Acelera, Frenkie

Bajón de selecciones. A Arrigo Sacchi se le atribuyen tantos aforismos como patinetes encuentra uno por la calle en estos tiempos de mascarilla y fútbol con eco, así que considérese el siguiente entrecomillado una licencia poética: “el mejor equipo del mundo nunca podrá superar a la mejor selección”, afirmaba el brillante estratega italiano en los 90. Después vinieron la Ley Bosman, la globalización y la reinante cultura de jugadores franquicia e Instagram followers para remontar el partido en favor del fútbol de clubes, cuya hegemonía dura ya dos décadas y subiendo. Las bicicletas y las selecciones son para el verano. No recuerdo un parón que me haya sentado bien como consumidor balompédico y el otro día descubrí un nuevo argumento mientras escuchaba un podcast y esquivaba patinetes por el centro de Milán: el desorden de los partidos internacionales, que se disputan entre la anarquía regional (cada Federación fija sus horarios, a veces separando los choques sólo un cuarto de hora) y la heterogeneidad competitiva (encuentros oficiales mezclados con amistosos que estaban fuera de lugar ya antes de la pandemia). Esta sistemática pausa fisiológica es, por tanto, insoportable para cualquier alma fantasiosa pero en el fondo simple, para cualquier alma muy ordenada como escribió Javier Marías en el poderoso arranque de El Hombre Sentimental. En suma, si tuviese algo de positivo lo llamaríamos acelerón de selecciones.

Dónde lo dejamos. El inicio liguero del Barça estuvo impregnado por un ímpetu inusual que concluyó con olor a embrague tras la tercera y menos sólida actuación del equipo, cuya trayectoria descendente carga de razones tanto a los del vaso medio lleno como a quienes ven medio vacía la zona ancha culé. Otrora superpoblada, slim fit en los primeros compases de la era Koeman. Y es que además de aportar innegable frescura y anhelado dinamismo, el 4-2-3-1 del holandés valoriza las virtudes de miembros ilustres de la plantilla en la trequarti y al mismo tiempo exige superpoderes a los intérpretes del —aquí va la segunda licencia poética, venid de uno en uno— doble pivote. Doble porque son dos, que todo hay que explicarlo. La sala de máquinas requiere corazón, cabeza y piernas, ingredientes que componen la receta de ese prototipo de jugador moderno y racional que es De Jong, llamado a liderar el equipo desde las casillas centrales del tablero. Busi y Pjanić luchan por ser el veterano escudero que le permita soltarse la melena. Su parón fue acelerón y contra Italia exhibió despliegue, protagonismo y proyección ofensiva ante la atenta mirada de un Koeman que, recordemos, acaba de cambiar fútbol de selecciones por hegemonía de clubes. Sacchi hubiese estado encantado de contar con un líbero de la talla de Ronald en los 90 y seguro que lo entiende. Las llaves a Frenkie, que sabe que hoy toca cambio de chip ante un Getafe que “no juega para entretener al público”.

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