El pulso de cada año

Me enfado y no respiro. Aunque no pretendía hacer gala de ello ni tiene mérito alguno, hace un par de semanas confesé aquí mi decisión unilateral de dar la espalda al Barça mientras no hubiera nada en juego. No estaba el horno para amistosos. Mi actitud quinceañera, por inocua y cargada de simbolismo, me permite arrancar La Liga liberado y con algo parecido a una conciencia tranquila. No sé si los jugadores pueden decir lo mismo. Cuando esta noche ruede el balón observaré a los míos con la mochila de los prejuicios relativamente vacía y la sensación de haber hecho los deberes. No sé si la directiva puede decir lo mismo. Soy consciente, eso sí, de que tras el conveniente enfado se abre paso —puntual, otoñal, crónica— la maldita ilusión renovada. Un año más que es a la vez un año menos, porque hay exámenes traicioneros en los que todas las respuestas son correctas o lo parecen. En palabras de Simon Critchley, “lo que te mata del fútbol no es la decepción sino la esperanza continuamente renovada”.

Algo se muere en el alma. Renovar los votos con tus colores es asumir cada temporada un pulso infinito entre corazón y cabeza. Spoiler alert: en mis dilemas suele imponerse el primero. En los últimos días, de golpe la revolución azulgrana pasó de parecerme de bolsillo a no caberme en el pecho. En su despedida con traje y ojos lúcidos, le grité a Suárez que no quería verle con otra (camiseta). Y es que sólo el balompié logra zarandear mi moral y situarme ante cruces de caminos fascinantes. Uno sabe que es hora de separarse y aún así llega el día y no lo soporta. En teoría sonaba bien lo de relevar al delantero centro; en la práctica hubiese roto el finiquito del uruguayo en mil pedazos y esta noche sería titular con la ‘9’. Por eso y por suerte el aficionado no debe tomar decisiones tangibles ni subir sueldos ni ampliar contratos ni repartir petos entre titulares y suplentes. Por eso y por suerte nuestro departamento es el de los intangibles: el mosqueo veraniego, la indignación con emojis, la absolución esférica.

Silencio, se juega. Con las competiciones recién reanudadas tras el confinamiento, escribí que “viniendo de donde venimos, no le pedimos mucho al fútbol”. Mi estado de ánimo no ha cambiado. La frase sigue encajando como un guante en este Barça azucarillo que ni pudo ni probablemente quiso tras el parón. Es por eso que me acerco al nuevo curso de puntillas como quien acude con nocturnidad a la nevera. El pulso con el corazón lo doy siempre por perdido. Con Ronald ‘Intensidad’ Koeman al mando, cabe esperar que los culés recuperen el hambre ya desde el debut liguero. Si el equipo muestra que quiere dará sentido a nuestra esperanza renovada y podremos mirar para otro lado y tolerar que aún no pueda. El holandés traga y demuestra más cintura como técnico que como central, por lo que merece crédito y presunción de inocencia en el arranque. Con lo deportivo y lo institucional patas arriba y un Messi cariacontecido, sería temerario e incauto esperar fuegos artificiales sobre el verde.

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