Mentalidad de tiburón

En algún lugar remoto del mundo debe de existir un guionista que escriba estos partidos. Entre botellas vacías y rodeado de un humo espeso, se sigue exprimiendo para llevar su imaginación hasta el límite y que la realidad siga superando a la ficción. El fútbol no espera a los héroes. Ser mejor o la estrella no te da más tickets para la tómbola del elegido, es algo más democrático. El gol de Martin viajará de generación en generación en la familia Braithwaite, pero no dejará espacio a interpretaciones hiperbólicas porque Martin ya es la más fiel representación del surrealismo. Uno de esos errores errores del sistema que da pie a promocionar su modus vivendi: la mentalidad de tiburón. 

El guionista, en un arrebato de locura, decidió reproducir el sueño de Braithwaite. Como premio a quien pidió el diez cuando Messi trataba de escapar, a quien se quedó con el nueve y vive en la más absoluta felicidad tratando de esquivar ruinas. Aunque, como en El pianista, incluso en los escombros sobreviven atisbos de esperanza, algo a lo que agarrarse. O crecer. La historia de Braithwaite no es ni tan siquiera de superación. De un día a otro se encontró embutido en la camiseta del Barça, jugando al lado de Messi y llevando al equipo a la final de Copa. Braithwaite es de esos que se ven El Lobo de Wall Street cada mañana mientras desayuna entre tazas de Mr. Wonderful antes de ir a entrenar. De lavarse los dientes delante del espejo dándose golpecitos en el pecho. De protegerse del mundo en las horas previas al partido viendo Gladiator o Braveheart y viajar hasta el estadio escuchando Viva la Vida en bucle. 

Esta Copa nos reconcilia con el fútbol de antes. Con Piqué jugando cojo porque no contempla el abandono, con un penalti de por medio porque la épica no se puede explicar sin llevar hasta el límite el relato. Sin Ter Stegen. En esta Copa, Koeman ha construido un equipo en lo extrafutbolístico, a base de superar retos emocionales en cada prórroga. Culminado, además, por el mayor creyente de lo irracional: Braithwaite. De conocer su historia, en Hollywood habría puñetazos por la exclusividad de su película biográfica. Martin Scorsese lo elevaría al nivel del mafioso italiano que nace anónimo y muere como mito. Quentin Tarantino añadiría explosiones de las redes de la portería y porteros desangrados. Aunque todo nos conduce a vivir en el biopic de Christopher Nolan, en el que Martin viaja en el tiempo una y otra vez hasta que consigue marcarle el gol a Vaclik.

Las remontadas tienen algo de ilógico. La del PSG se consiguió con André Gomes y Arda Turan sobre el campo. Ante el Sevilla, Junior Firpo y Braithwaite lucharon por ese tercer gol. El tanto de la remontada es el triunfo de lo inverosímil, la confirmación de la llegada al clímax de la historia de Braithwaite. Ahora ya está preparado para dar TED Talks y codearse en la cima de la montaña del éxito con Josef Ajram y el tipo de el inglés se enseña mal. Braithwaite es un superhéroe sin poderes, el elegido de a pie que el guionista del fútbol se inventó. Con un toque de ironía, escogió a Martin para que aquellos que cabalgan la banalidad del si quieres, puedes sigan sobrevolando universos de confeti y purpurina. Para que continúen pensando que lo que mueve el mundo es, irremediablemente, la mentalidad de tiburón. 

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