La previa, la vida

Vivimos pensando que la vida es el resumen de momentos mágicos y puntuales cuando, en realidad, es el cúmulo de circunstancias que vivimos mientras esperamos la llegada de esos días señalados en el calendario. Soplamos velas una vez al año pero estamos semanas esperando con ansia y especial alegría la llegada de esas 24h que tan rápido se consumen. Una pareja celebra su boda en cuestión de 18h pero la sufre durante meses con los preparativos de la misma. Un embarazo que dura 9 meses se fragua en cuestión de minutos de máxima pasión e intensidad y concluyen, larga vida a las mujeres, con agónicas e interminables horas de sufrimiento y «placer».

San Valentín son 24h de vomitar corazones y arcoiris cuando la demostración del verdadero amor se hace el resto del año. Nos pasamos media vida cantando canciones que gritaremos en un concierto de 120 minutos. Un viaje de dos semanas a la otra punta del mundo requiere una reserva con suficiente antelación como para que activemos una lenta cuenta atrás. Los días previos a quedar con esa persona que tanto nos gusta son pura agonía. Nos plantamos frente al espejo deseando que todo vaya bien, nos vestimos con nuestras mejores galas, la colonia en su justa medida y preparación de temas de conversación para transmitir que somos interesantes y con inquietudes. Todo para una cita que dura un par de horas pero con la esperanza y el deseo de que se perpetúe el resto de nuestras vidas.

La primavera dura 3 meses pero soñamos con ella durante los días menguantes de otoño y los desangelados meses de enero y febrero. ¡A quién le parecería buena idea ponerlos en el calendario! Enero dura lo que tarda en volver la Champions League. Y qué decir de febrero, sobre el que recientemente he visto un vídeo de un periodista en el que decía que si sobrevives a este mes, vivirás un año más. «Incluso la naturaleza se ve cansada en febrero, es como si hubiera una verdad terrible oculta entre sus ramas», relató. Febrero tan solo tiene dos cosas buenas: la primera, la vuelta de las competiciones europeas. La segunda, celebrar el cumpleaños del maestro Joaquín Sabina, aunque eso suponga advertir que nos queda un año menos por disfrutar de su presencia. Siempre nos quedarán marzo y abril, aunque exista la posibilidad de que nos acaben robando este último.

En agosto soñamos con aquella final tan lejana en el tiempo, por muy remota que sea la posibilidad. Para muchos la vida se resume en jornadas de Liga. Para otros, la vida es lo que transcurre entre partido y partido. El Barça lleva varias temporadas haciendo de nuestras vidas lo más parecido a una montaña rusa. La Moció, las elecciones a la presidencia, el triste adiós de Messi, los movimientos del mercado, la Due Diligence, cambios en el banquillo, el Forensic, la salida de Reverter, el patrocinio de Spotify… Hasta nos hemos vuelto expertos en finanzas y el famoso límite salarial. En fin, nos sobran los motivos. Decían en La Hora Chanante que después del subidón siempre llega la bajona. Y si no, nos la inventamos porque necesitamos vivir emociones extremas en nuestra espera de los noventa minutos sobre el verde. Esa espera que se empeña en ser eterna. En algunos casos, apasionante. En otros, escalofriante. Y todo para que, una vez llegado el partido, nos empeñemos en gritar «¡arbi, la hora!». Vivimos anhelando la llegada del domingo olvidando exprimir cada minuto del resto de la semana. Quizá sea porque la esperanza de algo mejor nos mantiene con vida, la ilusión por un mundo más amable, más humano, menos raro.

Desde que Xavi Hernández dejó el Barcelona en junio de 2015 rumbo a Qatar, hemos vivido soñando con su vuelta. ¿Por qué? Muy sencillo. Es la mejor representación de la idea de juego que tanto defendemos, de la que tanto presumimos y que más felices y dichosos nos hizo. Aquella época en la que dejábamos de hacer planes para ver al Barça, de la que sabíamos disfrutar de cada minuto de partido. El adalid del juego de posición. Hoy día, ya con el de Terrassa en el banquillo, hay quien confunde hacer crítica con criticar. El Barça de Xavi tiene mucho que mejorar porque el punto de partida estaba muy bajo, si bien el equipo ha dado síntomas de mejora. No los deseados, sí, pero los deseos son expectativas, no la realidad del día a día. La curva de aprendizaje nunca es lineal, está llena de picos y valles, pero la tendencia sí parece positiva y creciente. Nos olvidamos de disfrutar, de vivir y de valorar que la vida y el deporte es un aprendizaje diario y nadie nace sabiendo. El Barça se está jugando la temporada en febrero. Eliminados de Copa del Rey, con la disputa de la Europa League y con la exigencia de mantenerse con vida en Liga para lograr clasificarse a Champions.

Tras la victoria ante el Atlético, mirábamos hacia el Real Madrid. Tras el empate in extremis ante el Espanyol, nos conformamos con mirar al de atrás. Nos centramos en el resultado final pero obviamos que depende de muchos factores que han de trabajarse durante la semana. Me pregunto si nos estamos olvidando valorar del proceso (ese «trust the process» de Miguel Quintana que consiste en trabajar y disfrutar), si somos conscientes que no recordábamos tal comunión y confianza ciega entre grada y entrenador, además de exigencia. ¿Será que nos hemos instalado en la amargura, más allá de ese fatalismo atávico culé que también, forma parte del ADN Barça? Como le dijo Sherlock al Dr. Watson: «La diferencia es que tú ves pero no observas».

Recuerdo el día que conocí a Elisa. Por primera vez en mucho tiempo, nuestros encuentros duraban mucho más que la espera. Era algo hipnótico, mágico, quizá propio de los inicios, pero el entendimiento en todos los sentidos estaba muy presente. El motivo fue que ambos disfrutábamos de la previa y del encuentro. Una sensación tan personal e insólita que me llevó a pensar en aquellos cuatro años del Barça de Guardiola, en la que disfrutábamos tanto durante el partido como en las ruedas de prensa. La suerte que tiene hoy día el club es que Xavi, a su modo, busca emular, que no reeditar, esa manera de vivir. Ahora hay que exprimir cada minuto de cara los próximos duelos que frente al Napoli (por partida doble), Valencia y Athletic. Porque, recuerden, si sobrevivimos a febrero, viviremos un año más.

Todo lo que nos acontece tiene un porqué, una lección de vida. Lo único que debemos hacer es saber encontrar el lado bueno de las cosas. Porque, al final, la vida no consiste en esperar, sino en vivir. La vida es un cúmulo de previas que desembocan en el día D. La vida es disfrutar de la previa. Si no, la previa sigue igual. Parafraseando al maestro Sabina: «Yo no quiero catorce de febrero, ni cumpleaños feliz […] Lo que yo quiero, muchacha de ojos tristes, es que ‘vivas’ por mí».

*Esteban Carrasco

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