La oportunidad del bosnio

El fichaje estrella del FC Barcelona aún no termina de carburar. Después de un intercambio multimillonario entre la Juventus y el conjunto azulgrana, todo parecía indicar que el experimentado centrocampista Miralem Pjanic sería quien llevaría la batuta y marcaría el ritmo de juego de un bloque que necesitaba un cambio en la sala de máquinas como el comer tras el 2-8 de Lisboa. Tras llegar a la ciudad condal habiendo traído consigo el Covid-19 y una preparación física inferior a la de sus compañeros, ha tenido que esperar pacientemente su momento. Ahora, una vez que se duda del rendimiento de los dos pivotes azulgranas, Miralem está listo para aprovechar la oportunidad de asentarse como titular en el Camp Nou y, ya de paso, hacer que el equipo baile al son de su música -en este caso, al son de sus pies-.

Desde su llegada a Roma en 2011, Pjanic ha sido el eje sobre el que todos sus equipos giraban. De la misma forma que el controlador portuario de los buques, navíos, lanchas, góndolas y demás embarcaciones que entran y salen de Venecia en pleno agosto, el centrocampista bosnio dirige al detalle y con exactitud cada uno de los movimientos previos al ataque de su equipo para que todos acaben llegando a buen puerto. De esta forma llegó a hacerse un nombre en la élite europea, codeándose con figuras como Xavi, Iniesta, Gerrard o De Bruyne.

Una de las cosas que más asombran de Pjanic es que su tipología actual de juego es divergente al de la mayoría de centrocampistas. Pongámonos en contexto. Futbolistas como Paul Pogba o Kevin De Bruyne tienen un físico privilegiado que les permite ocupar anchas zonas del rectángulo de juego durante prácticamente la totalidad de un encuentro y, aún así, realizar cambios de ritmo como si jugaran al “pilla-pilla” en el patio del colegio. Otros, en cambio, como Sergio Busquets o Fernandinho usan su inteligencia táctica y técnica para deshacerse de la presión rival sin apenas dificultades pese a sus limitaciones o carencias físicas.

Miralem se desenvuelve con el freno de mano quitado, cuesta abajo y sin frenos. Y aún así, siempre triunfa. Simplemente porque su visión de juego y templanza para pasar, tanto en corto como en largo, puede con sus rivales. Él sabe cuando debe acelerar y cuándo frenar, cuando girar y cuando esconder. En cierta medida, es un trilero de circo, de esos a los que nadie nunca han conseguido destapar por la elegancia y sofisticación de sus trucos, pero que siempre se llevaba consigo el botín. Similar en muchos aspectos al Cesc Fábregas que vimos triunfar en Londres -en el Emirates y en el Bridge-, dominadores de los espacios y los tiempos. Es por eso que, en motivo de su ausencia, el agujero dejado en ese hueco de la medular, llega a veces incluso a ser mayor que la densidad que esconde la conocida “butxaca màgica” del famoso gato cósmico, Doraemon. Que se lo pregunten sino a Andrea Pirlo y a su centro del campo este curso en la Juventus, carente de una personalidad fuerte que domine y haga suya la zona más ancha del terreno de juego, poniendo en entredicho figuras como Bentancur, McKennie, Ramsey o Arthur.

La figura de Miralem Pjanic no puede quedar relegada a un segundo plano, sobretodo tras el exponencial crecimiento que ha ido adquiriendo su juego a lo largo de los años y la importancia de los equipos en los que ha recalado. Ese fútbol jugado de manera tan simple a nuestros ojos, pero extremadamente complejo cuando, un simple aficionado como nosotros, recibe el balón y éste te quema en los pies. Con futbolistas como Pjanic el arte de lo sencillo jamás podrá ser olvidado. Y ya va siendo hora que Ronald Koeman otorgue al bosnio el lugar que le corresponde.

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