Mentir hasta engañarte

Simón nació y creció admirando a su primo, a quien le envolvía un aura mágica. Quien abría la puerta del ascensor con un chasquido, quien le dejaba libros en su cama cada domingo. El mundo bailaba al ritmo de Rico, su héroe, y Simón acabó adoptando su forma. Aunque su primo, algunos años mayor que él, ya había comenzado a escribir el prólogo de la catástrofe. Ante los ojos de Simón, todo ilusión, un mundo por conocer.

Riqui Puig, hijo de la crisis, nació y creció admirando a Xavi e Iniesta. Quienes escondían el balón, quienes fundían fútbol, arte e ilusionismo. El mundo observó cómo aquel Barça imponía un ritmo inalcanzable, un lenguaje imposible de descifrar. Los primeros recuerdos futbolísticos de Riqui son los mejores años del mejor Barça. Y de aquella nostalgia, su esperanza. Un Camp Nou por conquistar.

Riqui pasó toda su formación entrenando para convertirse en un xaviniesta. Porque el xaviniesta no son Xavi e Iniesta, sino una forma de entender el fútbol, incluso la vida -con sus valores y objetivos-, con La Masia como epicentro. Por eso es -fue- especial el Barça: por buscar en casa lo que faltaba y salir a comprarlo fuera si no existía. La cantera es un instrumento pedagógico, futbolística y socialmente, que necesita en el último eslabón a una directiva valiente que apuesta por ese xaviniesta y un entrenador que tiene la última palabra.

Dice Miqui Otero, autor de Simón, que “las sorpresas llegan siempre cuando doblas la esquina, sea de las paginas o de las calles”. Y Riqui, tras años de amoldarse y acercarse a la esencia del canterano blaugrana, chocó con la pared vertical del primer equipo. Ni Valverde, ni Setién ni Koeman le dejaron escribir una línea en sus páginas. Ni siquiera una esquina en el que apuntar con lápiz su nombre.

Los domingos, en el Mercat de Sant Antoni de Barcelona, el barrio de Simón, decenas de niños se reúnen para intercambiar cromos de La Liga. Y existen algunas normas no escritas. Un Messi no pueda cambiarse nunca por un -pongamos- Koke. Pero si a este último le sumamos un Benzema y un Parejo, el poseedor del Messi podría pensárselo. Servidor tiene grabado en su memoria cuando su padre le compró por cuatro euros un cromo de Ronaldinho y no quería engancharlo en el álbum porque, sino, sería como el resto de cromos. Quién sabe si en un universo ficticio, un día Riqui Puig, buscando los cromos de Xavi o Iniesta, se cruzase con un Simón que regentaba una de las paradas de libros del mercado, los Libros Libres.

 En los tristes Barça de Valverde y Setién, Ansu Fati y Riqui emergieron de las ruinas y se convirtieron, junto a Leo, en los únicos elementos diferenciales. Ansu por la energía en el regate y la facilidad por encontrar el gol, Riqui por la electricidad con el balón. En el de Koeman, el cambio de sistema se planteó como una apuesta definitiva por un De Jong como timón, como una oportunidad para Pjanic, como un problema para Busquets -más carente que ayudado- y como una renuncia hacia Riqui y Aleñá, desertados.

Antes jugábamos al Simón dice (Simón dice que cierres los ojos, Simón dice que todos quietos), ahora Riqui, aún con aspecto pueril, lo emula sin ninguna respuesta al otro lado. Riqui dice que quiere jugar. Riqui dice que quiere el balón. Y, por momentos, su desaparición hace pensar en el fin de una forma de entender el fútbol. En el fin de aquellos centrocampistas que luchaban contra gigantes y que representa Pedri con cierta soledad. Dice Miqui Otero que “todo consiste en mentir hasta que consigues engañarte”. También sucede con el relato de la fuerza y la intensidad, conceptos tan denostados que ya carecen de sentido.

Simón veía en Rico una persona a la que emular, pero quien empezó por prometerle un mundo entero terminó resultando ser un impostor. Riqui veía en aquel xaviniesta un modelo, pero preso de su cuerpo liviano y por cómo entiende el fútbol, Koeman le cerró la puerta del primer equipo. No sirve. Y el Barça, abrazado a la herencia de Rosell y Bartomeu, ha descuidado las formas, porque viene de perder y necesita ganar y porque Leo se va apagando. Y sin conocer el camino, el Barça nunca supo encontrar el final.

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