Cicatrices

Dice Nick Hornby que “a los obsesos les está negada toda clase de perspectiva sobre su propia pasión”. El aficionado del Barça tiene la capacidad -ya convertida en defecto- de imaginarse a un equipo con posibilidades de ganar por lo que fue en su día y por tener a Leo Messi. Pero de aquel equipo solo quedan ruinas y Europa lo evidencia cada año. La esperanza crece en el día a día de la Liga, pero al llegar a Champions el Barça se estampa contra un muro de hormigón en forma de Roma, Liverpool, Bayern y, esta temporada, PSG. 

El regreso al once de Gerard Piqué llenó el silencio imperante del Camp Nou. Los micrófonos captaban los mensajes que el central mandaba a sus compañeros, obligándolos a no bajar el pistón. El equipo se debatía entre el miedo y la esperanza. Esperanza porque el penal convertido por Messi volvió a hacer creer que el Barça estaba preparado, que de la remontada en Granada había nacido un conjunto distinto, fresco y combativo. El miedo quedó apartado durante unos minutos, pero cuanto más balón aglutinaba el PSG, más pequeño iba haciéndose el Barça. Kylian Mbappé, que se dedicó a jugar con un inocente Dest, demostró que la esperanza no era más que un castillo de naipes que ocultaba todas las inseguridades. Tras el empate, la cicatriz del Bayern -el sentirse inferior, sometido y con el temor de ver crecer el marcador- volvió a escocer. 

Desde Lisboa, el Barça tan solo ha conseguido sacar adelante un partido importante: el de la Juventus en Turín, sin Cristiano Ronaldo. La personalidad del equipo también se mide en las derrotas ante Madrid, Atlético, Juventus en casa, Athletic en la Supercopa, Sevilla en Copa y ahora el PSG. Ya no importa cómo llegaba el equipo, que era en el mejor momento de Koeman, porque el Barça en Champions se ahoga, se deshace, incapaz de superar el trauma que comenzó en Roma y emerge cada año

“La nostalgia es negación, negación del doloroso presente”, decía Woddy Allen en Midnight in Paris. El Barça seguirá haciéndonos creer que puede ganar, porque es demasiado triste tener que aceptar una verdad que nos dice todo lo contrario. Es de lo único que Messi tiene culpa: de hacernos creyentes hasta en los momentos más bajos. Es más difícil para un equipo que no consideraba la derrota como parte de la realidad y que ahora se ve obligado a vivir con ella.

Al Barça le queda un partido esta temporada: la vuelta de Copa. Remontar sería una bombona de oxígeno para un buzo perdido en la oscuridad del océano. Perder, reabrir una cicatriz y llegar desangrado a mayo. Terminar la temporada en marzo en una temporada como esta puede ser demasiado doloroso para el futuro, demasiado vacío futbolístico que se llenaría con especulaciones sobre Messi. El Barça sigue siendo la herencia de Rosell y Bartomeu. Dejaron un equipo desalmado, triste e impotente que se empeña en buscarle nuevos motivos a Leo para abandonar Barcelona. Si había atisbos de esperanza para que el argentino regalara al Camp Nou una temporada más, golpes así pueden acabar modificando un destino cada vez más incierto. 

Con los restos de quienes hicieron grande al club, el Barça ha vuelto a la línea de salida. Ya no puede medirse con los grandes de Europa, ha dejado de hablar su lengua. El futuro pinta mal para los más optimistas. Pero el futuro lleva presente desde hace cuatro años. 

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