soñaban con vestir de azulgrana, ahora ya no lo hacen. Neymar fue el mejor ejemplo. Y eso es un problema con el que Messi está condenado a convivir el resto de su carrera; pero que, si acaba colgando las botas en la ciudad condal, supondría dejar el mejor legado posible. En forma de lealtad y sembrando un hito sin precedentes para un megacrack de clase mundial, en el equipo de su vida.

De lo contrario, si finalmente Messi abandona el Barça, corre el riesgo de ser recordado como el extraterrestre que no ganó prácticamente nada después de la era Pep. Aunque nada más lejos de la realidad. Y además, los culés quedarían muy dolidos si ven cómo el hijo pródigo se alía con el enemigo. Su gran asignatura pendiente, más allá de los títulos que a día de hoy nadie te garantiza, realmente es demostrar que fue el mejor cuando jugaba con los mejores, y que también puede liderar a su equipo mientras este empieza a construir un nuevo ciclo. Las dos partes se necesitan más de lo que puedan pensar en caliente. El Barça, para volver a demostrar que es més que un club. Y el “10” para olvidarse de que ganar es una obligación y empezar así a disfrutar del trayecto más que del destino. El fútbol se merece una lección. El dinero y los títulos no todo lo pueden comprar.

Llegados a este punto hay que afrontar la realidad. Messi no va a estar en ningún sitio mejor que en Barcelona. Pero, siempre y cuando, el club priorice reencontrar una identidad reconocible a levantar más trofeos que el resto. Y, de hecho, lo primero suele conducir a lo segundo. Nadie es más reconocible a día de hoy que el Liverpool de Klopp o el Bayern de Flick, los dos últimos campeones de Europa. Ganar la Champions está sobrevalorado. Lo que realmente ilusiona a un club y a un jugador de esta entidad es sentir que tus rivales te temen, que se sientan inferiores a ti, independientemente del resultado.

Donde muchos ven la mayor crisis del club y del jugador, yo veo una oportunidad para cambiar un fútbol que, cada vez más, se está olvidando de que la forma es tan importante, o incluso más, que el fin en sí mismo. Ambos tienen el enorme reto de frenar, juntos, la evolución del fútbol. Ganar la Champions con el City o con el PSG, aunque nunca lo hayan hecho, sería lo normal. Lo fácil incluso. Sin embargo, ganarla –o simplemente competirla que es lo que Leo añora– en un Barça al que muchos dan por muerto y donde hambre no debería faltar, serviría para dejar la mejor herencia posible. Siguiendo el camino que casi nadie sigue. Y si de paso levantase también una Copa América o un Mundial, supondría poder mirar al mundo por encima del hombro. Pero, ante todo, se aseguraría un legado que está por encima de los títulos. Porque, a veces, la victoria va más allá de marcar más goles que el rival.

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