Foc nou

A Hard’s Day Night. Retumbó el pitido final en un Camp Nou distópico decretando el estado de ánimo que reina en Can Barça: sistemática incredulidad. Por inesperado y a la vez peligrosamente familiar, el eurobaño me recordó la escena en la que Jack Malik canta Yesterday ante sus estupefactos amigos en la homónima comedia musical. El artista de segunda fila no da crédito: un apagón global ha suprimido a Los Beatles de la memoria colectiva y de repente dispone de carta bianca para relanzar su carrera apropiándose de las pegadizas canciones del cuarteto de Liverpool. Coqueteo con la idea de un lavado de cerebro masivo que borre para siempre proezas (han sido muchas) y resbalones (menos, aunque últimamente al alza) de nuestros ídolos de juventud, patrimonio emocional de un barcelonismo adulto que no sabe cómo tratarlos. Quizá sólo la frialdad funcionarial del olvido resolvería el dilema existencial al que nos enfrenta el insoportable presente con Messi, Piqué, Busquets o Alba en el campo: ¿borrón y cuenta nueva o componer los éxitos de un futuro que no llega aferrados al glorioso pasado que se aleja?

Help! I need somebody. Juve, Roma, Liverpool, Bayern, PSG. Hace un lustro que la intensidad del bofetón dejó de tener relevancia. Los nuestros encajan y vuelven a encajar. Duele que ya no duela. Todos intuimos la solución —si no inmediata en lo deportivo, al menos emotiva— y nadie se atreve a apretar el botón de “Eliminar Mito”. Aunque el limbo sensorial es comprensible entre aficionados que pensamos con el corazón, no debe impedir la actuación firme de unos dirigentes que usen la cabeza. Las elecciones serán agua de marzo para un club acéfalo durante demasiado tiempo. Urgen decisiones estratégicas de las que hieren hoy y curan mañana. O pasado. Mientras tanto, el Barça sigue instalado en la negación del doloroso presente. Lo escribo en templado. En caliente, Jordi Cardero apuntó que el equipo “seguirá haciéndonos creer que puede ganar porque es demasiado triste aceptar una verdad que dice todo lo contrario”. Sobre el césped, nuestros tótems son ya más facilitadores para la juventud emergente que intérpretes autosuficientes y diferenciales. En efecto, me ha costado escribirlo.

Messi, Busi y Piqué tocaron el cielo en Wembley. Han pasado 10 años…

Revolution. De Valdano aprendí que “para pensar, la pasión es malísima”. El crédito acumulado por los jugadores franquicia a lo largo del período más brillante de la historia azulgrana se acerca al concepto de ilimitado. No logro ni quiero poner un pero a mi Messi, mi Piqué o mi Busi. En el fútbol no busco justicia o simetría. Nos hemos querido y asumo que cuando nos separemos nos irá peor a todos. Lo que no significa que no haya llegado el momento de hacerlo. Foc nou. No caben pañoladas metafóricas ni enfadarse más de la cuenta. El Barça no toca fondo cada curso ni recibe ‘baños de realidad’ en Europa porque su realidad es vivir en el fondo, que la dejada se quede en la red, la tostada caiga del lado de la mantequilla y la moneda al aire salga siempre cruz. Sólo un radical cambio de cara pondrá fin a la agonía de las expectativas que arrastramos desde hace media década. Como los temas que Jack Malik hizo suyos por el bien de todos, los mitos culés son patrimonio universal. Ante la imposibilidad de olvidarlos, cada minuto con ellos tirando de un carro encallado en el derrotismo erosiona el recuerdo. Que alguien pulse el botón. You know it’s gonna be… alright.

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